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Los dirigentes sociales de El Alto desafían al nuevo presidente de Bolivia

El abastecimiento de alimentos y carburantes quedó ayer restablecido en la capital

Los líderes vecinales y sindicales más radicales de El Alto, la ciudad que rodea la capital, La Paz, y la ahoga con los bloqueos, se resisten a dar una tregua al nuevo presidente, Eduardo Rodríguez. Los dirigentes exigen la nacionalización inmediata de los hidrocarburos y la elección de una Asamblea Constituyente para hacer una profunda reforma. Ayer se normalizó el abastecimiento de alimentos y carburantes para los paceños y alteños, pero no por voluntad de los dirigentes, sino porque miles de vecinos los forzaron a permitirlo.

La reunión que mantuvo ayer el presidente Rodríguez con 50 dirigentes sociales alteños, entre ellos dos de la línea dura, como Abel Mamani, líder de las asociaciones vecinales, y Edgar Patana, jefe de la Central Obrera Regional (COR), fue un punto de partida para la reanudación del diálogo social. Sin embargo, aún queda mucho trecho hasta lograr una sólida tregua que permita al nuevo Gobierno interino y al Parlamento trabajar con relativa calma en la reforma legal que se necesita para renovar a todos los poderes públicos de Bolivia. Al término del encuentro se acordó trabajar a partir de esta semana para acercar posiciones, pero el resultado era lo de menos, porque el conflicto sigue latente.

A pocas manzanas del teatro de la Radio San Gabriel, en el corazón mismo de El Alto, donde se celebraba la reunión, un grupo de hombres de entre 30 y 35 años escuchaba por la radio los discursos del mandatario y de los dirigentes. ¿Ustedes están en favor de una tregua hasta las elecciones? "El momento de luchar es ahora. No podemos aflojar. Nos han jodido 500 años y alguna vez hay que acabar con todo para volver a empezar", dice enérgicamente Remberto Postigo, mientras sus compañeros, alguno mestizo como él, otros aimaras, asienten. Postigo dice ser químico en paro. "Entendemos el perjuicio que los bloqueos y las movilizaciones causan a la gente. A mí también me perjudican, pero debemos resistir", concluye.

Un poco más lejos, en la zona de El Alto donde terminan las calles de tierra y empiezan unas de asfalto maltrecho, donde las casas a medio construir en vez de tener una planta tienen dos, la visión es otra. "Faltan productos y los que hay son mucho más caros", dice Charo Estévez. "Por fin, señor, que puedo comprar una bombona, he estado cocinando para mis hijos con leña y se me había acabado", resopla la quechua Sofía Zambrano. "Son todos unos vagos, no tienen derecho a dejarnos sin gas, sin combustible, con este frío", exclama Roberto González. "Yo vine a El Alto en los sesenta, yo construí con mis manos parte de esta ciudad y estos dirigentes la están destruyendo", añade enfadado.

Pobres contra pobres

Después de hablar con varios vecinos de El Alto, la sensación que queda es que se libra una lucha entre los pobres y los que son un poco menos pobres. Por el momento nadie tiene claro realmente lo que quiere. Ni los más radicales han conseguido mantener los bloqueos ni los vecinos que quieren tranquilidad pueden apostar por ella. Ayer, las calles de El Alto habían vuelto a la normalidad. Había gente haciendo cola en los mercados, niños jugando al fútbol y empleados del Ayuntamiento recogiendo las toneladas de basura acumuladas en los 20 días de bloqueos.

El Alto tiene casi 800.000 habitantes, de los cuales unos 150.000 están en paro. La ciudad comenzó a formarse entre los cincuenta y los ochenta, cuando La Paz ya había crecido hasta el límite de su superficie en el valle de Chuquiago, donde se halla encajada, y comenzó a extenderse con la llegada de indígenas aimaras, campesinos y mineros a la cima de los cerros que la rodean, a unos 4.000 metros sobre el nivel del mar. En 1985, el Congreso boliviano aprobó la creación de El Alto, separada administrativa y jurídicamente de La Paz.

Esta decisión es duramente criticada en el libro Historia de Bolivia, escrito por el ex presidente Carlos Mesa junto a sus padres. "La nueva urbe rompió la unidad lógica de la ciudad y abrió un nudo de problemas al crear una ciudad más pobre y con el mayor crecimiento demográfico del país. Este absurdo jurídico abrió las puertas al enfrentamiento entre La Paz y El Alto por el presupuesto y por la evidencia de que El Alto carecía de la mínima capacidad económica y administrativa para superar los problemas de aguda pobreza e insuficiencias básicas para acoger a la inmigración altiplánica que llegaba incesantemente", dice el texto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de junio de 2005