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domingo, 9 de abril de 2006
Reportaje:ESTILO DE VIDA

Y si no hay orgasmo, ¿qué?

El varón asume la obligación de proporcionar placer, y la mujer, de tener orgasmos. La ansiedad por el rendimiento es la principal consecuencia de este tipo de relaciones sexuales. Una sociedad como la nuestra, 'genitalizada', debe retomar el amor, la pasión y la ternura en los juegos eróticos.

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"Hola, doctor, aquí le traigo a éste, un inútil sexual". Era ella la que no tenía orgasmos, pero daba por supuesto que el inútil era su acompañante. Le pedí una lista con las cosas que le gustaban de él. Y la entregó en blanco. Le dije que yo era sexólogo, pero no mago. Y que el presunto inútil tampoco se trataba de David Copperfield.

Este episodio real, ocurrido hace años en mi consulta, respondía a un esquema de relación sexual en el que la sexualidad ha sido desmembrada y reducida a un hecho fundamentalmente genital, en el que el coito ocupa casi la totalidad de un escenario con el pene erecto como personaje principal. En las culturas con este esquema suelen coincidir planteamientos machistas, unidos a una moral sexual restrictiva. En la nuestra, desde hace medio siglo, el varón asumió la responsabilidad y la obligación de proporcionar placer a la pareja. Algunas frases conocidas enfatizan este protagonismo masculino: "no hay mujer frígida, sino hombre inexperto", "la mujer es una guitarra a la que hay que saber tocar…". Por si fuera poco, la guitarra ha de sonar bien. Es decir, la mujer debe responder en forma de orgasmos.

Todo esto supone la asunción de un esquema de relaciones sexuales genitalizado, falocrático, productivista y gimnástico. Genitalizado, por centrarse en el coito y, por tanto, en los genitales. Falocrático, porque si el pene no funciona, la relación sexual fracasa; productivista, porque se exigen resultados; gimnástico, porque la comunicación y el encuentro se sustituyen por un esfuerzo físico y mental, encaminado a controlar de forma obsesiva la eyaculación del hombre y a conseguir a toda costa el orgasmo de la mujer.

Este esquema, con matices en las relaciones homosexuales, tiene variaciones y muchas excepciones. Pero, en líneas generales, es el esquema más frecuente. La ansiedad de rendimiento es la principal consecuencia de este modelo de relación sexual con metas, exámenes y calificaciones. Disfunciones, miedos, frustraciones, orgasmos simulados, aburrimiento y conductas de evitación son parte de los problemas que esta ansiedad puede provocar. Cansancio, dolores de cabeza, sueño… Son excusas para no afrontar un encuentro que lo tiene todo menos sexualidad. Todo menos comunicación. Romper este esquema de relaciones sexuales que provoca ansiedades es comprender que nuestras herencias son más poderosas que nuestras represiones culturales. Y que en el fondo -aparte de la genitalidad- la necesidad de amor, de pasión y de ternura llenan en mayor o en menor proporción la mayoría de nuestros anhelos sexuales. Aunque estén hundidos en lo más profundo del subconsciente, sobre todo para algunos hombres.

No se trata de promover ahora exclusiones extremas, como la "no penetración" o aquella del eslogan de los Big Brothers en la obra 1984, de George Orwell: "nosotros aboliremos el orgasmo". La cuestión es eliminar de una vez por todas el sentido finalista de las relaciones sexuales y el orgasmo como obsesión. Ampliar el esquema de las mismas y, como propuso Herbert Marcuse en Eros y civilización, "reactivar todas las zonas erógenas y declinar la supremacía genital, convirtiendo el cuerpo, en su totalidad, en un instrumento de placer". Y para ampliar ese esquema podemos:

Poner más corazón y sentimientos que obsesión por quedar bien. Olvidar el miedo escénico: quien tenemos enfrente no es un espectador. Dejar de preocuparse por el control y abandonarse a las sensaciones. Sentir, más que rendir. Comunicarse, más allá del "¿qué tal?" del final, que en ocasiones va seguido de una mentira piadosa.

Llenar el escenario con protagonistas diferentes a los siempre: el coito, el pene erecto para el hombre y el orgasmo para la mujer. Dar juego a las manos, boca y piel, por un lado, y a multitud de sensaciones y de sentimientos, por otro. Caricias, besos y abrazos al mismo nivel de la penetración. El coito como una caricia más. Una pieza de la partitura, no la partitura.

Conceder la misma altura a la capacidad de recibir que a la de dar. Posibilitar el intercambio de papeles entre los miembros de la pareja. En ocasiones, ser una guitarra bien afinada, y en otras, imitar a Paco de Lucía. Escuchar el cuerpo del otro y a la vez escuchar el nuestro.

Diversificar los tiempos. Disfrutar de los cortos, cuando tocan, sin pretender nada más. Igual que disfrutamos de los medianos y de los largos. Gozar con las tapas o la comida rápida igual que con una cena sofisticada con velas y larga sobremesa. Desde unas caricias que no impliquen otra cosa hasta una larga velada de amor. En ocasiones, jugar mucho sin demostrar nada; en otras, demostrar todo tipo de habilidades amatorias. En definitiva, salir del corsé si es que nos ahoga, nos cansa, nos aburre o nos produce ansiedad. Y si nos va bien, no complicarnos la vida con orgasmos cósmicos.

Manuel Lucas Matheu es médico y presidente de la Sociedad Española de Intervención en Sexología. www.seisex.com.

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