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Columna
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La lenta evolución hacia otra Europa

Andrés Ortega

En la cumbre de Bruselas ha asomado otra Europa.

Sin ejes. La nueva canciller alemana, Angela Merkel, ha tenido una actuación discreta pero brillante, mediando y rascándose ligeramente el bolsillo para lograr un acuerdo, incluso con algún gesto específico hacia Polonia. No ha sido el eje franco-alemán el que ha impulsado el acuerdo. Francia, con un Chirac realmente tocado, no ha sido protagonista, aunque sí importante. Tampoco Merkel ha actuado como socia de Blair, sino que ha tenido un papel más autónomo para Alemania. El primer ministro británico, por su parte, ha hecho lo que cabía esperar de él: negociar con habilidad, y poner sobre la mesa al final una rebaja del cheque británico. El Benelux está quebrado tras el no de los holandeses a la Constitución Europea. Y entre los nuevos, está claro que quien pesa es Polonia. Pero no se ha visto ningún núcleo rector, salvo el que impone la condición de países grandes, en esta Unión falta de vanguardia europeísta. ¿Será temporal? Probablemente.

Más nacional. Hacia tiempo que en un Consejo Europeo no se apelaba, como instrumento de presión, tan públicamente a los problemas de opiniones públicas nacionales de cada uno como instrumento de presión. Se ha visto una Unión más nacionalizada. No obstante, los Quince han apostado claramente por ayudar a los nuevos miembros, aunque la solidaridad, lo que se viene a llamar la cohesión económica y social, ha quedado algo mermada.

Otras políticas. El nuevo marco presupuestario indica una cierta variación en las prioridades europeas. El Fondo de Ajuste a la Globalización es un ejemplo de acercamiento al problema de los que pierden sus empleos porque cierran sus empresas víctimas de la competencia mundial. Entre 2007 y 2013 aumentarán proporcionalmente más que otras (como la agrícola), las partidas dedicadas al desarrollo rural y al medio ambiente, a la ciencia e investigación y la idea de una convergencia tecnológica, a fortalecer la seguridad interna, incluidas las luchas contra el terrorismo y contra la inmigración ilegal, y, sin dotación suficiente, la política exterior y de seguridad común. También a mejorar la competitividad de las economías de la Unión Europea, si bien sin grandes dotaciones.

Así, desentrañando estas Perspectivas Financieras, se puede ver por dónde pretende avanzar la Unión Europea en los próximos años, con o sin Constitución. Parece acertada la idea de Blair de una cita en 2008 o 2009 para revisar la situación, pues los europeos, como señalan las conclusiones de la reunión, "están viviendo una era de cambio acelerado y convulsiones" como para encerrarse en un corsé hasta 2013.

Maneras de avanzar. Un fracaso en Bruselas hubiera acentuado la crisis en la que está sumida la Unión Europea desde el no de los franceses al Tratado Constitucional. Pero si la consecución de este acuerdo era una condición necesaria, aunque no suficiente, para poder pensar en retomar la senda de la construcción europea, políticamente, no podrá realmente plantearse hasta después de las elecciones francesas en 2007.

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Hay otras maneras de avanzar, a través del impulso a los asuntos de libertad y seguridad en el espacio europeo, de la política exterior que sigue progresando discretamente en Rafah y en otros lugares, o a partir del Eurogrupo, las reuniones de los ministros de Economía y Finanzas de los 12 países integrados en la moneda común. Aunque carezca de una política económica común que acompañe a la monetaria, este marco es mucho más funcional que las discusiones a 25.

El paso del elefante. Mientras, la maquinaria de la Unión sigue implacablemente funcionando, por ejemplo, al requerir a España que suprima la exención de IVA y otras ventajas para la Iglesia católica o al obligar al Estado -que es el responsable en la Unión Europea- a tomar cartas en el asunto del desatino urbanístico en la costa de la comunidad valenciana. Pero esto es Europa, con toda su complejidad. aortega@elpais.es

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