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Entrevista:Adam Zagajewski | Poeta

"La poesía ha de conjugar ironía y éxtasis"

Barcelona
Considerado uno de los grandes poetas contemporáneos, el polaco Adam Zagajewski (Lvov, actual Ucrania, 1945) es autor de una obra lírica, ensayística y narrativa de rara belleza en la que se encuentran lo sublime y lo cotidiano. Admirador de Mandelstam, Czeslaw Milosz y Zbigniew Herbert, Zagajewski, que fue opositor al comunismo y hubo de exiliarse en EE UU, donde ha sido profesor en varias universidades, defiende la idea de inspiración.

Adam Zagajewski, de visita en Barcelona de la mano de su editor Jaume Vallcorba, que le ha publicado poemarios como Tierra del fuego y Deseo (El Acantilado), es un hombre de aspecto tan parco que parece difuminado en el entorno. Su rotunda inexpresividad se contradice con una mirada inquisitiva, y con el humor y la emoción que anidan en sus palabras.

Pregunta. Conocer a un poeta tiene algo de especialmente turbador. Es alguien con quien se han compartido momentos muy intensos, aunque él no lo sepa...

Respuesta. Entiendo lo que dice. Tengo la misma impresión con los poetas que leo. El problema es que el autor no conoce la vida interior del lector, la situación no es simétrica, por desgracia.

"Claro que hay que escribir poemas después de Auschwitz, pero sin olvidar Auschwitz. Tras Auschwitz somos distintos" "Requiere mucha energía leer poesía. El lector de poesía también es un poeta, un poeta que ha decidido no explicarse"

P. Usted relaciona muy bellamente la inspiración poética con un despertarse del dormir que sería la cotidianeidad. El poeta pasa de un estado a otro.

R. Así veo mi vida interior. Una vida entre la indolencia, el olvido de las cosas mayores, y el despertar. La fenomenología de ese tránsito es muy interesante, y muy personal.

P. ¿Experimenta el poeta el miedo a perder su voz?

R. No puedo hablar por todos, pero por lo que sé ese miedo existe y es general. Ese momento de inspiración, de apertura, es como un don y por tanto puede ser retirado. Yo conozco ese miedo. Pienso en el destino de Sibelius, que pasó sus últimos 30 años sin inspiración, destruyendo toda la música que componía.

P. Está también Valéry.

R. Sí. La célebre noche de Génova, el 4 de octubre de 1892. Como todos los poetas jóvenes era romántico, con grandes ideas. Y tuvo una crisis, una iluminación negativa. Reconoció que el fuego se había apagado. Esa noche tormentosa se dijo que no había nada especial, sólo la técnica, el método. Se mantuvo fiel a esa noche hasta el final de su vida, a la idea de que la inspiración no existía.

P. ¿De dónde viene el don?

R. Ésa es la gran pregunta. Seguramente sólo se puede responder en los grandes momentos. Cuando puedo escribir, en los momentos de lucidez, pienso siempre que recibo algo. Un sentimiento casi religioso. En el momento de más grande actividad poética estoy pasivo. Hay algo de dictado. Ocurre raramente, pero es la ocasión soñada por el poeta.

P. ¿Y no se puede equivocar?

R. Sí. El dogma de infalibilidad no existe en los poetas. Yo me he equivocado muchas veces. Pensaba que eran grandes poemas y no lo eran. Eso que me fue dictado no era bueno. Era un diablo quien me lo daba o un Dios que no estaba a la altura de su capacidad.

P. ¿Ha renegado alguna vez del don?

R. Raramente. Pero algunas veces complica la vida personal. Hay momentos en que no estoy disponible para los que amo. El poema es para los demás pero el momento en que lo escribes no. Es solitario. Y eso es difícil de entender para la pareja.

P. En ese hermosísimo libro que es La belleza ajena (Pre-textos, 2003) recuerda usted sus orígenes como poeta y los relaciona con la ciudad de Cracovia.

R. No puedo establecer una relación absoluta de ello con la ciudad, porque hubo una prehistoria. Crecí en una ciudad gris de Silesia, no muy bonita, pero tuve ese momento de despertar ya allí. Entonces no sabía qué era. Pero sí, Cracovia es muy importante para mí. Tiene esa forma medieval con un centro renacentista que me ayuda a organizar mi vida mental. En cambio, me pierdo en las ciudades de Estados Unidos. No tienen centro, son amorfas; no se puede establecer una correspondencia entre la vida interior y la ciudad. En Cracovia, sí.

P. Y está la misteriosa piedra engastada en el castillo del Wawel.

R. Supe de esa piedra mítica muy tarde. Me chocó. Es una bella metáfora. Igual que existe la poesía en el mundo está ese objeto especial, escondido, que dicen irradia energía. La gente no sabe en qué muro se encuentra, aunque hay cierto consenso. El director del área patrimonial del castillo ha prohibido acercarse a ese punto, pese a ser un racionalista.

P. ¿Le gustaba a usted de joven pasear por el desolado barrio judío de Cracovia, el Kazimierz?

R. Era como un desierto. No sé por qué, desde la infancia o la pubertad soy muy sensible al Holocausto. De niño paseaba con mi abuelo por un parque de Lvov y había unas barracas que, me dijeron, habían sido una filial de Auschwitz. Era un lugar muy oscuro y yo sentía que tocaba algo muy terrible. El recuerdo del gran mal que estaba presente en la ciudad de mi infancia casi me paraliza. Y tenía una abuela antisemita a la que detestaba. En el Kazimierz sólo vivían vagabundos, alcohólicos y prostitutas. Una especie de maldición había caído sobre aquel sitio. Empecé mi vida de disidente en ese barrio. Ahora se bebe mucha cerveza allí, se ha creado una vida artificial, simpática, pero sigue siendo inquietante.

P. Cracovia está tan cerca de Auschwitz...

R. Hay un autobús Wieliczka-Auschwitz, ¿puede creerlo?, una línea que une los dos grandes destinos turísticos. La mina de sal y el campo de exterminio. Es insólito.

P. Usted ha hecho poesía después de Auschwitz.

R. Nunca he creído ese dictamen de Adorno que, sin embargo, no dijo exactamente que no se pudiera hacer poesía después de Auschwitz sino que hay un cambio después. Claro que hay que escribir poemas después de Auschwitz, pero sin olvidar Auschwitz. Tras Auschwitz somos distintos.

P. En En defensa del fervor (El Acantilado, 2005) dice usted que la poesía ha de dar forma a la vida interior pero tiene también que velar por la historia.

R. Lo veo como una unidad. Los momentos de lucidez de que hablábamos son históricos, pero se viven en la cotidianeidad, en la vida normal, con un ojo abierto a la historia. El poeta es alguien que es consciente de la historia y cuando parte para el viaje de la inspiración uno lleva las maletas, también las malas, de la historia. Y así, sus experiencias luminosas son coloreadas por el negro.

P. Ha escrito que la poesía tiene ciertas limitaciones. No puede por ejemplo describir el mal como las novelas de Dostoievski.

R. Eso creo. Hay una cierta negatividad humana difícilmente objetivable en la poesía. Pero le quedan muchos dominios. Tiene una ventaja sobre la prosa: es una voz que habla directamente al lector.

P. Pero la poesía depende completamente del receptor.

R. Absolutamente. Eso es cierto en modo variable en cualquier arte. Pero leer poesía tiene una dificultad: a veces no puedes corresponder. Leerla requiere mucha energía. El lector de poesía también es un poeta, un poeta que ha decidido no explicarse. Por eso la poesía no tiene grandes tiradas: En cada generación hay sólo un grupo de gente que puede responder a la poesía. Hay que estar despierto para ser despertado.

P. Usted defiende lo sublime pero teme la grandilocuencia.

R. Soy muy consciente de los peligros del patetismo, algo que detesto. Soy partidario de un concepto de lo sublime en el que la ironía no está ausente. Es un sublime que ha sobrevivido a Auschwitz, un sublime mutilado. Se vive entre esos extremos, la ironía y el éxtasis. La poesía debe reflejar esa dicotomía.

P. Es usted la única persona que conozco capaz de apreciar a Cioran y a Wojtyla, que por cierto era amigo de su tío agnóstico.

R. Corresponde a ese viaje entre la duda y lo sublime. Adoro a Cioran aunque no estoy de acuerdo para nada con él. Me dice cómo ser honesto, cómo controlar lo patético.

P. ¿Se sentía en EE UU como Ovidio en Tomis?

R. No, no. En los campus hay mucha vida intelectual. Los clásicos están más vivos ahí que en Europa. Y las bibliotecas son las mejores del mundo.

P. Tiene usted una sensibilidad especial hacia los pájaros, no por el vuelo como Shelley, sino por el canto.

R. Siento que su canto tiene una correspondencia con los poetas. Los pájaros son los poetas antes de la inteligencia. Me gustan especialmente los mirlos. Su canto es una alabanza del mundo. Desgraciadamente, son pocos los que escuchan a los pájaros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de noviembre de 2005