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Reportaje:LA ESPAÑA FRATRICIDA VISTA POR UN ESCRITOR ESCÉPTICO

Las memorias inéditas de Pío Baroja

Caro Raggio edita 'La guerra civil en la frontera', un desconocido volumen de su autobiografía

El manuscrito del volumen octavo de Desde la última vuelta del camino, las memorias de Pío Baroja, permaneció celosamente guardado por decisión familiar durante algo más de 50 años. La guerra civil en la frontera reúne noticias, anécdotas y testimonios recogidos en los primeros meses de la contienda y reflexiones personales redactadas finalmente pocos años antes de su muerte en 1956. Unas páginas que Fernando Pérez Ollo, autor de la edición que Caro Raggio pondrá a la venta la próxima semana, no duda en calificar de manifiestamente impublicables durante el franquismo a la vez que, a su juicio, mantienen las características de las singulares memorias de don Pío, consideradas el reflejo más acabado de su perfil personal.

Cuando estalló la Guerra Civil, Pío Baroja (1872-1956) veraneaba en su casa Itzea, en Vera de Bidasoa, Navarra, al pie de la frontera con Francia. Le detuvo la columna que desde Pamplona se dirigía a Guipúzcoa. Al día siguiente, el mando militar le puso en libertad. Baroja volvió a casa, hizo la maleta y emprendió a pie la salida al exilio francés. Vivió en Ascain, San Juan de Luz y Hendaya hasta que a comienzos de septiembre se trasladó a París, donde permaneció, salvo viajes esporádicos, hasta que en 1940 regresó a España. Entre septiembre de 1942 y noviembre de 1943 Baroja publicó las entregas semanales de sus memorias, tituladas Desde la última vuelta del camino, editadas después en siete volúmenes y finalmente, en 1949, reunidas en el tomo VII de las Obras completas del escritor vasco. El séptimo bloque de la obra, "final de estas memorias", afirmaba Baroja en el prólogo, contenía un apartado, Conversaciones en París el año 39, que no desvelaba por qué y cómo el escritor se había instalado en la capital francesa. Las memorias tuvieron una octava parte, La guerra civil en la frontera, preparada más tarde y hasta ahora inédita. Baroja escribía a mano y luego hacía que le pasaran el original a máquina. Este texto mecanografiado, que mereció abundantes correcciones manuscritas de don Pío, se publica ahora en la editorial familiar, Caro Raggio. "El tomo octavo y final de las memorias barojianas, como los precedentes, enjareta noticias, bulos, apuntes, testimonios y opiniones personales que apuntó y redactó durante las semanas iniciales de la guerra de España vividas desde el margen derecho del Bidasoa. También consideraciones posteriores, que permiten datar el trabajo hacia 1951-1952. Estas páginas, manifiestamente impublicables durante el franquismo, mantienen las características de las singulares memorias de don Pío, consideradas el reflejo más acabado de su perfil personal", señala el profesor Pérez Ollo, encargado por Caro Raggio de supervisar la edición del texto.

"Hemos tenido una vida tan estúpida, tan mísera la mayoría de los españoles en estos últimos tiempos, que no la podemos recordar sino con el desdén"

"En estos relatos no hay el menor asomo de arrojo ni de audacia. Carezco de vocación de héroe. Soy un espectador, un curioso y nada más"

"Era difícil que un español, de no ser fanático o iluso, pudiera ser optimista"

Sin pretensión política

Desde las primeras líneas del prólogo Baroja lo deja claro todo: el porqué de este último volumen de sus memorias, el cómo se ve a sí mismo y al oficio de escritor, y cómo ve a los españoles. Así comienza este volumen inédito:

"He escrito hace algún tiempo siete tomos de memorias, con el título Desde la última vuelta del camino. Creí que no tendría ganas de continuarlas, porque lo que podía contar de mi vida, de época posterior, me parecía bastante mediocre y triste. Pero aun así he sentido ganas de seguirlas, y he enjaretado estas cuartillas que se refieren a hechos del periodo que va desde el principio de la guerra civil española del 1936 hasta ahora".

"No pretendo ni he pretendido nunca tomar una actitud política destacada. No la había para mí".

"En estos relatos no hay el menor asomo de arrojo ni de audacia. Carezco de vocación de héroe. Soy un espectador, un curioso, y nada más. En algunas circunstancias las impresiones de las vidas vulgares, contadas con exactitud y con detalles, pueden tener algún interés, y dar el carácter de la época, con tanta exactitud como la de los hombres arriesgados y extraordinarios que hay que reconocer que, en este tiempo, ha habido pocos, porque la mayoría han sido mediocres, al menos en España".

"La primera parte de las memorias escritas con el título general Desde la última vuelta del camino, creo que tiene algo de gracia. Esta segunda no tiene ninguna. Aun así, las voy a publicar. Hemos tenido una vida tan estúpida, tan mísera la mayoría de los españoles en estos últimos tiempos, que no la podemos recordar sino con el desdén y hasta con enfado" [...].

"No he tenido suerte ni buenas coyunturas para ganar dinero. Estudié Medicina, no con mucha afición. Doce años entre bachillerato y carrera, y conseguir cien pesetas de sueldo al mes, como médico de pueblo, no era una ganga. Luego me metí en un negocio industrial, y anduve trampeando como pude [los Baroja gestionaron durante unos años Viena Capellanes, una panadería de renombre]. Después me puse a escribir y escribí más que el Tostado. Este señor, hombre al que no sé por qué se le llama así, supongo que por su color oscuro, debía de escribir a la carrera".

"Yo gané muy poco con la literatura. Cuando me editó Francisco Beltrán, empleado de la librería de Fernando Fe, tres novelas, La busca, Mala hierba y Aurora roja, me pagó por cada tomo trescientas cincuenta pesetas" [...].

Claridad de estilo

Baroja, como ya se ha dicho, toma notas en las primeras semanas de la Guerra Civil sobre lo que ve o le cuentan. En la redacción final del volumen, realizada cuatro años antes de su muerte (1956), añade reflexiones personales sobre muy diversos temas, y lo hace -como en él es habitual- sin morderse la lengua. La claridad de su estilo no supone eludir la sinceridad aun a riesgo de parecer, o ser, políticamente incorrecto. Sus opiniones sobre los libros leídos en su juventud no dejan lugar a dudas. "Era yo estudiante cuando se publicó Pequeñeces, novela del Padre Coloma. Se la hizo un reclamo enorme. Durante varios meses, El Heraldo de Madrid, periódico entonces nuevo, que empezaba a tener muchos lectores, estuvo publicando artículos diarios sobre el libro".

"Probablemente no ha habido obra española más discutida y jaleada en España. Después no ha ocurrido nada semejante. Luego, a ese libro, cuando perdió su actualidad, no se le dio la menor importancia. A mí me interesó muy poco".

Novelas extranjeras

"Otro libro, éste extranjero, de fama universal en el tiempo de su publicación, que yo no pude aguantar, fue Quo vadis?, del polaco Sienkiewicz. Lo mismo me pasó más tarde con El fuego, de Barbusse; con La barraca, de Blasco Ibáñez; con Las ingenuas, de Felipe Trigo, y con Casta de hidalgos, de Ricardo León. Últimamente, tampoco he podido con algunas novelas de Marcel Proust, aun comprendiendo su mérito".

"Respecto a las biografías, todas me han parecido muy pedantescas y muy poco amenas. Ludwig, Zweig, Maurois no me han gustado, y sus obras famosas, al cabo de algunos años, no se explica el porqué de su fama. Hay un libro de un médico sueco, Axel Munthe, libro que se ha traducido a todos los idiomas del mundo, La historia de Saint Michel, yo no comprendo bien por qué, pero el hecho es que tuvo un éxito enorme. A mí se me figura una obra dedicada al esnobismo universal. A mí no me interesó nada, y por más esfuerzos que hice no pude leer el libro entero" [...].

Inmediatamente después, Baroja utiliza el epígrafe Explicaciones para reflexionar una vez más sobre el contenido de lo que será su último volumen de memorias. El escritor comienza aludiendo a una innominada mujer: "Pensando en usted, amiga mía, he escrito esta relación de recuerdos. Es quizá muy pobre de hechos y de ideas. ¿Qué quiere usted? Me ha cogido en la vejez la guerra, la emigración, la revolución y la pobreza. Son cosas evidentemente tristes. Cuando se toma parte en algo, la excitación, la creencia, la esperanza del éxito, la amargura de la derrota tienen que hacer vivir al hombre en momentos de depresión".

"Ahora, como yo no esperaba nada de la contienda, es lógico que en ella no haya puesto ilusiones. Para mí, guerra, vejez y pobreza no eran más que depresión, escapes de energía ya decaída. En la soledad y con la vista mediana, me he dedicado a escribir estas impresiones pesimistas".

"No me produce entusiasmo la idea de escribir de mí mismo, y no por pudor, sino porque veo que no es posible dar una impresión desnuda y verdadera de lo que es uno por dentro" [...].

El día en que cayó la monarquía, Baroja se acerca a la redacción del diario Ahora, en el que colaboraba, y desde su escepticismo sobre la posibilidad de que la recién proclamada República pudiera solucionar los problemas del país, comunica al director, Chaves Nogales, que dejaría de escribir en el periódico durante algún tiempo para no tener que hacerlo sobre política. Y explica: "Desde el lado conservador se ha hecho a los escritores de España un reproche, y ha sido el de ser poco patriotas. Resulta una acusación falsa. El escritor es siempre patriota. Está vinculado con el idioma, con el paisaje, con la historia de su país, y es muy difícil que no sea patriota a su modo".

Patriotismo cursi

"Ahora", continúa Baroja, "hay otro patriotismo cursi, oratorio, en que se miente como si se fuera a engañar a alguien, y se quisiera convencer de que el Manzanares es un río tan grande como el Danubio o el Volga. Ese patriotismo cursi y palabrero es el de las gentes de la alta burguesía y de la aristocracia, entre las que abunda el tipo judío; no el tipo de judío audaz y emprendedor, sino del judío ya cansado y debilitado".

"Entre esa sociedad aristocrática que no tiene nada de aristocracia, es donde se conserva una idea despreciativa del país, en la práctica. Según ellos, la gente del pueblo es brutal; las costumbres, toscas; la industria, primitiva; la comida, mala. La mayoría de estos seudo-aristócratas y de los ricos no tienen los vicios y virtudes de los españoles, sino las condiciones que siempre han distinguido a los rastacueros internacionales".

"Por el lado contrario, los elementos de la izquierda creían o querían creer que el escritor independiente que no simpatizaba con el comunismo era por interés personal, lo cual constituye una idea estúpida" [...].

"Aunque se quisiera cambiar, yo ya no podría. Es uno viejo y le falta elasticidad para eso. Le quedan los mismos entusiasmos intelectuales que siempre tuvo y piensa con enternecimiento en los grandes hombres que han intentado aclarar el mundo: Demócrito y Epicuro, Lucrecio y Marco Aurelio, Copérnico y Kant".

"Nuestra época ya no es de aclaración, sino de oscuridad y de estúpida saña" [...].

Las religiones

"Yo creo que lo más importante de la civilización en el momento actual es la ciencia, el fondo de la cultura humana, y que alrededor giran las demás actividades espirituales, que reciben su influencia: artes, literatura, costumbres, etc.".

"En nuestro tiempo, todo este legado de la antigüedad no ha sido muy eficaz en ciertos sectores de la vida. Las religiones no han impedido que los hombres se hayan dedicado de una manera feroz a la violencia, al asesinato, al robo y a las manifestaciones de brutalidad más bajas y sanguinarias. Nadie de buena fe puede creer que la religión ha servido de freno a las malas pasiones de los hombres".

"A mí me parece que hay que dejar libertad al pensamiento, pero no a la acción. Pensar lo que se quiera, pero no matar ni robar; lo contrario de lo que se hace en nuestro tiempo, en donde no hay libertad de pensamiento, pero hay libertad de robar y hasta de matar en determinadas circunstancias" [...].

Bajo el título Malos auspicios escribe Baroja: "Siente uno el temor de que esta lucha fiera, en la que va a morir gran parte de la juventud española, no está basada más que en una cuestión de intereses, y en una cuestión de instintos y de conveniencias".

"Nadie puede pensar que los gobiernos de la República hayan sido hábiles, ni justos, ni sensatos. Ha sido una orgía de apetitos desenfrenados. Si no tenemos más disyuntiva después del periodo enteco y mísero de Alfonso XIII y del gobierno alegre y palabrero de la República, que el régimen de los comunistas o el de los militares unidos a los curas, estamos lucidos" [...].

"No se comprende cómo se va a salir de esta terrible convulsión, que es la enfermedad más grave que ha tenido España desde hace siglos. Pensar que se puede exterminar por completo y para siempre al enemigo, sin dejar rastro de él, me parece utópico. Los rojos dicen que Cataluña y Valencia se harán independientes y llegarán a conquistar el resto de España, transformándola en un país federal. No lo creo, y la razón para no creerlo es la vacuidad de los políticos, que no les ha de hacer gracia la idea de perorar en un Parlamento provinciano, y ver sus discursos ramplones comentados en un periódico regional" [...].

Al día siguiente de la sublevación del Ejército en Marruecos contra el Gobierno de la República, Baroja, un médico y un inspector de policía de la frontera fueron detenidos y encarcelados en Santesteban por un grupo de carlistas. Unas horas después, Martínez Campos, a la sazón oficial del Ejército español, dio la orden de liberar al médico y al escritor. Cuando Baroja llegó a Vera decidió marcharse a Francia a pie. Desde entonces, el escritor narra sucesos y anécdotas de la Guerra Civil, entremezclados con reflexiones personales, basándose en los relatos que le hacían quienes venían de España, sin mixtificar lo sucedido, dudando con frecuencia de la información que no puede comprobar y con la convicción de que relatar los pequeños detalles es tan importante como las pretendidas gestas heroicas o las indiscutibles manifestaciones de barbarie.

"Los requetés", escribe, "asesorados por paisanos del pueblo, asaltaron el casino de la Unión Republicana de Alzate, arrojando los libros de la pequeña biblioteca del casino a la calle, en unión de los papeles de música de la banda, quemando unos y otros. Para encender la hoguera purificadora emplearon las astillas del letrero que había en el balcón, arrancado y hecho trizas en su asalto".

"Se apoderaron también de dos cornetines y de dos tambores. Uno de los requetés intentó tocar con el cornetín la Marcha real, pero como sus conocimientos filarmónicos no se lo permitieran, se conformó con tocar una jota navarra" [...].

Amargura

El escepticismo barojiano se verá reforzado con el paso de los días. Las historias que le cuentan sobre la brutalidad de los contendientes aumenta su amargura. En pocas líneas da noticia de asesinatos terribles: una maestra, un doctor, un trabajador ferroviario... En su pueblo, Vera de Bidasoa, afirma que se llegaron a fusilar a 400 hombres.

"En esta aventura revolucionaria y absurda en que se había metido de lleno España", anota desde Hendaya, "yo me había sentido incapaz de tener confianza en algo político. Era difícil que un español, de no ser fanático o iluso, pudiera ser optimista, si era posible tener alguna inclinación por uno de los sectores en que aparecía dividido nuestro país. Por la ideología, era para mí difícil, pues ambas me parecían igualmente pobres, míseras y mediocres" [...].

"En los últimos tiempos había escrito en Madrid algunos artículos de crítica acerca de las ideas comunistas. Había dicho en ellos que la teoría no tiene originalidad alguna, que casi todas las predicciones de Karl Marx se habían visto incumplidas, que su libro El capital, que casi nadie ha leído, es pesado, indigesto, soporífero. Afirmé también que la fraseología de Lenin y de sus compañeros resulta vulgar y mediocre, al lado, por ejemplo, de la retórica violenta, revolucionaria y apocalíptica, de un hombre como Federico Nietzsche" [...].

"A mis reparos sobre las utopías socialistas se me contestó de manera estólida, diciendo que yo no entendía la cuestión. Como ya es sabido, cada comunista español es una lumbrera, mezcla feliz de Newton, Kant y Copérnico, con algo de Einstein" [...].

En el último tramo de La guerra civil en la frontera, Baroja arremete una vez más contra los políticos, a los que culpa de los desastres y desmanes que hace tiempo surgen por todas partes.

"La verdad es que los españoles han tenido mala suerte en su historia moderna. Seguramente es una mala suerte merecida".

"Los españoles defienden con energía durante la guerra de la Independencia a Fernando VII. Fernando es un hombre malo, cobarde y artero, y sobre todo, falso. Traiciona a los unos y a los otros".

"Pocos años después de su muerte el país se divide en absolutistas y constitucionalistas. Los unos defienden a María Cristina, mujer egoísta, avara y de mal corazón. Los otros, a don Carlos, que era un idiota".

"La guerra civil dura cerca de siete años. Treinta y tantos años después comienza la segunda guerra; por un lado, Alfonso, y por otro, Carlos Chapa. Ninguno de los dos vale gran cosa, ni por carácter, ni por cultura, ni por talento. Después tenemos en la Segunda República la rivalidad del león y la serpiente: Lerroux y Azaña. ¡Qué león! El león es un pobre viejo, vacuo, con unos cuantos lugares comunes por todo bagaje intelectual, y unas fórmulas oratorias en el cerebro. La serpiente es un ateneísta que maneja unos cuantos tópicos de literatura francesa, al alcance de cualquiera".

"El león acaba de manera pobre y lamentable. El movimiento de Asturias se hace principalmente por simpatizantes de Azaña. La gente cree en él como en un santón, y sólo cuando solicita y consigue ser presidente de la República empiezan a pensar sus partidarios si no será un pobre insignificante, sin energía y sin valor".

"En estos cien años España ha tenido sus hombres, escritores, pintores y hasta investigadores; lo que no ha tenido ha sido un político de altura, de alguna energía" [...].

Industrialismo

Consideraciones generales y detalles que hablan de lo mezquino del ser humano. Baroja deja constancia de todo ello: "Para subir al alto que está encima de Behobia el amo del terreno comenzó a cobrar cincuenta céntimos por persona. Los de Biriatu quisieron cobrar también a los que intentaban contemplar el avance. Es el industrialismo de la época, cosa bastante baja y miserable".

"No me gusta ver cómo se matan esas gentes, encontrándome yo en un sitio sin peligro. Los que hablan porque han ido a ese alto próximo a Behobia elogian el valor de los unos y de los otros, como si se tratase de toreros a los que habían visto torear" [...].

El volumen octavo de estas memorias acaba cuando Baroja decide irse a París. Su final es tan sincero y sencillo como todo el libro.

"Al despedirme de las gentes del pequeño restaurante, la mujer del tabernero me dijo:

-Siento que se vaya usted, porque usted vive como un santo.

-No -le contesté yo en broma-. Lo que me pasa a mí es que no tengo dos reales en el bolsillo".

Ciencia, hule y prehistoria

"Siempre he creído que, a medida que pase el tiempo, la ciencia ha de dirigir los países y la humanidad entera. La ciencia es la cantidad de verdades que va encontrando el hombre a lo largo de la historia. Muchas de estas verdades parece que no tienen por el momento interés humano, pero se puede suponer que lo han de tener algún día, si no inmediatamente, con el tiempo". "No hay para qué decir que yo creo en el perfeccionamiento más o menos dentro de la especie humana. Lo que no creo es que se deba confundir la ciencia con las generalizaciones prematuras. Éstas se prestan a errores que cuestan la vida a infinidad de hombres. Si en la teoría soy completamente evolucionista, no siempre estoy conforme en los procedimientos que los progresistas consideran los mejores" [...].

"Las más absurdas afirmaciones se hacen para satisfacer a la galería, que espera con la ansiedad de un público de plaza de toros las declaraciones sensacionales. En España se dice, cuando en las corridas hay sangre, que hay hule, porque sin duda aparecen en esos casos en las plazas las camillas cubiertas de hule negro".

"El público de los congresos quiere también que haya hule. En ese ambiente de sensacionalismo y de teatralidad es imposible el que se haga algo serio. Se dicen las cosas más absurdas para producir efecto. Así, un concejal socialista dijo en Madrid que la prehistoria era una ciencia reaccionaria".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de junio de 2005

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