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¿Juventud, divino tesoro?

En el poema Llamo a la juventud, recogido en su obra Viento del pueblo, decía Miguel Hernández en 1937 que "la juventud siempre empuja / la juventud siempre vence". ¿Es así siempre? ¿También empuja hoy y vence ahora? El principal patrimonio de una sociedad es la ilusión de sus jóvenes, sus esperanzas y sus sueños son el germen de un futuro mejor. Ningún gobernante debe olvidar este valor. Los ciudadanos tienen que mirar con la complicidad del afecto a la generación joven.

¿Es la juventud el divino tesoro del dicho popular? La contestación a este interrogante se despacha con frecuencia mediante calificativos tópicos y apriorismos irreflexivos. Cuando es tema de tertulia, bastantes acuden a afirmaciones rotundas, y poco contrastadas. Se dice que los chicos y las chicas están peor preparados que en generaciones anteriores, que son indiferentes o abúlicos, que no participan de compromisos colectivos. El pesimismo descalificador se impone a cualquier atisbo de mirada optimista; es como si, una vez más, se asociase la visión negativa con la sabiduría de la madurez y la buena información, mientras que enfrente se queda muda, acaso por un pudor absurdo, la interpretación positiva de los hechos que conduce al optimismo.

"Los jóvenes ven en los mayores malos modelos de comportamiento, broncas permanentes y cainismo"

Un estudio reciente elaborado por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, el Instituto de la Juventud y la Obra Social de Caja Madrid parece que avala esa visión poco benevolente con los jóvenes. Así lo han recogido con abundancia los medios de comunicación días atrás. Dice esa encuesta que lo que más les motiva es conseguir un empleo, que su imagen generacional es la de "pasotismo desesperanzado", según palabras del coordinador del trabajo. Pero tal rotundidad es matizable, a poco que se relean los datos, como tantas otras veces ocurre. Hace unos días, una cadena de televisión de ámbito estatal hizo el siguiente ejercicio: pidió a varios viandantes que contestasen a la pregunta que el principal partido de la derecha pretendería formular en un imposible referéndum. Las contestaciones de los interrogados sobre la cuestión fueron abrumadoramente favorables a los postulados conservadores. Sin embargo, replanteado y clarificado el asunto consultado por los mismos entrevistadores, la gran mayoría cambió el sentido de su opinión. Igual ocurre con las expectativas juveniles encuestadas. Si se revisan los motivos por los que los jóvenes sienten que vale la pena movilizarse o arriesgarse, de la misma encuesta se extrae el dato de que entre los cinco más votados figuran tres de clara "sensibilidad social": conseguir el fin de las guerras, un mejor reparto de la riqueza y los derechos de los más débiles. O sea, que la tesis de que la generación joven es una buena generación tiene base y merece ser defendida.

La realidad cruda contrapone a la retórica ideologizada datos y hechos indudables: se invierte en educación en España de manera insuficiente y el fracaso escolar es grave (el 25% de los alumnos no termina la Enseñanza Secundaria Obligatoria, según datos de la OCDE). Andreas Schleicher, responsable del Informe PISA sobre la evaluación de los sistemas educativos, afirmaba hace poco, en un artículo publicado en Cinco Días y titulado El problema de la universidad, que en las deficiencias de la financiación se halla la raíz de los males educativos españoles. Se destinan 8.100 euros por estudiante en la enseñanza superior, muy por debajo de la media europea de 11.500 euros. En ello encuentra Schleicher la causa de la diferencia entre una evolución a la baja de España y una tendencia general al alza de los países de la OCDE en cuanto a la prima de ganancia para los titulados superiores españoles, entendida como el incremento de ingresos que reporta el acceso a la formación universitaria.

Además, los jóvenes ven en los mayores malos modelos de comportamientos sociales, con broncas permanentes y cainismo nunca satisfecho. La agresividad con que se ejerce la oposición política no es homologable con los países del entorno europeo occidental. Todo vale para la conquista del poder, como si la derecha sintiese ahora que le ha sido usurpado lo que es "naturalmente" suyo, con un déficit democrático que asusta. Ante semejante panorama, la respuesta de los jóvenes es mucho mejor y "más europeizada" que los estímulos que reciben.

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Permítame el lector continuar planteando la reflexión desde otro prisma y con otros datos. No sólo interesa saber cómo es vista la juventud por los demás sino, también, cómo se ven a sí mismos los jóvenes y ven al conjunto de la ciudadanía.

De otro trabajo prospectivo, realizado el año pasado por la Fundación BBVA sobre la juventud universitaria española, con una muestra de 3.000 casos, casi triple de la empleada en el trabajo antes referido, se pueden extraer datos suficientes para perfilar los rasgos característicos de la juventud universitaria actual. El balance global no es en absoluto negativo, ni da pie a interpretaciones pesimistas.

Los jóvenes universitarios tienen predominantemente sentimientos de identificación con la Unión Europea (45% frente a 28%) Su europeísmo no es un mal principio, cuando, a la vez, afirman que Europa y los europeos contribuyen más al desarrollo democrático en otros países, son más pacifistas y valoran más la diversidad cultural que los Estados Unidos y los norteamericanos. Ven en su gran mayoría que la Unión Europea fortalecida será la base de una mejora de la situación social y económica.

La juventud cree en una sociedad más abierta y más plural. Se muestran sensibles con la inmigración, y piensan que la presencia de inmigrantes enriquece la vida cultural del país (6,6 en una escala de 0 a 10, están de acuerdo con esta idea). Son partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo (7,9 en la misma escala) y son proclives a las políticas de solidaridad entre culturas distintas y entre generaciones. Por ello es fácil entender la baja opinión que tienen de la Iglesia Católica y de las empresas multinacionales, a las que sitúan en último y penúltimo lugar entre las instituciones que les inspiran confianza (con cifras de 2,9 y 3,9 para cada una de ellas en la misma escala antes empleada). Contraponen mundialización con solidaridad y están de acuerdo con la idea de que la globalización aumenta las distancias entre países ricos y pobres (la cifra correspondiente es de 6,9, en el mismo rango).

Europeísmo, interculturalidad, solidaridad, ampliación de las libertades ciudadanas,... no son malos materiales para amasar el tiempo de las generaciones futuras.

Acaso haya un "debe" que no conviene ocultar: la escasa movilidad que tiene la juventud para adquirir su formación universitaria. Sólo 21.350 estudiantes españoles participaron en el curso 2004-2005 en el programa Erasmus, menos del 2% del total de los universitarios matriculados. Ese dato tiene el agravante de que hasta el curso 2000-2001 salían al extranjero más estudiantes de los que llegaban de fuera, mientras que en los últimos años se ha invertido el orden de ambas magnitudes. Los poderes públicos tienen que revitalizar e incentivar los desplazamientos de los estudiantes universitarios españoles hacia centros educativos de otros países. Nunca será demasiado el esfuerzo que se haga en ese asunto. Castillejo y la Junta para la Ampliación de Estudios marcaron un fértil camino en el que hay que perseverar, más hoy que ayer, más mañana que hoy.

Creamos, pues, en la juventud, y en su enorme capacidad potencial para mejorar la convivencia ciudadana.

Francesc Michavila es catedrático y director de la Cátedra UNESCO de Gestión y Política Universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid.

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