Reportaje:

El juez juzgado

El magistrado que llevó a 14 inocentes a la cárcel por una falsa acusación de pederastia afirma que "hizo bien su trabajo"

Toda Francia contuvo ayer el aliento. Poco después de las 16.30, la mayoría de las cadenas de televisión conectaron con una de las salas de la Asamblea Nacional. Comparecía el juez Fabrice Burgaud, de 34 años, el instructor del caso Outreau, un asunto de pederastia que acabó como uno de los fiascos más espectaculares de la justicia francesa en los últimos tiempos: llevó a cárcel durante años a 14 inocentes. Uno de ellos, se suicidó.

En el ojo del huracán, un hombre joven, con cara de niño aplicado que, recién salido de la escuela judicial, se encontró en su primer destino, en 2001, con el caso de Myriam y Thierry Dela. Los cuatro hijos de esta pareja de la localidad de Outreau, en el norte de Francia, les denunciaron por haber abusado sexualmente de ellos durante cinco años. Hubo después más detenciones, como la de Myriam Badaui, una mujer fantasiosa que dijo haber abusado de sus hijos. Coincidencia: en Bélgica se descubrían los terribles crímenes del pederasta Marc Dutroux. Burgaud se cree frente al caso del siglo, y arranca confesiones que afectan a una veintena de personas: 18 acaban en prisión.

En el juicio en primera instancia, siete acusados son absueltos. Otros seis, lo son en el del 1 de diciembre pasado. Cuatro resultan culpables y uno muere en prisión. Todo el país se pregunta qué ha pasado. El presidente Jacques Chirac recibe a los exculpados. Una encuesta parlamentaria escucha a las víctimas de la justicia. El país llora, incluidos algunos diputados. Burgaud se convierte en la encarnación del desastre de la justicia.

Los franceses descubren cómo funciona el sistema del juez instructor, que dirige las investigaciones, construye la instrucción, decide si los acusados deben ser o no juzgados y propone si deben ser encarcelados. La presunción de inocencia y los supuestos controles de las instancias superiores brillan por su ausencia. Descubren un sistema perverso, donde los jueces se protegen y no cuestionan decisiones.

Ayer se cambiaron los papeles. Muy nervioso, con voz temblorosa protegido por dos pesos pesados de la abogacía francesa, Burgaud entró en la sala. Junto a diputados y periodistas, aguardaban siete de las personas cuyas vidas destrozó sin que supieran por qué. "Imagínense mi emoción al evocar el caso", dijo débilmente, "cuando pienso en estos niños que fueron violados por adultos, cuando descubrí testimonios horribles".

No pidió perdón a los falsamente acusados, de los que dijo: "Hoy puedo sentir su sufrimiento, imaginar lo que han vivido, su encierro, la separación de sus seres queridos". "Sé que puede resultar chocante", añadió, "pero creo haber hecho bien mi trabajo". Una de las víctimas de Burgaud comentó en un receso: "Hasta da pena. No se parece en nada al juez Burgaud. Es como un niño". Ayer resultó evidente que no hizo bien su trabajo. Creyó a pies juntillas cada acusación de los niños, por contradictoria que fuera, y estableció una extraña complicidad con la condenada Myriam Badaui, que construyó para él una historia delirante involucrando a gente que no conocía. Por más de 45 minutos, Burgaud relató con minuciosidad cómo llevó el caso, haciendo hincapié en las pruebas periciales de psicólogos que aseguraban que los acusados "tenían perfil de pederastas". Luego, en el interrogatorio al que le sometieron los diputados de la comisión, quedó mudo ante las contradicciones que le planteaban. "Es verdad, la señora Badaui a veces hablaba demasiado", llegó a decir. "¿Cómo pudo ella dar nombres que desconocía?", le preguntaron, insinuando que fuera él mismo quien se los hubiera dado. Calló.

El interrogatorio seguía a última hora de la tarde y todo indicaba que se alargaría hasta la noche. El confuso discurso de Burgaud demostraba que la raíz del fracaso de Outreau, además de en los fallos del modelo judicial, estriba en que es un magistrado sin madurez, con muy poca experiencia, no sólo judicial, sino vital.

El juez Fabrice Burgaud, flanqueado por sus abogados, Patrick Maissoneuve, a la izquierda, y Jean-Yves Dupeux.
El juez Fabrice Burgaud, flanqueado por sus abogados, Patrick Maissoneuve, a la izquierda, y Jean-Yves Dupeux.AP

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