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Editorial:

Neto sabor soberanista

El candidato de PNV-EA repetirá como lehendakari gracias al apoyo, medido al milímetro, del radicalismo abertzale, ahora representado en el Parlamento vasco por el grupo de los Comunistas de las Tierras Vascas (EHAK). Ibarretxe buscó y obtuvo ese respaldo. No lo tenía fácil en ningún caso, pero es falso que ésa fuera su única opción. Decidió repetir el tripartito de la anterior legislatura a sabiendas de que quedaba lejos de la mayoría absoluta, y lo hizo con un programa de gobierno de neto sabor soberanista que ya hacía presagiar su intención de dar prioridad a EHAK como aliado externo preferente. Luego hizo un discurso de investidura lleno de mensajes hacia ese mundo, que correspondió dándole el apoyo mínimo necesario para que siga gobernando, pero ni un gramo más, para dejar claro que puede retirárselo si no responde a sus expectativas.

Portavoces cualificados del PNV y Batasuna eliminaron ayer cualquier duda al respecto. Por una parte, Egibar manifestó que los votos de EHAK "no son casuales" ni han "caído del cielo", sino que responden al "proyecto presentado por el tripartito". Sin duda hay sintonía con lo que desde hace años defiende el propio Egibar. Más difícil encaje tiene con el aperturismo insinuado por el actual presidente del PNV, Josu Jon Imaz, tras la derrota del plan Ibarretxe en las Cortes. Desde el lado de Batasuna, el portavoz Pernando Barrena -como antes Otegi- habló de EHAK como cosa propia, interpretando el sentido de los dos "votos otorgados" a Ibarretxe como forma de presión para que pase "de las palabras a los hechos".

El principal hecho que espera Batasuna es su reconocimiento fáctico (pasando por encima de su ilegalización) en una mesa de diálogo para la normalización creada fuera del Parlamento, según el diseño presentado en su investidura por Ibarretxe. Pero los partidos no nacionalistas ya adelantaron ayer su negativa a sentarse con una formación ilegalizada por formar parte de una estructura dirigida por ETA. Egibar consideró incoherente esa negativa (en el caso de los socialistas) a la vista de sus "contactos en privado" con miembros de Batasuna. Sin embargo, parece evidente que si esa formación consiguiera una legalización de hecho como un interlocutor más, quedaría anulada una baza esencial para el fin dialogado de la violencia: la convicción de los de Otegi de que no serán legales mientras no convenzan a ETA de que abandone o, si no lo consiguen, se desmarquen claramente de ella.

¿Cabe deducir de la propuesta de Ibarretxe que el mundo radical tendría doble representación, la directa de Batasuna más la de los parlamentarios de las tierras vascas? ¿Qué alternativa tiene ante la negativa a participar de PP y PSOE, que agrupan al 40% del electorado? ¿Dónde quedarían sus apelaciones al pluralismo? La principal debilidad del discurso de Ibarretxe es que sigue sin incorporar la evidencia de que una propuesta soberanista, de desvinculación paulatina de España, difícilmente contará con un consenso comparable al que obtuvo el Estatuto de Gernika, y que, por ello, y por desbordar los límites constitucionales, nunca será convalidada por las Cortes españolas.

Ibarretxe remitió la constitución de esa mesa extraparlamentaria a fines de año. Para entonces ya se habrá visto si el tripartito consigue sacar adelante sus proyectos con apoyos puntuales variables, como se propone. Y es posible que también se hayan despejado otras incógnitas, como la consistencia de las esperanzas de Zapatero en una tregua o movimiento similar por parte de ETA. Y tal vez para entonces haya un nuevo Estatuto de Cataluña, lo que seguramente marcará el alcance de la reforma viable del vasco. De momento, por tanto, lo que ha ganado Ibarretxe es tiempo, a la espera de que pase algo que le permita ampliar su precaria mayoría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de junio de 2005