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Tribuna:

Esa pesada carga de la Diada

Debo de ser la menos indicada para firmar este artículo, sobre todo con mi densa biografía blandiendo senyeres en las muchas Diadas de mis muchas vidas vividas. La verdad es que siempre amé esa fiesta, quizá porque desde pequeña la viví como una excusa para el paseo simbólico, y esa sobrecarga de liturgia nacional, en las edades de la infancia curiosa y la adolescencia reivindicativa, me sedujeron poderosamente. Después, las políticas y sus exigencias, las ideas que una tiene (aunque no crea que sirva de mucho pasearlas a grito pelado por las calles), y quizá... la inercia..., lo cierto es que tengo tantas Diadas con Fossar y Rafael Casanovas, que habré acumulado méritos para la Creu de Sant Jordi. De esta ya considerable experiencia extraigo, también, una sonora autocrítica que me resulta muy útil para el análisis crítico colectivo. La Diada, inapelable en las épocas en que la calle era de los otros y conquistarla resultaba ser un deber ciudadano, fue perdiendo parte de su sentido con la democracia, y acabó resultando un incómodo puntito en el calendario, con cuyo simbolismo unos no sabían qué hacer y sonreían como podían en la foto, y los otros se peleaban por la foto completa. Mi retina reproduce tantos políticos de sonrisa forzada, tanto griterío abucheándolos -nadie que sea alguien en la vida puede pasearse sin un buen insulto en la Diada-, tanta flor a los pies de la estatua, tanto patriota exaltado suelto, que no sé si tengo una memoria acumulativa, o es que mi memoria no discrimina lo superfluo. Lo cierto es que la Diada es una patata caliente, con la que nadie supo nunca cómo lidiar, ni siquiera el maestro de la lidia política que fue Jordi Pujol. Como todos somos catalanísimos, y no estamos por la labor de revisar nuestros símbolos épicos, a pesar de que la épica nos importa un carajo, unos tras otros fuimos alimentando el ritual sin dotarlo de otro sentido que el de hacerse la foto patriótica el día que tocaba, no fuera caso que pareciéramos infieles al planeta Cataluña. He llegado a ver, con mis propios ojitos, a esforzados diputados del PP, versión Valladolid, postrándose a los pies de Casanovas con el ramito y la banderita, y con una cara de la madre que los parió, que les salía por la comisura de su forzada sonrisa. Incluso en mi época más almogávar, nunca entendí qué hacían todos esos pobres en tamaño acto, más allá de practicar el viejo arte del ridículo.

Después hemos vivido todo tipo de debates, especialmente respecto a qué hacer, cómo ponerse, qué cantar y etcétera en los actos oficiales, y la materia gris política, tan lujosa y escasa, ha perdido parte de sus energías en encontrar las tres patas al gato nacional. De todo ello, y después de casi tres décadas de democracia, lo único que hemos sacado en claro es que no sabemos qué hacer con la Diada, y, ante la confusión, se atropellan las ideas inservibles. Bien, no sabemos qué hacer los unos, porque los que lavan más catalán, y se otorgan el patrimonio en exclusiva de la defensa del país, creen que ese es su día máximo, y gritan cual posesos por las calles patrias, disfrutando del escaso orgasmo que les concede la ingrata historia. Después, una no sabe qué hacen de modo tangible y real y cotidiano a favor del país el resto del año, pero poco importa, que para eso tienen la patente nacional. Y así, año tras año, la Diada se levanta preñada de un simbolismo cargoso e intrincado, que unos conllevan con sonrisa forzada, otros acomodan como pueden a sus trajes de cargo y silla, y los últimos se apoderan para uso privado. No sólo no hemos hecho un debate sereno y serio de qué hacer con nuestros símbolos, sino que los debates que hemos hecho han sido tan de pandereta, que no han servido ni como ejercicio retórico.

¿Y la ciudadanía toda, esa que va sobrellevándonos con más paciencia que fortuna? Habrá de todo, como es de rigor: la mayoría aceptando la Diada como lo que es, una fiesta en tiempos de escasez festiva; otros pasearán su palmito con la bandera, relajados y convencidos de que la identidad es algo amable y no agrio, y los menos solemnizarán, trascenderán, sobrecargarán e hincharán de agravios un pobre día cuya auténtico simbolismo sólo es reseñable en términos históricos. Serán los del ruido, serán pocos, pero serán la foto. Y todo esto no tendrá mucho que ver con un país que ciertamente necesita instrumentos de poder más eficaces, que tiene retos difíciles cuya conjunción no estamos asumiendo, incluso tendrá poco que ver con su milenaria cultura y lengua. La Cataluña que tiene que superar los retos del XXI no puede proyectarse desde los agravios del XVIII. No puede, no sólo porque ha caducado el lenguaje feudal, o porque su sociedad es mucho más compleja y heterogénea, o porque vivir del victimismo es empezar a devorarse. Sobre todo no puede porque hoy, los pueblos serios no trascienden al presente gracias a sus épicas añejas, sino a la calidad y a la seriedad de sus éticas colectivas.

Pilar Rahola es escritora y periodista. www.pilarrahola.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de septiembre de 2005