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Reportaje:LA AVALANCHA MIGRATORIA

En la frontera del sueño americano

Algún patrullero disponible? ¿Alguno disponible? Aquí 558, localizado un grupo de más de 70 personas en el rancho Caballo Loco. ¡Varios se están escapando!". El helicóptero de la Border Patrol acaba de verlos y lo comunica por radio: son decenas de indocumentados que hace dos días cruzaron la frontera. Su sueño está a punto de acabar a 70 kilómetros al suroeste de Tucson. En la carretera 286 de Arizona, al volante de su Chevrolet Tahoe, el agente Jim Hawkins, de la Patrulla Fronteriza, escucha el mensaje y entra al rancho por una pista de tierra. Enseguida la abandona para internarse por barrancos y torrenteras. Hay que agarrarse fuerte para no salir despedido. El helicóptero sirve de guía. Hawkins sale corriendo y se une a otros agentes que rastrean los matorrales. Un grupo allí, otro aquí. Carreras entre nopales y saguaros. Todo acaba en minutos.

El pueblo de Altar, en el norte del Estado mexicano de Sonora, vive de los miles de personas que se congregan allí antes de cruzar la frontera

Un proyecto de ley permitirá construir más de mil kilómetros de valla en la frontera y castigar a los empresarios de EE UU que contraten indocumentados

Los coyotes viven del tráfico humano, pero los paisanos les ven como guías. "Es gente confiable, segura, que nos ayudan. No nos dejan morir", dice Luis

Grupos religiosos y humanitarios ponen barriles de agua y alimentos en el desierto y carteles que indican dónde están los auxilios

"Hay muertos por las temperaturas; aquí no más hay frío y calor. Mueren por hipotermia o por deshidratación", dice el comisario López

Después de siete años con la Border Patrol, Jim Hawkins dice que la inmensa mayoría de los que detienen "son buena gente". Y sabe que volverán a intentarlo

En silencio, sentados en la arena o en cuclillas, con sus mochilas, 94 hombres, mujeres y niños. Un agente les habla en aceptable español y les explica qué va a pasar ahora. Todo está en calma tras el aterrizaje del helicóptero, como si no hubiera pasado nada; nada extraordinario ha pasado, en realidad, para ninguno. Sólo para los ojos nuevos. "Ellos saben que estamos haciendo nuestro trabajo, y nosotros sabemos qué es lo que están haciendo ellos", dice Hawkins. Frustración en las miradas furtivas. Pocas palabras, y parecidas: mala suerte. Quizá a la próxima. "Ya sabemos que van a volver". El agente D. J., de origen mexicano, es tan joven como muchos de los detenidos. "Yo siempre les digo: si a la tercera no lo consiguen, déjenlo, pues. Si no tienen suerte, déjenlo ya". Diana es la hermana mayor de una familia de nueve. Son de Michoacán. ¿Volverán a intentarlo? Diana asiente con la cabeza. ¿Cuándo? Su gesto es ambiguo. ¿Mañana? Sí, vuelve a asentir, mañana.

Miles de intentos

Mañana volverán. Esta tarde serán deportados a México -repatriación voluntaria es el término- por la frontera de Nogales. Unos cuantos regresarán a casa; pero muchos irán a la estación de autobuses rumbo a Altar. De Altar a Sásabe, y una vez allí, adentro de nuevo. Sólo en esta parte de Arizona -la gran puerta de entrada- se calcula que cada día pasan unas 3.500 personas; en toda la frontera sur, cientos de miles lo intentan y decenas de miles lo consiguen. En EE UU hay por lo menos 12 millones de indocumentados, casi el 5% de la fuerza laboral activa.

El pueblo de Altar, en el norte del Estado de Sonora, vive de los miles de personas que se congregan allí antes de cruzar. Wilfrido, de 19 años, ha tardado dos noches y un día en llegar, en autobús desde Hidalgo, y es la cuarta vez que pasa a EE UU. "Me gustaría estar de legal, para hacer lo mismo que ahora pero poder ir y volver en avión". Caminando no se siente frío. "Se camina de noche, se descansa de día, ahí donde no mire nadie". "Si te agarran, pues te preguntan: cómo te llamas, y se lo dices; qué dinero llevas, y se lo dices también; con quién vas, pues solo, le dices; dónde vas, y no contestas. Te meten en el carro y te llevan a Tucson. Allá te toman los datos, y de ahí, pa Nogales". ¿Y de Nogales? "De Nogales, p'Altar".

Marisol tiene dos años; está con su madre, Rocío; su abuela, Elena, y su tía, Flor. Son de Oaxaca. La pequeña es la única con papeles: nació en EE UU. Eso no le ahorra el cruce clandestino: "No le pasará nada", asegura su madre. "No caminará, tenemos un cangurito para llevarla", tranquiliza la abuela. "Mi hermano", dice Flor, "nos ha dicho que está bien el paso. Le tengo un poquito de desconfianza, pero no miedo".

Luis, de Chiapas, tampoco teme nada: "Estoy curado de miedo. He ido varias veces. Por la familia más que nada es que estamos allá. No por gusto es que estamos; por necesidad es. Tengo fe en Dios, no me va a pasar nada. A mis dos hijos, cuando les hablo por teléfono, les digo lo que yo hago, cómo se pasa el desierto... Me dicen: papá, ¿dónde estás? Me dicen que están contentos, que cuándo vuelvo, que qué les voy a llevar... Para eso se trabaja, pues, para eso sufre uno, se distancia uno de la familia por una gran necesidad. No por gusto está la gente aquí. Ya ve que el país mexicano es pobre".

Manuel, de 25 años -parecen 40-, acaba de recorrer de rodillas el pasillo de la iglesia para hincarse con los brazos extendidos ante la Virgen de Guadalupe. En una capilla lateral prende una vela que le ha costado 10 pesos. "Pues llevo todo el tiempo teniendo fe a Dios, a ver si pasamos". Su historia no es diferente: "Aquí no gano lo que necesito. Allí sí, aunque también sufre uno para ganar dinero". Manuel va al campo, a la pizca en California. "Fíjese que nosotros vamos a trabajar, no a robar. A trabajar y a hacer un bien al país también". ¿Se podría organizar de otra manera? "No sé... habrá una forma cómo, pero yo no la sé".

Debate en Washington

Tampoco lo saben bien en Washington, donde ha estallado el debate para reorganizar el sistema de inmigración. Los que defienden las medidas más duras, liderados por el congresista Tom Tandredo, lograron que la Cámara aprobara en diciembre un proyecto de ley para construir más de mil kilómetros de valla en la frontera -3.140 kilómetros entre San Ysidro, California, y Brownsville, Tejas- y castigar a los empresarios que contraten a indocumentados. Ha habido enormes manifestaciones de protesta contra este plan en Los Ángeles, en Chicago, en Phoenix... En el Senado, el pleno discute un plan de visados temporales para regularizar a los indocumentados. No es fácil que llegue a buen puerto.

El presidente George W. Bush echa un pulso a los republicanos más correosos en esta materia y defiende también un programa de visados temporales que Tancredo y los suyos tachan de amnistía encubierta. Los antiinmigración tienen apoyo en muchos Estados (y las elecciones legislativas están encima). Hay opinión pública para todos los gustos: el 80% dice que el Gobierno no hace lo suficiente para frenar a los ilegales y el 60% cree que a los que están aquí hay que darles la oportunidad de quedarse.

Al final de la escapada

No pueden estar más de acuerdo Aniceto, Jaime, Juan, Víctor e Israel (que exhibe con orgullo la camiseta del Barça). Han venido desde el Distrito Federal y esperan en Altar la furgoneta que les lleve a Sásabe. ¿Cómo lo resolvería Víctor Linares? "Que nos den un permiso para ir y venir". ¿Lo peor, para Aniceto? "Caminar tanto tiempo pa'que le agarren a uno". ¿El trato de los agentes? "Si uno no pone resistencia, no lo tratan mal". ¿Y si se construye un muro? "La gente pasará de todos modos, siempre va a pasar", asegura Juan Calderón. "Si México tuviera una economía fuerte, no tuviéramos que ir tan lejos. Aquí hay trabajo, pero la economía está muy por debajo de la de Estados Unidos. ¿Vamos a decir que este pantalón que llevo me cuesta 500 pesos? Aquí necesito trabajar cuatro días para comprarlo. ¿En EE UU me cuesta 50 dólares? En un día lo saco. Esta es la diferencia".

Juan habla y todos asienten. Es el líder natural. "Yo no soy de ningún partido, pero pienso que Fox es el único presidente que nos ha valorado. ¿Y por qué? Porque somos la segunda economía después del petróleo. Ni el turismo, ni la agricultura, ni las fábricas, ni nada: somos nosotros, los que trabajamos fuera, la segunda fuerza que le está dejando dinero al Gobierno, y éste es el único presidente que más o menos lo ha dicho". ¿Y los candidatos a las elecciones? "Se atacan unos a otros, no hacen propuestas. Prometen, pero el prometer no empobrece".

Aunque mal pagado, casi todos tienen trabajo en México, y por eso pueden pagarse los gastos del viaje y los 1.500 dólares que les cobran los coyotes o polleros (ellos son los pollos) por cada misión cumplida. Los coyotes viven del tráfico humano, pero los paisanos les ven como guías: "Ellos tienen que pagar por otras cosas, nadie nos puede llevar gratis, y también el que nos lleva tiene un sacrificio", dice Luis. "Es gente confiable, segura, que nos ayuda. No nos dejan morir. Lo vemos como una persona buena, y se lo agradecemos".

Según Mario López, comandante en Sásabe del Grupo Beta (ayuda oficial humanitaria de México a los paisanos), "los polleros son un mal para un bien; cómo le diría, un mal necesario. Un mal, porque si nos vamos conforme a las leyes, están cometiendo un delito, como traficantes de indocumentados. Pero un bien, porque están ayudando a unas personas a ganarse la vida y a que no les pase nada al cruzar. Pero están fuera de la ley, están cometiendo un delito federal por violar el artículo 138 de la Ley General de Población".

¿Cuándo se paga? ¿Cómo funciona la red? Michael Marizco es uno de los periodistas que mejor conocen los dos lados de la frontera. "Si consiguen llegar a Tucson, se quedan en una casa un día o dos. Después se van a Phoenix. Cuando están allí, los polleros llaman a la familia para que envíen el dinero. Y cuando lo reciben, acaban la entrega con coches alquilados para ir a los lugares convenidos o para llegar hasta un sitio que usan mucho, el aeropuerto de Las Vegas; desde allí, y con identificación falsa, vuelan a Carolina del Norte, a Virginia, a Florida, a Oregón". ¿Y si no hay pago? "Hay homicidios, hay gente torturada, hay cuerpos que se encuentran y que no se pueden identificar... Dicho esto, la mayoría de la gente tiene ya todo arreglado. Este es un delito organizado, y el acento hay que ponerlo en la palabra organizado. La mayoría de la gente llega a su destino".

Colectas

El destino, ahora, es hacer 100 kilómetros, de Altar a Sásabe, a la frontera. Son las dos y diez de la tarde. La furgoneta está llena: 22 paisanos -21 hombres, la mayoría jóvenes, y una mujer- que han pagado cada uno 100 pesos. En la gasolinera, el conductor llena el depósito al lado de un patrullero de la policía. Un tipo se asoma por la ventanilla: "Una colecta para los niños que se han enfermado y han perdido la memoria por causa de la droga. Si ayudan, que Dios les bendiga, mucha suerte y muchas gracias". Casi todos los paisanos dejan unas monedas en la hucha. "Que Dios se los multiplique y que tengan suerte, jóvenes". La pista de tierra empieza con el pago de 300 pesos en una caseta. "Dicen que es para arreglar la carretera, pero éstos se arreglan el bolsillo con este dinero", se malicia el bigotudo conductor, Eleno Austreberto, mientras se ajusta su gorra de béisbol naranja.

Camionetas como ésta, los únicos vehículos que se ven, se cruzan cada pocos minutos. Bolsas, latas vacías, botellas de plástico en las cunetas polvorientas. Un danone vacío sobre un neumático; un tubo de escape oxidado y retorcido. Polvo sobre saguaros y mezquites, polvo que cubre chollas y nopales.

La vieja Ford va sorprendentemente deprisa para sus 366.048 kilómetros (además del parabrisas rajado). Hasta que deja de ir: "Se chingó una llanta. La misma de ayer". Eleno Austreberto dirige el recambio. Todos bajan; ni una queja. En la cuneta, Rafael y Gerardo, de Guerrero, aprovechan para echar un cigarro. Rafael tiene 28 años y más experiencia de la que quisiera: "La primera vez que fui me costó 15 intentos, uno por día, hasta que pasé". Trabaja en un restaurante. Estará un par de años: "Ojalá y Dios quiera que ésta sea la última". Gerardo viaja "para juntar un poco de dinero y poner un negocio". ¿Si hubiera más valla? "Lo mismo se brinca, la gente le busca el cómo, le escarba... Yo pasé así por Nogales: ya estaba el hoyo hecho". A la sombra de un arbusto, un grupo de Sinaloa hace la espera corta con tabaco y buen humor. Pasa veloz una furgoneta, levantando más polvo: "¡Se van matannnnndo esos indocumentados!".

Sigue la ruta. Más y más vehículos que suben cargados y bajan vacíos: "Ahorita están pasando como 2.000 o 4.000 personas diarias por aquí. O sea, 300 o 400 vanes", es el particular cálculo de Eleno Austreberto, que se santigua y arranca. Nadie habla en la furgoneta. En el kilómetro 40 -tres ranchitos bautizados como El Tortugo-, un vehículo del Grupo Beta, que depende del Instituto Nacional de Migración de México, manda parar. Un agente abre la puerta trasera, pregunta de dónde vienen y se asegura de que no necesitan nada. Sigue el camino; restos de vehículos que algún día ardieron: Eleno Austroberto se santigua cada vez que pasa por delante de un altarcito.

Dos horas y media después de la salida, Sásabe. "¿Dónde se quedan?", pregunta el conductor. Cinco en el cruce grande (como si hubiera más cruces). El resto, "en el parquecito", un triángulo sin hierba entre calles de tierra. Adiós y suerte. Todos saben dónde tienen que ir: a las casas en las que los polleros han organizado la espera. Dentro de unas horas cruzarán la frontera. Caminan rápido, con la mochila a la espalda. No se vuelven. No tienen a nadie de quien despedirse.

12.000 agentes

Al otro lado, en cambio, hay quienes les están esperando. La Patrulla Fronteriza tiene más de 12.000 agentes en EE UU. El sector de Tucson está atendido por un millar con vehículos, dos helicópteros, dos avionetas y otros dos Predator sin tripulante. Son las ocho y media de la mañana. Jim Hawkins conduce el patrullero M-53882 por la carretera 86. La radio del vehículo informa sobre indocumentados localizados y coordina a los agentes.

El agente Hawkins no duda del sentido de su trabajo: "Además de la seguridad, tenemos que proteger los empleos y el nivel de vida de los trabajadores. Cada vez entran más personas cualificadas; ya no son sólo campesinos: entran electricistas, técnicos, gente que tiene empleos en México, pero en los que ganan mucho menos. Si trabajan sin papeles, cobran sueldos mucho más bajos de lo que la ley y los sindicatos exigen, y los perjudicados son los trabajadores, incluidos los latinos, en Estados Unidos".

Mario López lo veía así el día anterior: "La migración va a seguir, es algo natural. Los paisanos cruzan por necesidad. En EE UU hay gente que le tiene coraje al mexicano, que le tiene racismo, no sé por qué... Y hay gente buena que les ayuda". Grupos religiosos y organizaciones como la Patrulla Samaritana o Fronteras Humanas ponen barriles de agua y alimentos en el desierto y reparten carteles en los que piden a los paisanos que no crucen, pero les indican dónde están los auxilios.

También les señalan dónde murieron los que intentaban pasar. En 2005, según el Ministerio de Exteriores de México, fallecieron 443. "Hay muertos por las temperaturas; aquí no más hay frío y calor. Mueren por hipotermia, o por deshidratación. Y esos son los que se llegan a encontrar. Hay otros que se los traga el desierto. Los tapa el viento, los comen los animales", dice López. "Nosotros les recomendamos que no corran si se encuentran a la patrulla, porque a los que atrapan les pueden lastimar, y a los que no, se pueden perder. Y empiezan a caminar en círculo en el desierto, y se mueren. Les decimos que no corran, que es mejor que les deporten sanos y salvos. Que lo pueden volver a intentar. Y les decimos que si tienen problemas, que pidan ayuda a la Border Patrol".

"Ayudar a la gente no es un delito, es algo que está bien. Nosotros no compartimos la metodología de estos grupos, pero no hacen nada ilegal, es OK. Lo que les decimos es que tengan cuidado con los polleros", señala Hawkins, que tiene, de vez en cuando, otros de los que ocuparse: los Minutemen, un grupo civil privado que cree que las fronteras están mal defendidas. "A veces aparecen y montan puestos de observación y nos llaman para denuncias. Nuestra preocupación es que haya algún incidente entre ellos y los polleros. Tanto unos como otros pueden ir armados".

En la 286, un agente ha parado un Oldsmobile azul con matrícula de Arizona. Hawkins detiene su vehículo. El coche tiene dos ocupantes; uno no tiene papeles, y lleva una pistola de juguete. "Es parecida a la mía". En una mano, Hawkins sostiene su H+K USP del calibre 40, y en la otra, la pistola de mentira. El agente lleva en el Jeep, además, un rifle M4 de 5,56 milímetros de aspecto mortífero. "Los polleros a veces llevan armas, a veces no. Cada vez más". El conductor del Oldsmobile tiene condenas previas por drogas, pero en este momento no hay nada contra él. El otro queda esposado y detenido. ¿Puede ser un pollero? "Quizá, no sabemos. Hemos pedido información. Si no hay nada, le pondremos en libertad".

Buena gente

Después de siete años con la Border Patrol, Jim Hawkins dice que la gran mayoría de los que detienen "son buena gente". Y sabe que casi todos volverán a intentarlo. "Pero, ¿qué podemos hacer? Les decimos que no lo hagan, que no corran riesgos, pero son refugiados económicos, y ellos probablemente van a volver a hacerlo".

Durante 15 años en la frontera, Mario López ha visto muchas cosas. "Y, pues, a uno le dan ganas hasta de llorar". "Cuando encontramos a grupos les preguntamos si llevan comida y agua, si son familia, si hay mujeres solas... Y nada más. Les decimos: que les vaya bien, que tengan suerte, cuídense. Y dice uno: híjole, pues que Dios les acompañe. ¿Qué más puede hacer uno? Pues no más ver cómo se van alejando. ¿Qué más puede hacer uno?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de abril de 2006