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Editorial:

Bodas tardías

Cada vez se casan menos parejas, lo hacen casi siempre más tarde y tienen hijos a edades más avanzadas. En 1975, el año en que murió Franco, las novias que se presentaban ante el altar tenían una media aproximada de 24 años y los novios no llegaban a 27. En la actualidad, ellas acuden, cuando lo hacen, con los 30 cumplidos y ellos con cerca de 33. Las razones de este cambio se relacionan efectivamente con la precariedad en el empleo, con el precio alto y creciente de la vivienda -a razón de un 15% de aumento anual- y con la extensión de los salarios bajos en un mercado de gran competencia profesional en la amplísima clase media actual. Las causas, sin embargo, no pueden aceptarse como agotadas en los aspectos económicos porque el comportamiento familiar se correlaciona no solamente con el nivel de ingresos, sino con factores culturales que inspiran el actual modelo de relación amorosa, su voluntad de institucionalización y la particular decisión de tener hijos.

Si las parejas se casan más tarde no es únicamente por los problemas de dinero y empleo, sino también porque no desean trabarse de inmediato, a la manera de hace medio siglo, y porque el interés y la amenidad de la comunicación entre personas más iguales quiere disfrutarse un tiempo a solas, sin la incorporación del bebé que antes cumplía un papel argumental clave. Del mismo orden puede ser el efecto que se deriva de los trabajos simultáneos y equivalentes del hombre y de la mujer y la correspondiente dificultad para compatibilizar tanto emocional como funcionalmente las dedicaciones familiares y profesionales.

Casarse menos y después, ser padres a mayor edad se correlaciona así tanto con los ingresos como con la cultura. Pero, definitivamente, tiene tanta o mayor vinculación con el cambio del tipo de sociedad que con el cambio de coyuntura. Los padres tienen ahora más años de vida, pero son biográficamente tan jóvenes o más jóvenes que antes. Paralelamente, los niños nacen con progenitores añudos, pero con una esperanza de vida notablemente dilatada y posiblemente con el plus de experiencia necesario para hacerse cargo de una educación mucho más compleja que la exigida por la anterior generación. Sin ponderar esta clase de factores no materiales se corre el riesgo de juzgar los retrasos en la boda y en la paternidad como una más de las sevicias que se atribuyen rutinariamente a nuestro tiempo cuando, en realidad, estos retrasos conllevan también, al lado de sus inconvenientes, un aumento de la libertad e independencia intersexual y una mayor sinceridad en las elecciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de mayo de 2006