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Crítica:

La agria melancolía

El nacionalismo catalán de los años ochenta es el tema de Ignacio Vidal-Folch en Contramundo. Una obra en tono de sátira que habla de la desesperanza política y hasta social.

Entre el impulso alegórico del Miguel Espinosa de Escuela de Mandarines, el esquema de fábula de Dino Buzzati y el brío libre de un narrador sarcástico y muy pasado, a Ignacio Vidal Folch le ha salido su mejor novela desde La libertad, que era una espléndida narración de hace muchos años, demasiado olvidada hoy, y tan política de fondo y asunto como lo es ésta, aunque aquélla tratase de Rumania y ésta... ésta no trata de ningún sitio aunque el Eminente se llame Parvus y tenga una mujer con una tienda de flores, como Marta Ferrusola con respecto a nuestro Honorable, y aunque haya comportamientos del poder invenciblemente afines a los capitostes del nacionalismo catalán de primera hora democrática e incluso haya en litigio una Fortaleza, pero es una fortaleza moral, no geográfica ni topográfica, e incluso es seguramente la metáfora central de todo, con su explanada, con su desvencijamiento final, con su aire lúgubre de tiempo ya muerto (como las esperanzas). En La libertad prefirió una narrativa de desarrollo clásico mientras Contramundo -eso, el revés del mundo- es todo lo contrario: se ha organizado en la sala de montaje para una voz que habla con libertad y hasta con descaro y desplante porque renuncia a la verosimilitud y al realismo naturalista para ser precisamente novela, novela farsa, novela sátira, y no crónica novelada ni sermón antinacionalista (que lo es también, por supuesto). No ha de ser casual que el periodo histórico que aborda sea el mismo de la última novela de Eduardo Mendoza, y mientras uno ha escrito la única novela estética y literariamente barojiana de su obra, el otro ha huido de ese modelo para buscar el más contrario posible, con saltos de tiempo y de estilos, discontinua, con viñetas sostenidamente grotescas, pedazos de diálogo acotados y hasta inventarios.

CONTRAMUNDO

Ignacio Vidal-Folch

Destino. Barcelona, 2006

227 páginas. 18 euros

La lectura inmediatamente paródica del nacionalismo catalán de los años ochenta sería, sin más, una lectura insuficiente de esta novela porque está preparada y armada para lo contrario, es decir, para utilizar la historia política reciente nada más que como soporte de una desesperanzada pero no quejumbrosa novela sobre la mentira, la farsa y la flaqueza como herramientas de triunfadores de cualquier color (cualquier color patriótico: seguro que en los desplazamientos y actitudes del Parvus, un castellano con imaginación verá también a Bono, al igual que un catalán con memoria recordará o podrá evocar en la cohorte a un Prenafeta...). Por eso en medio y poderosamente se alza la biografía lírica y épica del capitán Francisco de Aldana como hombre íntegro que morirá sabiendo que va a morir por lealtad a sus convicciones, allí, en Alcazalquivir, siguiendo al patético rey don Sebastián sometido al delirio de una ambición de poder suicida. Lo leyeron todos en la Fortaleza, muchos años atrás, sin saber entonces que iba a acabar siendo la imagen del contramundo, del otro mundo posible. El desdén por la trampa y el embuste, el hastío por la retórica decorativa, la falsedad de las declaraciones públicas y los intereses privados son ingredientes de la sátira política y no son por tanto avatares propios del nacionalismo local sino universales, y me he ido acordando varias veces mientras leía de aquella anécdota que contaba Mario Vargas Llosa sobre el entusiasmo de un lector de Guatemala ante La ciudad y los perros... porque retrataba exactamente las cosas de su pueblo.

Esta novela trata efectivamente de nuestro pueblo, pero seamos de donde seamos, y ha sabido cuajar una desconfiada, recelosa y escéptica urdimbre verbal, veloz y amarga, entre el pasado de un grupo de amigos y el futuro visto por uno de ellos, el testigo, la voz narrativa que no ha olvidado las convicciones de entonces, o no las ha perdido del todo, ni la lucha contra la Fortaleza, ni el empuje y la libertad que los animaba a combatir contra el poder mientras leían y leían en la biblioteca militar las cosas de Aldana y otros versos. Pero él, el narrador, ha ido empeorando de aspecto de manera alarmante a los ojos de los prósperos: "No, en serio, estás igualito que entonces, salvo por esos surcos que arrancan de las aletas de tu nariz y pasan junto a la boca, rastros indelebles de tu amargura evidente de patético fracasado, de las traiciones que habrás tenido que cometer contra lo mejor que hubo en ti para que sobreviva lo peor, y por tu aspecto, en general, de cadáver de permiso". Pero eso sólo lo sueña el narrador porque nadie llega a decirle eso a otro, pese a pensarlo. El empeño de veracidad está en la semilla de esta novela y por eso empieza como respuesta contra el maquillaje que embadurna un libro autobiográfico que ha leído el narrador de Contramundo y en el que no encuentra la página que busca porque no aparece, "esa en que verdad y vida sí que dictan sentencia. La página invisible escrita con tinta invisible que busco en todos los libros". Yo creo que en ésta sí está.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de mayo de 2006

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