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Reportaje:Tres años de ocupación

Choque entre generales de EE UU

Los jefes militares de EE UU discreparon desde el primer día de la guerra sobre la capacidad de resistencia de las tropas de Sadam Husein y el modo de hacer frente a ella. En esta segunda entrega sobre el tercer aniversario de la invasión de Irak, The New York Times revela las prisas de Washington por tomar Bagdad, a pesar de las advertencias de sus mandos sobre el terreno.

Apenas había transcurrido una semana del inicio de la guerra de Irak cuando el general Tommy Franks, responsable militar del diseño de la invasión, amenazó con destituir al comandante de operaciones en Irak. Desde los primeros días, en marzo de 2003, las fuerzas estadounidenses se habían enfrentado a una feroz resistencia de unos combatientes paramilitares llamados los fedayin de Sadam. El general William Wallace, al frente del V Cuerpo que se dirigía a Bagdad, había declarado a dos periodistas que lo acompañaban que era necesario retrasar el avance hacia la capital iraquí para suprimir la amenaza fedayin en retaguardia.

Poco después, Franks telefoneó al general David McKiernan, comandante de las fuerzas terrestres aliadas, para advertirle del posible relevo de Wallace. Su despido se evitó después de que McKiernan cogiera un avión para reunirse con Franks y lograra convencerle de que una decisión así sería perjudicial. Pero el episodio puso de manifiesto la existencia de profundos desacuerdos en el seno del alto mando de Estados Unidos sobre la amenaza militar iraquí y las medidas necesarias para derrotarla.

No se esperaba una resistencia férrea hasta que los soldados se acercaran a Bagdad

El general Franks recurrió a Ahmad Chalabi para dar un rostro iraquí a la guerra

Aunque muchos oficiales en el terreno consideraban que los fedayin eran un enemigo peligroso, el general Franks y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no compartían esa visión y los consideraban como un asunto menor en la senda hacia Bagdad. Tres años después, Irak no ha sido sometido todavía. Hasta ahora no se ha sabido cómo se tomaron algunas de las decisiones cruciales y el debate que estas decisiones generaron entre bastidores. Esta información sobre la toma de decisiones en el seno del mando militar estadounidense se basa en entrevistas con docenas de oficiales del estamento militar y funcionarios del Gobierno durante los dos últimos años. Algunos pidieron que se respetara su anonimato.

Mientras que EE UU se preparaba para invadir Irak, el servicio de espionaje norteamericano no auguraba combates importantes en el sur de Irak ni una resistencia férrea hasta que los soldados estadounidenses y sus aliados se acercaran a Bagdad.

La realidad fue otra: los soldados se vieron luchando desde casi el primer momento contra los fedayin y las fuerzas paramilitares del partido Baaz. Los fedayin, creados a mediados de los años noventa para reprimir toda revuelta chií, estaban equipados con lanzagranadas autopropulsadas y armas ligeras, llevaban ropa civil y estaban apostados en varias ciudades al sur de Bagdad. De hecho, el primer marine que falleció en combate recibió un disparo de un paramilitar.

Tras los fuertes combates que tuvieron lugar en Nasiriya, el teniente coronel Joseph Apodaca, del servicio de espionaje de infantería de marina y que estuvo en esa primera batalla, redactó el borrador de un mensaje clasificado en el que concluía que los fedayin seguirían siendo una amenaza en el avance hacia Bagdad. Muchos habían buscado refugio en pequeñas poblaciones y evitaron adrede la carrera principal hacia la capital. El coronel comparó los ataques de los fedayin con las guerrillas de Nicaragua, El Salvador y Colombia y recomendó eliminar esa amenaza porque en caso contrario el enemigo seguiría siendo una amenaza después de la caída de Bagdad y ésta obstaculizaría los esfuerzos por estabilizar y reconstruir Irak.

En el centro de operaciones terrestres también reinaba una preocupación cada vez mayor en torno a los fedayin. El 28 de marzo, el general McKiernan se dirigió al aeródromo de Jalibah para reunirse con los jefes del Ejército estadounidense. El general Wallace informó de que sus soldados habían logrado contener a las fuerzas paramilitares iraquíes en su avance hacia Bagdad, pero advertía de que el control estadounidense sobre ellas era débil. "No estoy seguro de cuántos cabezas de chorlito hay", dijo, según las notas de un ayudante militar.

El general McKiernan llegó a la conclusión de que EE UU se enfrentaba a dos "centros de gravedad": la Guardia Republicana (fuerza de élite del Ejército de Sadam Husein), concentrada cerca de Bagdad, y los fedayin. El general decidió suspender varios días la marcha hacia la capital, mientras se intensificaban los ataques aéreos contra los paramilitares. McKiernan desplegó entonces a su única reserva, los soldados de la 82ª División Aerotransportada, para que proporcionara más apoyo. Cuando regresó a su cuartel general en Kuwait, descubrió que los comentarios de Wallace a la prensa habían irritado a sus superiores en Washington. "El enemigo contra el que estamos luchando es un poco distinto del de los simuladores, debido a estas fuerzas paramilitares", había declarado el general Wallace a The New York Times y The Washington Post. Cuando le preguntaron si los combates incrementaban las posibilidades de que la guerra se prolongara más de lo previsto por los planificadores militares, respondió: "Está empezando a parecer que sí".

Para el general Franks, estos comentarios eran una crítica a su plan de guerra, que se basaba en la rapidez en el avance para conquistar Bagdad en unas semanas, como le había prometido a Rumsfeld. En Washington, las opiniones de Wallace fueron interpretados como la prueba de que Rumsfeld no había enviado suficientes soldados al campo de batalla, tesis muy extendida, incluso entre los republicanos.

El general McKiernan estaba asombrado ante la posibilidad de que se destituyera a Wallace. Al día siguiente, viajó al centro de mando situado en Qatar y expuso sus argumentos en contra del relevo de su general responsable de las operaciones en el terreno, según fuentes que tuvieron conocimiento del episodio. El general Wallace sobrevivió, pero el debate sobre la estrategia estaba lejos de terminar.

Pensando que la resistencia se disiparía si la invasión tenía un rostro iraquí, el general Franks recurrió a Ahmad Chalabi, uno de los líderes iraquíes en el exilio que había ejercido más presión en Washington para conseguir el derrocamiento de Sadam Husein y que contaba con importantes apoyos en el Pentágono.

Franks designó al coronel estadounidense, Ted Seel, como enlace militar con el opositor,

que se encontraba en el Kurdistán iraquí con sus combatientes. El 27 de marzo, se pidió a Chalabi que contactara con el general John Abizaid, jefe del Comando Central, porque éste quería saber de cuántos combatientes disponía y de si estaría dispuesto a desplegarlos. Según Seel, Chalabi respondió que podía desplegar hasta 1.000. Al iniciarse el traslado aéreo, a principios de abril, sólo 570 combatientes estaban en realidad preparados. Cuando Abizaid se despertó al día siguiente, Chalabi se encontraba en Tallil. Sus combatientes nunca desempeñaron un papel significativo. Llegaron sin sus armas y no estaban debidamente supervisados por las Fuerzas Especiales de Estados Unidos. Pero Chalabi no se amilanó. Tras su llegada a Tallil, se dirigió a Nasiriya y pronunció un enardecedor discurso. Era el comienzo de su regreso político.

Decidido a meter en cintura a sus comandantes sobre el terreno para reanudar lo antes posible el avance hacia Bagdad, el general Franks se dirigió al cuartel general de McKiernan en Kuwait el 31 de marzo, donde pronunció unas duras críticas. Se quejó de que sólo el Ejército británico y las fuerzas de Operaciones Especiales norteamericanas habían estado luchando. Franks les dijo que no quería verse frenado por unos generales excesivamente cautos y empeñados en reducir las bajas a un mínimo, aunque nadie había planteado la cuestión de las bajas.

Tras la sesión, el general McKiernan se dirigió al general de división Albert Whitley, su segundo británico de más rango. "Esa conversación nunca tuvo lugar", afirmó el general McKiernan, según funcionarios militares que estaban al tanto de la entrevista. El 2 de abril, las fuerzas estadounidenses se estaban aproximando a la capital. Incluso antes de la guerra, Rumsfeld concebía el despliegue militar más en función de lo que se necesitaba para ganar la guerra que para garantizar la paz una vez derribado el régimen.

Con la marea a favor de EE UU, comenzó a plantear la cuestión de cancelar el despliegue de la 1ª División de Caballería, unos 16.000 soldados. El general Franks acabó por aceptar.

Tres años después, con miles de vidas perdidas en la guerra de Irak, los funcionarios de alto rango aseguran que parar a la 1ª División fue un error que redujo el número de fuerzas estadounidenses justo cuando los fedayin, los ex soldados y los yihadistas árabes empezaban a organizarse para lo que acabaría convirtiéndose en una insurgencia.

"La insurgencia baazista nos sorprendió", explicaba el general del Ejército Jack Keane, que ahora está retirado y sirvió como jefe del Estado Mayor en funciones durante el verano de 2003. "Si hubiéramos desarrollado planes para una insurgencia, probablemente habríamos desplegado a la 1ª División de Caballería y habría sido de mucha ayuda en la ocupación inicial. No fue sólo un fallo de los servicios de espionaje, sino también nuestro como altos mandos militares".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de marzo de 2006