_
_
_
_
Reportaje:

Testigos del horror en Beslán

Un año después, las víctimas recuerdan los tres días de asalto terrorista a la escuela rusa

Pilar Bonet

Mañana se cumple un año del secuestro de la escuela número uno de Beslán, en el que perecieron 331 personas, entre ellas 176 niños. En el aniversario de aquel acto terrorista perpetrado en el Caúcaso ruso surgen de nuevo los interrogantes sobre las responsabilidades del suceso y se intensifican los penosos recuerdos de tres días de horror que culminaron en tragedia. Debilitados por el hambre y la sed, los más de mil rehenes que se hacinaban en la sala de deportes de la escuela, fueron alcanzados primero por las explosiones de las bombas instaladas por los terroristas, sepultados y carbonizados después por una techumbre en llamas, y atrapados, finalmente, en el fuego cruzado entre carceleros y liberadores.

A falta de agua, los rehenes recurrieron a su propia orina para dar de beber a los niños
Los guerrilleros utilizaron a mujeres y niños como escudos humanos
Más información
Guerrillero a la fuerza

Las víctimas de Beslán evocan aquella pesadilla ante el Tribunal Supremo de Osetia del Norte en Vladikavkaz, donde, desde mayo, se juzga al checheno Nurpashá Kuláyev, de 25 años, el único secuestrador capturado con vida de los 32 integrantes del comando que exigía la retirada de las tropas rusas de Chechenia y la liberación de los guerrilleros trasladados a cárceles osetias.

Los globos de colores fueron el primer detalle en el que se fijaron los padres que acompañaban a sus hijos a la fiesta de principio de curso. Ascendían acompañados de detonaciones y algunos creyeron que se reventaban en el aire. Al ver a unos hombres en traje de camuflaje, alguna abuela pensó que los dirigentes locales velaban por la seguridad de los niños. Pero cuando les apuntaron con los fusiles y les hostigaron hacia la sala de deportes, comprendieron que se trataba de algo distinto. Los terroristas habían tomado posiciones en torno al edificio y en el tejado y bajaban ya por la escalera del primer piso. Parte de los rehenes cree que algunos de los miembros de la banda estaban en el recinto cuando el comando dirigido por el ingush Ruslán Juchbárov, apodado el coronel, llegó desde los bosques de la vecina Ingushetia. En la banda había ingushes, chechenos, un osetio, un árabe y un individuo de "ojos rasgados".

Conocer lo que pasa fuera, es entender lo que pasará dentro, no te pierdas nada.
SIGUE LEYENDO

Los alumnos y sus acompañantes (padres, abuelos y hermanos menores incluidos bebés) se apretujaron en la sala de deportes. Los terroristas sacaron explosivos y cordeles de sus mochilas, en las que llevaban también botiquines de campaña, agua mineral, máscaras de gas y hasta cepillos de dientes. Con ayuda de los rehenes, distribuyeron los explosivos en las cestas de baloncesto y en los cordeles. Hicieron un tendido de bombas construidas con minas antipersonas y otros artilugios de fabricación propia, cargados de metralla, y lo conectaron a un detonador. Un guerrillero hacía guardia permanentemente sobre él y, el tercer día, acababa de leer el Corán cuando comenzaron las explosiones, que fueron inesperadas, según la mayoría de los testigos.

Los terroristas actuaron de forma profesional. De entrada, asesinaron a la vista de todos a un hombre que les plantó cara. Luego, buscaron a los varones que hubieran podido amotinarse, les utilizaron para tapiar las ventanas, y luego fusilaron a la mayoría en el primer piso. Los paseíllos se repitieron y pocos arrancaron una tregua a la muerte. Un hombre volvió a la sala de deportes con un ojo colgando y otros, salvajemente golpeados.

En el comando había dos mujeres. Iban vestidas de negro y portaban cinturones explosivos. Ellas fueron las que, a punta de pistola, registraron a los rehenes para comprobar que habían tirado sus móviles, y también las que llevaban a los niños al lavabo. La primera noche, Alla Janáyeva oyó una discusión entre una de las mujeres y el cabecilla de la banda. "En ruso y sin acento", la mujer gritaba: "No, no, no, no lo haré, dijisteis que iba a ser una comisaría". Luego, oyó una fuerte explosión. A juzgar por los testimonios fragmentarios, incluido el de Nurpashá Kuláyev, una de las mujeres fue asesinada por el cabecilla de la banda y la otra se suicidó. "El coronel dijo que no había venido a jugar y que cumplía órdenes", señala Kuláyev.

La explosión de las suicidas, en la que resultaron heridos varios guerrilleros, salvó -por lo menos temporalmente- la vida a algunos de los rehenes, ya que obligó a interrumpir los fusilamientos. El maestro Alexandr Mijáilov volvió a la sala de deportes íntegro e informó a Zaira Berdikova. El coronel, le dijo, disparaba, sentado, a los hombres, de rodillas. Mijáilov murió en las refriegas del tercer día y no puede confirmar si Svetlana Dzebisova dice la verdad, cuando asegura que el maestro fue obligado a desenterrar armas ocultas en la escuela.

La sed era espantosa. Al principio los terroristas se avenían a llevar a los niños a los lavabos, pero el segundo día se endurecieron e impusieron una huelga de hambre. El llanto infantil les irritaba y amenazaban con disparar. Cuando alguien hacía referencia al sufrimiento de los niños, respondían con ejemplos del sufrimiento de los niños chechenos. Las madres mojaban sus prendas en los pocos cubos de agua que les llegaban y humedecían con ellas la frente de los pequeños o les exprimían algunas gotas. Las mujeres, dice Dzebisova, se quitaron los sujetadores para usarlos como recipientes y como eventuales mascarillas de gas. A falta de agua, recurrieron a su propia orina para "refrescar" y dar de beber a los niños. Estaban sentados sobre "charcos" de ella, según Dzebisova. El hedor era insoportable.

Durante tres días, no comieron. A lo sumo les llegaron algunas migajas insignificantes. Un terrorista dio a la médica Larisa Mamitova un puñado de pasas y dátiles y unas chocolatinas. Otro permitió a los rehenes llevarse unos paquetes de leche en polvo de la cocina, pero la leche no se disolvía en agua fría. Algunos rehenes hacían circular tazas con la esperanza de que las madres que amamantaban a sus bebés las llenaran. Las tazas volvían vacías.

Los secuestradores recurrieron a la médica Larisa Mamítova para atender a sus heridos. Mamítova se ofreció como mediadora y salió a la calle el primer día, encañonada por un francotirador, para entregar un mensaje del coronel. Reclamaba la presencia de los líderes de Osetia del Norte e Ingushetia, además de la del consejero del presidente Vladímir Putin para asuntos chechenos y un médico que ya había actuado como mediador. El coronel advertía de que asesinarían a 50 niños por cada guerrillero muerto y que volaría la escuela, si había un asalto. Los representantes del Estado no reaccionaron y Mamítova volvió a salir el segundo día con otro mensaje que concluía con la frase: "Nuestros nervios están al límite".

La médica sacó partido de la relación con los secuestradores. Llamó por teléfono, robó algodón y alcohol, arrambló con todas las medicinas que pudo encontrar en los bolsos abandonados de los rehenes, y luego se asomó al balcón del primer piso para contar los cadáveres de los fusilados que se amontonaban en el jardín. Contó 21 y no le dio tiempo a participar en su retirada.

Al producirse la explosión, Mamítova perdió el sentido. Lo recuperó al notar que alguien le tiraba muy fuerte del pelo. Un chico de 14 años la había agarrado por los cabellos antes de expirar. "Y sólo entonces me acordé de que tenía un hijo", dice.

Los gestos humanos de los secuestradores se limitaban a permitir un sorbo de agua, un trapo empapado o un desplazamiento a rincones más frescos o menos atestados. Lidia Urmánova perdió cuatro nietos, una hija y una nuera en el secuestro. Una de sus nietas, diabética, murió al segundo día. Cuando agonizaba, los terroristas se ofrecieron a matarla, para facilitarle el tránsito. Un guerrillero que le había dado agua con azúcar, fue fusilado por la noche por haberla ayudado, asegura Urmánova.

Tras las explosiones del tercer día, muchos se desvanecieron y volvieron en sí, ensordecidos y rodeados de cadáveres desnudos, pero no carbonizados. Los padres buscaban a sus hijos, arrancados de sus brazos. Removían los cadáveres mutilados y ensangrentados y no lograban reconocerlos, porque todos los niños cubiertos de polvo les parecían idénticos. Algunos vieron el cielo sobre sus cabezas, otros sintieron ardientes gotas de plástico licuado caer sobre ellos, pero, antes de que la techumbre se viniera abajo definitivamente, hubo unos instantes preciosos. La oportunidad de huir dependió de la capacidad de reacción física y psicológica de los rehenes, de su emplazamiento en relación con las bombas y de su capacidad para burlar a los guerrilleros que les azuzaban hacia la cantina.

En la cantina, los supervivientes volvieron al infierno, al verse atrapados entre los guerrilleros que disparaban, y los liberadores que también "disparaban desde fuera y tiraban granadas", a juzgar por testimonios como el de Regina Kusáyeva o Alla Janáyeva. Los guerrilleros utilizaron a mujeres y niños como escudos humanos. Les obligaron a ponerse de pie en las ventanas y a agitar trapos y cortinas, pidiendo a los de fuera que no dispararan. "A las ventanas se subieron los niños que estaban allí sin sus padres", puntualiza Janáyeva. Un niño fue tiroteado por los guerrilleros cuando intentaba saltar y la metralla de una de las granadas lanzadas desde fuera, mató a Arina, que protegía a sus hijos con su cuerpo.

Kusáyeva habla de varias mujeres que agitaban cortinas rojas por la sangre, mientras un carro blindado disparaba desde fuera. Mijaíl Mijáilov, un guardia de seguridad, confirma que los esfuerzos de los rehenes para interrumpir el tiroteo fueron inútiles. Nurpashá, que estaba en la cantina, saltó por la ventana y fue apresado por los agentes de los servicios especiales.

Dos mujeres expresan su dolor ante un muro con fotografías de las víctimas de la masacre ayer en la escuela de Beslán.
Dos mujeres expresan su dolor ante un muro con fotografías de las víctimas de la masacre ayer en la escuela de Beslán.EFE
Una mujer llora junto a la tumba de una víctima de  Beslán.
Una mujer llora junto a la tumba de una víctima de Beslán.EFE

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Pilar Bonet
Es periodista y analista. Durante 34 años fue corresponsal de EL PAÍS en la URSS, Rusia y espacio postsoviético.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_