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Crítica:

La cuestión moral española

Un grupo de pensadores, entre los que se hallan Victoria Camps, Javier Muguerza y Elías Díaz, analiza en este libro colectivo la carencia de valores ciudadanos en España.

En "hacer laica la virtud e inyectar en nuestra raza la moralidad social" se resumía, según Ortega y Gasset, la cuestión moral española. Un buen lector suyo, Pedro Cerezo, coloca la frase en el exordio de este volumen colectivo donde una docena larga de filósofos se conjuran para dar contenido a las virtudes cívicas que debería configurar una vida democrática.

Desde el momento en que la democracia no es sólo un sistema organizativo sino también un ethos o forma de vida se impone hablar de virtudes porque ese sistema no aguanta a la larga sin adhesiones activas de la ciudadanía a los valores que le dan sustento. El problema de España es que lo de virtudes cívicas no es lo nuestro. Hemos pasado de una moral católica, en la que toda dimensión pública de la ética se reducía a la honestidad personal, a una sociedad rápidamente secularizada que busca a tientas esa nueva cultura cívica. A tientas, sí, porque también se perdieron, con la Guerra Civil, las tradiciones liberales socialistas y republicanas que empezaban a tomar cuerpo. Las virtudes, como las tradiciones, no se implantan de golpe. Llevan su tiempo y exigen concursos múltiples. El grupo de filósofos aquí convocados han hecho lo que ellos pueden y deben hacer: extraer de sus contrastados saberes los elementos que puedan conformar los contenidos de las virtudes cívicas más necesarias.

DEMOCRACIA Y VIRTUDES CÍVICAS

Pedro Cerezo (editor)

Biblioteca Nueva

Madrid, 2005

430 páginas. 19,90 euros

Arranca el libro con un escri-

to de Victoria Camps sobre el concepto de virtud pública. Con su habitual claridad y solvencia recuerda que esto de las virtudes no es caso de los griegos, ni de la moral católica, sino que es algo muy propio del moderno republicanismo, por ejemplo, ya que sin una identificación activa con las leyes que nos damos, la política se convierte en un mercadeo, que decía Horkheimer. Le sigue un bloque en el que F. Quesada cuestiona el dominio planetario de la tradición liberal, C. Thiebaut estudia el lugar de la prudencia en nuestros distintos lenguajes morales y J. Muguerza rescata el concepto de razonabilidad para hacer ver que la historia de la libertad debe más a los disidentes que a los consensos. En un segundo bloque, Rubio Carracero habla de civilidad y Pedro Cerezo de tolerancia. En lugar de desentenderse de un concepto bien devaluado, le acoge dándole un sólido fundamento filosófico en el principio de autonomía. Elías Díaz expone pedagógicamente el concepto de Estado de derecho que no es cualquier Estado con leyes, sino con leyes que sean expresión de la voluntad popular. En un tercer bloque, A. Valcárcel habla de libertad e igualdad, dos conceptos con destinos distintos pero de los que pende la democracia, F. Vallespín expone con precisión la teoría rawlsiana de la justicia y Vargas Machuca habla de la solidaridad, nuevo nombre de la fraternidad. Acaba el libro con trabajos de R. del Águila sobre el concepto moderno de responsabilidad; de A. Cortina sobre la virtud de la profesionalidad, que no es cosa sólo de calvinistas, y de D. Blanco sobre patriotismo, un gesto que no cuenta como virtud para la izquierda española.

¿Contribuirán estas reflexio-

nes, como quiere el editor, a crear una cultura cívica en España? Un vistazo a la bibliografía que manejan puede dar una pista. En una inmensa mayoría los autores citados son nombres clásicos o extranjeros (menos, es verdad, en el caso de Elías Díaz). Esto significa que los autores del libro están bien informados, pero también que las virtudes cívicas no es un campo en el que excedan autores españoles por eso se importan las ideas. Como señal de lo mucho que queda por hacer valga el apunte final de F. Vallespín. Después de un riguroso recorrido por el primero y segundo Rawls, referencia mundial en asuntos de justicia, reconoce que hay otras aproximaciones más marginales a las que hay que saludar porque rompen la "rígida ortodoxia en los análisis de justicia e igualdad". Esos momentos de heterodoxia que asoman en todos los artículos quizá señalen el camino de futuras reflexiones que "inyecten en nuestra raza la moralidad social".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de enero de 2006