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COLUMNA

Diez mil metros

El zapaterismo ha entrado en la hora de la verdad. ¿Se impondrá su estrategia de liderazgo difuso o acabará ganando la batalla el principio de la confrontación permanente del PP? El debate de la Ley de Educación puede simbolizar la entrada en la fase decisiva de la legislatura. Zapatero abrió su Gobierno anunciando una panoplia de reformas, dejó que los eventuales actores hablaran, no se inmutó cuando empezó a crecer el rumor de que estaba mudo porque no sabía adónde iba, y se encuentra ahora ante el momento de componer, con todo lo que se ha dicho y oído, pactos amplios que confirmen la virtud de su estrategia dialogante. El PP, por el contrario, ha querido afrontar los malos tiempos partiendo de un principio sagrado del aznarismo: la derecha sólo gana en España cuando hay bronca. Y ha puesto todo su esmero en el empeño.

La estrategia del PP podía haber sido exitosa si la derecha hubiese estado en condiciones de provocar unas elecciones anticipadas. No lo está. Para que esto ocurriera sería necesario que el PSOE se dividiera o que se rompiera la mayoría de apoyo al Gobierno socialista. Por más ilusiones que el PP se haya hecho, especialmente a costa del Estatuto catalán, no hay ninguna señal que indique que esto puede ocurrir. El poder es el mejor imán para cohesionar cualquier partido. Y el Estatuto catalán no es el fin del mundo. Cualquier barón del PSOE sabe que estaría mucho peor fuera que dentro del partido y que sus opciones electorales disminuirían manifiestamente. Y no estamos en tiempos dados a los gestos heroicos. En cuanto a la mayoría de apoyo al Gobierno, la estrategia del PP, de momento, no sólo no ha conseguido debilitarla, sino que más bien ha ayudado a ampliarla, con CiU y PNV cada vez más presentes en la zona de cercanías.

Frustrada la posibilidad de abreviar la legislatura, la pelota está del lado de Zapatero. Si el Gobierno consigue ir consolidando las reformas más conflictivas con acuerdos con todos los demás partidos excepto el PP e incluso con organizaciones importantes de la sociedad civil, la estrategia de la derecha corre el riesgo del desfondamiento, típico del atleta que sale a correr un diez mil como si fuera un mil quinientos y se hunde a mitad de carrera. El debate de la Ley de Educación es sintomático. Una parte de los que salieron a la calle, junto al PP, se ha avenido a negociar con el Gobierno, el acuerdo parlamentario avanza y el partido de Rajoy se queda solo en su obstinación, hasta el punto de que ni siquiera capitaliza como un éxito de sus movilizaciones los cambios que el PSOE ha aceptado introducir en la ley.

Si a Zapatero le van cuadrando los pactos, si lo de la Ley de Educación se repite en otros temas conflictivos y, en especial, en el Estatuto catalán, como parece probable, el PP se puede encontrar en la recta final de la legislatura sin fuerzas, con todos sus argumentos quemados ante la evidencia de que las reformas llegan y España no se hunde. Tengo la impresión de que el PP ha calculado mal su fuerza. Tenía una importante capacidad de bloqueo que la ha malgastado al autoexcluirse de los acuerdos. Y ahora que salga una Ley de Educación o un Estatuto catalán sin estar consensuados con el PP, que en un clima de normalidad política podría parecer como un déficit grave y una falta de capacidad de liderazgo de Zapatero, se convierte en algo perfectamente lógico dada la intransigencia de la derecha.

El PP ha querido dinamitar el partido y corre el riesgo de encontrarse solo y fuera de la cancha. Probablemente le hubiese sido más rentable desplegar por todo el campo un marcaje por zonas más sutil y más pragmático. Pero a veces, cuando se digieren mal las frustraciones, el cuerpo pide cosas que la razón no entiende. Y, realmente, no se entiende que un partido que quiere gobernar disfrute ganándose enemigos. Se lo dijo Artur Mas a Josep Piqué: "Yo puedo pactar con un partido de derechas, puedo pactar con un partido españolista, lo que no puedo es pactar con un partido que insulta a Cataluña".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de diciembre de 2005