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Reportaje:GRANDES REPORTAJES

El laboratorio chino

Hace 25 años, Shenzhen fue elegida por Deng Xiaoping como campo de pruebas para pasar de la economía comunista a la de mercado. Lo que era una zona de pesca es hoy, con 10 millones de habitantes, una de las ciudades más dinámicas de China y una de las megalópolis del mundo.

Tiene la sonrisa en los labios; los ojos, pequeños, pero despiertos, y la mirada, un poco dura. Viste una chaqueta estilo Mao, y, al igual que su antecesor, tuvo el poder de un dios sobre el país más poblado de la Tierra. El pelo, enhiesto hacia atrás, ante un skyline neoyorquino, como si le estuviera soplando la brisa del mar. El reflejo del sol, sobre el rostro. Rodeado de azaleas rojas, aguas azules y un cielo puro con pinceladas de nubes, Deng Xiaoping brilla en la noche de Shenzhen. El retrato, en la confluencia de las avenidas Shennan y Hongling, mide unos 30 metros de largo. A poca distancia, sobre la cima de los rascacielos, centellean los neones publicitarios: Kyocera, Sonata, Agricultural Bank of China. Un rayo láser verde cruza el cielo. El sueño del Pequeño Timonel hecho realidad.

La mayoría de los transeúntes son veinteañeros, casi todos mujeres

La ciudad es también un Eldorado de los trabajadores del sexo

He Fukai se vuelve hacia la foto del artífice del proceso de apertura y reforma chino, y asegura orgulloso: "Somos del mismo condado, en la provincia de Sichuan. Deng Xiaoping fue un gran hombre. Gracias a él, la gente de lugares como Sichuan puede ir a otras ciudades a trabajar, ganar dinero y tener una vida mejor".

He, de 32 años, llegó a Shenzhen en 1993, 13 años después de que Deng decidiera convertir lo que entonces era un pueblo de pescadores de apenas 30.000 habitantes y paso aduanero hacia Hong Kong en el motor de la transición de la vieja economía planificada a la economía de mercado. Hoy, Shenzhen es una metrópoli moderna de más de 10 millones de almas, fabrica en sus miles de factorías muchos de los productos que llegan a todos los rincones del planeta y alberga oficinas de más de un centenar de las 500 mayores corporaciones del mundo. Es una ciudad joven y vibrante; paraíso de empresarios y buscadores de fortuna, chinos o extranjeros. Pero también es "un desierto cultural" -como es llamada por los intelectuales chinos-, un océano de prostitución y escenario de una criminalidad en alza en un país acostumbrado a la seguridad en sus calles. En estos 25 años, su producto interior bruto ha crecido a una media del 28% anual, una cifra sin igual en el mundo.

He dice que acudió a esta región del sur de China, de clima subtropical y soleado, "en busca de esperanza y un futuro mejor". Y se muestra satisfecho de lo conseguido. "Tengo una empresa de obras públicas, con 20 trabajadores. Ninguno gana menos de 2.000 yuanes [204 euros] al mes, y cobran puntualmente. Yo gano entre 5.000 y 10.000 yuanes, dependiendo del mes. No he regresado a mi pueblo en los últimos seis años". Los ingresos medios de un campesino en China son 25 euros.

Como muchos, este hombre de conversación amena afirma que Shenzhen es "tierra de oportunidades", y asegura que se encuentra bien entre sus torres de hormigón y sus parques de vegetación lujuriante. "Tengo amigos y tengo guanxi". Guanxi es una palabra sagrada en la tierra de Confucio, sinónimo de contactos y acceso a funcionarios influyentes a los que cortejar para conseguir contratos.

Hotel Shangri-La, cinco estrellas; planta 31ª, once de la noche. Danny, documento nacional de identidad de Hong Kong y pasaporte australiano, se recuesta contra la barra del bar de diseño minimalista (suelo de madera noble, colores rojo y blanco, y una bodega con 182 vinos) y suelta socarrón: "Lo mejor de Shenzhen es su flexibilidad, pero también lo peor". "Danny, simplemente", "en la treintena" -dice, celoso de su edad y su apellido-, conoce bien los secretos de esta ciudad, a la que viaja a menudo desde que regresó a Hong Kong en 1995 para iniciar su aventura empresarial. Su campo de acción son los aparatos para adelgazar y la decoración interior. Al otro lado del ventanal circular, de 360 grados, un centenar de metros abajo bulle la megalópolis. "Es impresionante la velocidad de Shenzhen", dice, copa en mano.

"Velocidad de Shenzhen" es el término acuñado por la población local para describir el ritmo trepidante de esta urbe, en la que se inaugura un supermercado cada 24 horas, las tiendas de barrio están dispuestas a entregar a domicilio una pastilla de jabón de madrugada y los taxistas circulan veloces por las autopistas. ¡Qué diferencia con los adormilados taxistas de Pekín! Shenzhen no es sólo interesante por su energía, sino porque muestra los profundos cambios que ha experimentado China en el último cuarto de siglo y el ritmo extraordinario al que se han producido. Es el origen de lo que ha sido calificado como el milagro económico chino.

Todo empezó cuando, el 26 de agosto de 1980, el Gobierno central creó una zona económica especial (ZEE) con la intención de que actuara como laboratorio para los experimentos de adopción del capitalismo y de apertura al mundo de un país que había vivido de espaldas a él. La región, situada en el sur de la provincia de Guangdong y fronteriza con la colonia británica de Hong Kong, estaba entonces bastante atrasada, mientras que Shanghai aportaba el 40% de los ingresos del Estado.

Deng Xiaoping había lanzado, dos años antes, el proceso de apertura y reforma, poco después de que la muerte de Mao Zedong, en 1976, pusiera fin al caos de la Revolución Cultural. Shenzhen, Zhuhai y Shantou, en Guangdong, y Xiamen, en Fujian, pasaron a gozar de políticas preferentes, incentivos fiscales y ventajas para atraer la inversión foránea. En la fase inicial, la mayor parte del capital que acudió a Shenzhen llegó de Hong Kong, cuyas empresas no dudaron en cruzar la frontera para beneficiarse de los incentivos y el bajo coste de la mano de obra. La ciudad recibió cuantiosos créditos de los grandes bancos nacionales, que fueron utilizados para construir carreteras, viviendas, escuelas e infraestructuras para suministrar agua y energía a su pujante población.

La mayoría de la inversión multinacional no desembarcó hasta mediados de los años noventa, cuando Shenzhen ya era una ciudad en pleno auge, lo que aceleró el boom de la antigua población pesquera. Se instalaron fabricantes de electrónica, de productos farmacéuticos o de materiales de construcción. La ZEE disfrutaba de salarios y nivel de vida muy superiores a la media china. El éxito del proyecto decidió al Gobierno central a crear zonas especiales en otras ciudades. En este cuarto de siglo ha atraído 40.000 millones de dólares de inversión directa extranjera.

Shenzhen tiene 1.948 kilómetros cuadrados -superficie equivalente a cuatro veces Andorra- y consta de seis distritos: Luohu, Futian, Nanshan, Yantian (los cuatro que integran la ZEE propiamente dicha), Baoan y Longgang; es lo que sus habitantes llaman dentro y fuera. Entre ambas partes hay puestos de aduana en las carreteras, en los que los funcionarios suelen dejar pasar el intenso tráfico sin realizar ningún control.

Muchas de las fábricas se agrupan alrededor de la población de Longgang, a 30 kilómetros al noroeste de Shenzhen ciudad. El coche avanza por la autopista, entre colinas verdes, mientras se cruza con caravanas de camiones portacontenedores, rumbo a Hong Kong. Atrás quedaron los rascacielos del centro financiero y comercial para dar paso a los talleres textiles y de electrónica, como los que siembran todo el delta del río Perla. La ropa de los trabajadores cuelga tras las rejas, en los balcones, como pájaros enjaulados. Dos hombres pedalean en sus triciclos cargados de viejos edredones. "Quien construya de forma ilegal será castigado", reza un eslogan.

En Longgang se ha instalado Huawei, uno de los principales fabricantes chinos de equipos de telecomunicaciones. Zhang Hui, de 26 años, originario de Sichuan, lleva un año en la compañía. "Aquí hay muchas empresas, y la gente tiene buena formación. Si trabajas duro, existen muchas oportunidades", afirma este joven de gafas negras y ropa informal. "Ese edificio es el de investigación y desarrollo; aquél, el de ensayos; aquel otro, las oficinas centrales, y aquél, de fabricación", dice mientras señala las construcciones de cristal y acero, junto a las amplias avenidas con césped. "Aquí trabajan unas 20.000 personas. Yo me dedico al diseño de equipos de radiofrecuencia". A un centenar de metros se eleva un conjunto de viviendas de tres pisos, de estilo europeo, en las que residen los empleados de las oficinas.

Zhang gana 3.800 yuanes (387 euros) al mes. Además recibe una ayuda para vivienda de 1.000 yuanes -paga 800 por una habitación de 30 metros cuadrados- y una bonificación anual variable que ronda los 6.000 yuanes: un sueldo que supera con creces lo que se ofrece en otras partes de China. Su jornada laboral es de cinco días; un privilegio en un país donde millones de obreros de las cadenas de producción descansan, si tienen suerte, dos días al mes. Zhang llegó a Shenzhen hace dos años atraído por su espíritu joven. "Esta ciudad pertenece a los jóvenes", afirma. En las calles, la inmensa mayoría de los transeúntes tiene poco más de 20 años, y una gran proporción son mujeres. Jóvenes alegres pasean cogidas del brazo deleitándose con un helado. Son las dependientas de los miles de tiendas y centros comerciales que inundan la ciudad. Son las obreras de las miles de fábricas de la fábrica del mundo; fábricas cuyos propietarios prefieren la mano de obra femenina.

Fanfan (nombre ficticio), de la provincia central de Hunan, trabaja para esta marea de chicas en un salón de belleza. En cada uña de la mano derecha tiene pintada una flor. De 17 años, pantalón vaquero, morena y rostro fino, sonríe cuando se le pregunta por qué le gusta Shenzhen. "Hay mucho trabajo, y la vida es muy interesante", dice. Duerme con otras ocho chicas en una habitación por la que paga 15 euros al mes, un décimo de su salario. Viste una camiseta, con un gran corazón, en la que está escrito en inglés: "Amo los domingos, los domingos me aman". Pero no entiende lo que pone. Trabaja todos los días de la semana.

El salón de Fanfan está en Dongmen, un efervescente barrio abarrotado de comercios. Por sus calles peatonales pasea una interesante mezcla de graduados de las más prestigiosas universidades y jóvenes de las áreas rurales llegados en busca de las posibilidades que ofrece el gran laboratorio chino. Entran en las tiendas de ropa de influencia occidental en busca de una prenda multicolor; se detienen en los chiringuitos para comer caña de azúcar, brochetas de calamar o pinchos de pollos de codorniz ensartados por los ojos. Bajo el bosque de anuncios de ropa deportiva y zapatos flota el olor de fritanga. Entre dos palmeras, una pancarta advierte: "Quien engañe en los precios será multado". Dado que es una ciudad de emigrantes -más del 90% de sus residentes son de fuera-, no existe un dialecto de Shenzhen. Sus habitantes hablan una mezcla peculiar de cantonés y mandarín aderezada con un revoltijo de acentos regionales.

La energía de su gente encaja perfectamente con el urbanismo. Los planificadores han puesto especial énfasis en crear un entorno habitable, y han fusionado las masas de hormigón con amplias zonas verdes, que se benefician de las lluvias tropicales. Ficus, palmeras, un amplio muestrario de especies arbóreas aportan alma a esta ciudad sin historia, donde los promotores inmobiliarios se han lanzado a construir complejos residenciales en medio de bosques. Este urbanismo se revela efectivo, y parece más humano que el de urbes como Pekín o Shanghai, donde las excavadoras están acabando con el pasado. En Shenzhen, aunque los gobernantes se empeñan en gritar a los cuatro vientos que su historia se remonta 6.000 años atrás (a las tribus baiyue), había poco pasado que destruir.

El centro de la zona económica especial está coronado por la torre Diwang, un rascacielos de 384 metros de altura, culminado por dos cilindros con antenas, en la avenida Shennan, el eje principal de la aglomeración. Destaca entre los 600 edificios de más de 18 pisos que pueblan el horizonte. En él se encuentran las oficinas de compañías como Motorola, Deloitte o Epson.

Wang Qingxing, de 25 años, supervisor del restaurante Meridian Genting, en la planta 68, asegura que en los cinco años que lleva en la ciudad -en la que "es fácil hacer dinero"- ha visto muchas cosas. "Cambia cada día. La gente es ahora más abierta, más internacional. Hace unos pocos años, muchos de nuestros clientes no sabían utilizar el cuchillo y el tenedor". Al otro lado del río Shenzhen se divisan las montañas y las piscifactorías de la Región Administrativa Especial de Hong Kong.

"137 1397 9431", "137 1463 4453", "137 1442 6201". Escritos en las aceras, al pie de Diwang, decenas de números de teléfono móvil anuncian sus servicios a los peatones: banzheng (certificados). Parecen la obra de un artista anónimo en esta urbe carente de arte, pero no son sino el reclamo para quien necesita papeles falsos con los cuales acreditar una titulación inexistente, un paso ficticio por el ejército o lo que se tercie. La copia y la falsificación laten en el corazón de Shenzhen, paraíso de la infracción a los derechos de la propiedad intelectual en un país donde a veces es difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Un paseo por el gigantesco centro comercial Luohu es una buena muestra. "Hello, mister, ¿quiere un reloj copia?", "Hello, ¿bolsos de marcas famosas?", lanzan los vendedores mientras siguen a los clientes por las escaleras mecánicas. Son cinco plantas con cientos de locales, en muchos de los cuales se venden artículos piratas de las mejores enseñas mundiales a bajo precio. Las fábricas que los producen están a tiro de piedra. Una chica viste una camiseta que dice: "Ir de compras me hace sentir mejor".

La pasión por los iconos del lujo atrae a muchos ciudadanos de Hong Kong, que cruzan la frontera para conseguir imitaciones, mientras la clase pudiente del continente viaja en sentido contrario para adquirir los objetos más exclusivos en la ex colonia británica. Por dos razones: son más baratos y hay mayor garantía de que sean verdaderos. El resultado es que el glamouroso centro comercial Citic City Plaza de Shenzhen exhibe una acumulación de tiendas de nombres como Louis Vuitton, Versace, Hugo Boss, Ermenegildo Zegna o Cadillac, pero casi ningún visitante.

Junto a los teléfonos para conseguir certificados falsos hay otros que ofrecen los servicios de detectives privados. El desarrollo de la ZEE ha traído un aumento de la criminalidad, que se ha convertido en una de las mayores quejas de sus habitantes. Los robos, asaltos y secuestros son a menudo objeto de información en la prensa de Hong Kong. Teléfonos móviles y tarjetas de crédito son codiciados por tironeros y embaucadores. "En una ocasión, un hombre gritó en un autobús: '¡Que nadie baje, me han robado el móvil!'. Acto seguido preguntó a un pasajero si le podía prestar su teléfono para llamar a la policía. Cuando se lo dejó, desapareció corriendo", cuenta Wang Xinrui, de 31 años, secretaria de dirección en la empresa alemana Siemens. Wang regresó a China hace tres años tras haber vivido en Europa, atraída por el desafío de un país en ebullición. Alaba el estilo de vida de Shenzhen, "cercano a los estándares internacionales", pero critica la falta de cultura de esta ciudad que "sólo piensa en el dinero" y sufre un grave problema medioambiental. El 40% de las aguas residuales es vertido directamente a los ríos y al mar por la falta de instalaciones de tratamiento.

El ansia por hacerse rico -el propio Deng Xiaoping dijo que "hacerse rico es glorioso"- es fuente continua de corrupción. Y como en el resto de China, está ampliamente extendida. Cientos de funcionarios gubernamentales han sido detenidos. Uno de los casos más sonados fue el de los tres máximos líderes políticos del distrito de Nanshan, condenados a penas de 8 a 12 años por haber recibido millones de yuanes de empresarios locales durante años. "Hay que dar tantos pasos para realizar negocios que el sistema se presta a los sobornos", explica Danny, el empresario de Hong Kong con pasaporte australiano. "Falta el sentido de la ley". La corrupción se encuentra en todas las capas de la sociedad. Cerca de algunos hoteles de lujo, los taxis se niegan a utilizar el contador y piden precios exorbitantes a los clientes. "En ese sitio está prohibido parar, pero los policías hacen la vista gorda porque los taxistas les dan dinero", explica uno de ellos.

El éxito económico ha convertido Shenzhen también en un Eldorado para los trabajadores del sexo. La prostitución -a menudo encubierta bajo las enseñas de los karaokes o de los numerosos salones de masaje- es un negocio floreciente. Las meretrices acosan a los viandantes y se cuelan en los ascensores de los hoteles en cuanto ven solo a un posible cliente. "¿Señoritas?", ofrece un chulo en una avenida; "¿masaje?", preguntan una tras otra varias jóvenes, algunas acompañadas de sus hijos.

Qiu Shixiong, de 50 años, que tiene una fábrica de cristales para ventanas con 30 empleados y es uno de los escasos nativos de Shenzhen, asegura que "es un verdadero problema", y se queja de la criminalidad. Pero muestra su admiración por las reformas económicas. "Sin ellas, yo no tendría mi fábrica", dice con el espíritu pragmático del que hacen gala sus paisanos. La mitad de la población de Shenzhen -entre cinco y seis millones de personas- pertenece a la clase media, definida, según la Academia China de Ciencias Sociales, como aquélla con ingresos familiares anuales superiores a 7.200 dólares.

Como las demás industrias, la del sexo se nutre de emigrantes en busca de su oportunidad. Liu Feng llegó hace dos años. Tiene el rostro dulce y parece más joven que los 25 años que declara. "Vine para hacer cosas", asegura entre incómoda y curiosa. "La vida aquí está bien, me gusta la ciudad. A veces gano 50 yuanes al día, a veces gano 1.000".

Liu trabaja en Shangsha, un barrio conocido como Ernai Cun (El Pueblo de las Segundas Esposas). Muchos ciudadanos de Hong Kong mantienen allí, en secreto, a amantes y segundas mujeres, a las que visitan durante sus viajes de negocios. Algunas prostitutas llegan a casarse con algún extranjero y montan juntos un local de alterne.

Las calles de Ernai Cun son un hervidero de pequeños restaurantes, locales de masaje, tiendas de teléfonos móviles y lencería. De noche, las luces de neón aportan un toque mágico, al calor de karaokes como El Cisne Blanco, La Ciudad Feliz o La Bahía Cristalina. A sus puertas, chicas vestidas de princesas -con trajes largos, de gasas y sedas en rojo, malva y oro- actúan de reclamo. En un puesto, una mujer vende patas de pollo en vinagreta; en otro, un hombre remienda zapatos; más allá, un grupo de vecinas baila en una plazoleta, aleteando los brazos como gaviotas.

El mar está cerca, pero en Shenzhen quedan ya pocos pescadores. Vendieron sus terrenos, montaron negocios y progresaron al tiempo que la ciudad. En Nanshan, al oeste de la región, varias decenas de barcos de madera dormitan en la bahía. "Ahora hay menos peces y hay un gran problema de contaminación. La mayoría de los pescadores que hay aquí somos de otros lugares", dice Liang Yuanbo, de 39 años. "Los de Shenzhen se han hecho ricos, mientras yo soy pobre. Es el destino", afirma. "Ellos tienen grandes barcos y viven en apartamentos", explica Du, de 50 años, que, junto con otras 80 personas, vive en un racimo de barracas de madera en la playa. En los callejones ladran los perros. Detrás, las torres de apartamentos y las grúas se ciernen como gigantes.

Shenzhen -cuyo nombre significa drenaje (zhen) profundo (shen), en referencia a los canales de agua de los campos de arroz que antaño ocupaban sus tierras- fue concebida como puente con Hong Kong y con el resto del mundo. Su experiencia ha servido de lección para otros lugares, incluidas las 14 ciudades costeras abiertas a la inversión extranjera a mitad de la década de los ochenta. Fue la ventana abierta al mundo de un país recluido en sí mismo. Y éste es el nombre de uno de los varios parques temáticos que proporcionan esparcimiento a sus habitantes. Shijie Zhi Chuang (La Ventana del Mundo) acumula las reproducciones a diferentes escalas de 118 monumentos y lugares turísticos de todo el planeta, como las pirámides de Egipto, la Ópera de Sidney, las cataratas del Niágara o el alcázar de Segovia. Por encima de todo este mosaico kitsch destaca la Torre Eiffel, una extraordinaria reproducción de 108 metros de altura -la real mide exactamente el triple- en la que dos ascensores suben hasta la punta, y que provoca un extraño sentimiento de confusión al sentirse abrazado por su estructura de acero, tan similar a la original.

Para 2007, Shenzhen -que alberga una de las dos Bolsas que existen en China continental (la otra está en Shanghai)- tendrá 27 hoteles de cinco estrellas y 40 de cuatro, el doble que en la actualidad. En medio de tanto lujo hay sueños rotos, como el de esa joven sentada en la acera que come el arroz de un cubo de basura con la mano mientras su hijo duerme en el regazo. Asegura que es de la provincia de Henan, y rompe a llorar diciendo que quiere volver a su pueblo, pero no tiene dinero. Mientras tanto, los dirigentes del laboratorio chino -conscientes de la fuerte competencia que ha surgido en otras zonas del país, como el delta del río Changjiang, y del problema de falta de suelo, agua y energía- intentan insuflar nuevos aires a Shenzhen y virar a industrias de alta tecnología y mayor valor añadido al tiempo que reducen la burocracia. Saben que, 25 años después, la zona económica especial ya no es tan especial. Su objetivo es lograr una mezcla del entorno de la ciudad-Estado de Singapur con la eficiencia de Hong Kong.

Para el Pequeño Timonel, fallecido en 1997, Shenzhen era la muestra de que la economía de mercado socialista con características chinas que se inventó -es decir, el capitalismo occidental bajo la garra del Partido Comunista Chino- funcionaba. Su estatua de bronce, en la cima del parque Lianhuashan, mira hacia el Hong Kong cuya devolución no pudo presenciar. Un Deng Xiaoping sonriente; los ojos pequeños, pero despiertos; el paso decidido, abrigo al viento. "Cuando hemos subido, mi hija de cuatro años creía que veníamos a un templo", cuenta Jaffe Yim, un ciudadano de la ex colonia británica que vive en Shenzhen, "pero al llegar y ver la figura ha dicho: '¡Papá, es Dios!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de octubre de 2005