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Tribuna:

La Europa perdida de Norman Manea

Una Europa desconocida, olvidada, casi borrada de los mapas por los desastres del siglo XX, que se cebaron especialmente en ella, vuelve a hacerse visible para la conciencia española, de la que estaba ausente desde que la Guerra Fría certificó la división del continente, convirtiendo en oriental -y por lo tanto ajeno y remoto- lo que había sido central: el corazón y el denso cruce de caminos de una Europa que aún no había basculado en exclusiva hacia su vertiente occidental, desgajada de la que sucumbió bajo la sombra del dominio soviético, después de haber sido abandonada a los nazis, con el pleno consentimiento de los poderes democráticos.

El éxito de unos cuantos libros y la vitalidad recobrada de algunos autores son indicios de un nuevo interés que empieza a remediar largas décadas de ignorancia y de indiferencia, cuando no de una resuelta voluntad de no saber, alimentada por prejuicios políticos. En una cultura como la española, tan escasamente comprometida con la democracia como empapada de rigideces ideológicas heredadas del estalinismo, cualquier disidente llegado del otro lado del muro era, cuando menos, sospechoso, cuando no directamente culpable de complicidad con el enemigo imperialista. En el mejor de los casos, las voces de la otra Europa merecían el desdén que se reservaba a los últimos representantes crepusculares de un liberalismo burgués destinado, según la celebrada expresión de Trotsky, al cubo de basura de la historia. A Solzhenitsin se le despachaba como una mezcla de payaso y de agente de la CIA, e inteligencias tan preclaras como la de Juan Benet lamentaban la blandura de los dirigentes del Gulag que habían dejado salir de los campos a semejante sujeto. Stefan Zweig, que había tenido tanto éxito antes de la guerra, simplemente desapareció en el purgatorio de la irrelevancia y en los anaqueles más desalentadores de las librerías de viejo.

Poco a poco, sin embargo, un cambio sutil se ha producido en los hábitos lectores, intuido y a la vez fomentado por editores con audacia, vocación y talento, y quizás por un ambiente político en el que los debates de aquella Europa perdida cobran una renovada vigencia. No puede ser casualidad que las memorias de Stefan Zweig y las de Sandor Marai hayan tenido tanto éxito, ni que uno de los testigos más amargos del colapso de la civilización centroeuropea después de la I Guerra Mundial, Joseph Roth, esté siendo publicado libro a libro en el catálogo ejemplar de El Acantilado. El sueño laico y razonable de una Europa de las ciudadanías parece que se aleja cuando lo teníamos tan próximo, al mismo tiempo que rebrota la pasión de las patrias unánimes y las fronteras hostiles, las que expulsaban sin remedio a millones de desterrados y desplazados como el propio Roth.

Testimonios tan abrumadores sobre la experiencia de los campos nazis y soviéticos como los de Evgenia Ginzburg y Margarete Buber-Neumann regresan del largo olvido en el que caen esos libros que se publican sin resonancia y acaban rápidamente descatalogados. Quizás sólo ahora ha llegado su tiempo entre nosotros, con años de retraso, por culpa de la discontinuidad intelectual con el resto de Europa que trajo consigo nuestra dictadura, y que fue reforzada por el núcleo más ortodoxo de la cultura de la resistencia. Son libros que enfrentan al lector con un triple desafío: político, cultural y literario. Político porque ponen en duda, casi siempre desde posiciones progresistas, la dialéctica fascismo/antifascismo, según la cual los abusos y los horrores del sistema comunista serían siempre menores que los del nazismo, y en cualquier caso quedarían legitimados en gran parte por su resistencia contra él y por la contribución decisiva de la Unión Soviética a la derrota de la Alemania de Hitler; un desafío cultural, porque nos fuerzan a abrir los ojos a espacios intelectuales y geográficos que nuestra pereza había cuidadosamente evitado; y en tercer lugar un desafío literario, porque se trata de libros en los cuales la calidad de la escritura y la intensidad de la mirada de sus narradores nos obligan a revisar la idea de que la literatura creativa ha de ser identificada con los géneros canónicos de la ficción.

A esta categoría de libros pertenece El regreso del húligan, de Norman Manea, publicado hace unos meses por Tusquets. Se trata de un relato de construcción novelesca, pero no es una novela, sino una autobiografía. Abarca una gran parte de los desastres del siglo XX en una zona particularmente torturada del centro de Europa, pero su tono no es el de una crónica, sino el de un testimonio personal. La historia que cuenta es la de un hombre y una familia cualquiera, pero su fuerza está en la excepcionalidad de las experiencias que narra, que de algún modo también son o han sido experiencias comunes para mucha gente nacida en esas fronteras europeas que son más desgarraduras que líneas geográficas. Es, por último, el testimonio de una vocación literaria y de una educación política y sentimental. Norman Manea nació en 1936, en la región rumana de Transnitria, en una familia ilustrada y judía, razonablemente asimilada. En 1940 su familia fue deportada a un campo alemán. En 1945 regresaron a su país, liberados del régimen militar colaboracionista y antisemita por el ejército soviético: pocos años más tarde, Rumania era un país comunista, en el que el adolescente Norman Manea empieza siendo un miembro juvenil del Partido y al cabo de no mucho tiempo se convierte en un elemento sospechoso, y luego en un exiliado interior. Las incertidumbres y el miedo de los años de la guerra se repiten, ahora con otros amos, con otras banderas, pero con efectos semejantes: el antisemitismo oficial, la vigilancia policiaca, la conformidad opresiva, el deseo de huir, el aplazamiento interminable de la huida.

Uno acaba siendo un extranjero en su propio país, pero la tentación del exilio viene acompañada por la sospecha de que al irse lo único que logrará el fugitivo será perder también el único espacio habitable que le queda, su lengua. Por fin se marcha, muy tarde, a los cincuenta años, a la edad en la que parece que la vida se debería haber acomodado en un presente y un porvenir invariables. ¿Quién tiene fuerzas entonces para empezar de nuevo, de la nada, para habituarse a otro país y a otro idioma? En 1989, después de años de provisionalidad en Eu-ropa Occidental, el fugitivo se encuentra viviendo en la ciudad y en el barrio que han sido desde hace decenios el lugar de refugio de tantos desterrados que se parecían mucho a él: la ciudad de Nueva York, y el Upper West Side, el barrio de los judíos centroeuropeos que llegaron huyendo del nazismo, y que habitaron tan numerosamente las calles de la realidad como las páginas de la ficción, las tiendas y los cafés que duplicaban lugares del viejo mundo y las novelas de Saul Bellow y de Isaac Bashevis Singer. Y ocho años después, razonablemente aclimatado al exilio, se le presenta la oportunidad de vivir una experiencia que pertenece a los relatos clásicos de la literatura: el regreso a la patria en un viaje que cuanto más se vaya adentrando en el porvenir más hondamente la hará retroceder en el tiempo.

Nuestro Max Aub, que también sabía algo de estos trances, escribió que el exilio es el tiempo multiplicado por la ausencia. En 1997 el escritor que se quedó sin país y sin idioma -un país, Rumania, del que nadie sabe nada, un idioma que no habla casi nadie más allá de sus fronteras- emprende un viaje de regreso que ha de durar doce días, pero en el que está contenido, como en tantas novelas, la memoria entera de la propia vida, y más allá de ella la de los mayores que lo engendraron, la de su país remoto y convulso en un siglo en el que las luces y los espejismos de la emancipación fueron más cegadores que nunca, pero en el que también la oscuridad alcanzó extremos tal vez más sanguinarios y definitivos que en ninguna otra época de la historia humana. Norman Manea regresa a las ruinas de la Rumania intelectualmente francesa y cosmopolita de la que surgieron nombres tan conocidos en Occidente como Ionesco, Cioran y Eliade, pero en la cual también se engendró una variante del fascismo no menos criminal que la alemana. Ése es el país del que nadie sabía nada y que muchos de nosotros descubrimos hace muy poco leyendo otro libro fundamental, Los diarios de Mijail Sebastian. En 1945 la familia Manea vuelve de la deportación en un campo alemán, pero unos pocos años después el padre es de nuevo prisionero en otro campo, esta vez comunista. La dictadura es una larguísima humillación, un tedio sofocante en el que se insinúan amenazas, y en el que los viejos fantasmas de la persecución y el antisemitismo parecen haber sobrevivido intactos, inalterados por el cambio superficial de himnos y banderas. Pero la cárcel no es el único peligro: igual de siniestro a largo plazo es la tentación de la conformidad, la corrupción íntima de quien adquiere las astucias necesarias para sobrevivir en la tiranía y gradualmente puede convertirse en su cómplice.

Mientras en el occidente de Europa los intelectuales, con mucha frecuencia, jugaban frívolamente a simpatizar con las dictaduras del otro lado al mismo tiempo disfrutaban -y desdeñaban- las libertades democráticas de éste, el escritor Manea, como Brodsky, o Milosz, o Kundera, o tantos otros, se enfrentaba a una disyuntiva para la que no parecía existir solución: ganar la libertad al precio de quedarse sin idioma; permanecer en el espacio nutritivo de la propia lengua bajo una dictadura irrespirable que podía esterilizar el propio talento al mismo tiempo que envilecía la vida. El regreso del húligan, como algunos de los libros mayores de Brodsky o de Milosz, es el resultado y el testimonio de un salto al vacío que acaba siendo el único camino posible para una vocación. Después de la huida viene el regreso a una Rumania en la que el fin del comunismo parece no haber traído la excitación de la libertad, sino un confuso aturdimiento en el que vuelven a brotar algunos de los espectros más desagradables del pasado: el patrioterío, el antisemitismo, el rechazo del disidente, del que no encaja, del que no se conforma, fácilmente convertido en sospechoso o traidor. Lo que más vale del regreso estaba ya en la memoria o sólo puede ser visitado con la melancolía de quien acude a un cementerio para encontrarse con alguien muy querido a quien no vio morir. Y sólo entonces el forastero en la que fue su patria descubre y acepta a dónde pertenece, al cabo de tanto destierro: pertenece al idioma en el que sigue escribiendo, al barrio de Nueva York donde las presencias de los fantasmas -los del pasado y los de la literatura- son a veces más tangibles que las personas reales. Pertenece a la Europa perdida de la que escaparon tantos de aquellos fantasmas, la que merecieron Zweig, Brodsky, Marai, Joseph Roth, Max Aub, Manuel Azaña, la que los europeos de ahora parecen de nuevo incapaces de constituir.

Antonio Muñoz Molina es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de octubre de 2005