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Reportaje:

Japón pata negra

El flamenco es la locura japonesa: 80.000 estudiantes en 600 academias de baile, toque y cante. En el I Festival Flamenco de Tokio, el público ha llorado con el arte de Sara Baras, Eva Yerbabuena y otras figuras: el sabor del Japón pata negra.

"¿Japón? ¡Mira que está lejos Japón!". Con esta frase tan flamenca, sacada de una canción del grupo No Me Pises Que Llevo Chanclas, comenzaba un reportaje sobre el flamenco en Japón de la periodista Kioko Shikaze, corresponsal en España de la revista de Tokio Paseo Flamenco, una publicación mensual que nació en 1984 y que hoy tiene una tirada de 10.000 ejemplares.

¿Se imaginan que una revista española especializada en kabuki o en bonsáis vendiera 10.000 copias al mes y tuviera corresponsal en Japón?

Pues sí, Japón está a 15.000 kilómetros y 15 horas de avión, pero resulta que cada vez está más cerca de España.

¿La globalización que todo lo une? ¿Loewe? ¿El fútbol? Sí, sí, pero sobre todo, el flamenco.

Desde que La Argentina bailara en Tokio en 1929 hasta ahora, el romance japoneses-flamencos se ha hecho cada vez más tórrido y estable.

Casi todas las estrellas jondas del siglo XX y del XXI han viajado y actuado en el país nipón. Pilar López, Antonio Gades, Manolo Vargas, Roberto Ximénez, Luisillo, Rafael Romero, Merche Esmeralda, El Güito, Paco de Lucía…

Todos fueron enamorando poco a poco a este refinado pueblo de unos 130 millones de habitantes que muere por el teatro, la música y la poesía, cuanto más tradicional, mejor.

El productor Miguel Marín, que ha llevado la felicidad a los miles de japoneses (japonesas, sobre todo) que están siguiendo desde mayo con fervor religioso el I Festival Flamenco de Tokio, comenta: "Es alucinante la reacción del público, su conocimiento, su sensibilidad para captar la emoción, sus silencios. Ver esas lágrimas, esa conmoción durante las actuaciones de Sara Baras, Eva Yerbabuena o Mayte Martín, en un público que jamás aplaude en medio de una función, vale por todo el lío que supone desplazar hasta aquí a 120 artistas".

La afición nipona ha recibido con un entusiasmo desbordado este gran desembarco flamenco que ideó María Jesús Escribano, la directora de la Sociedad Estatal de Exposiciones Internacionales (SEII): "Japón es el país del mundo que más quiere el flamenco, y era cuestión de honor devolverles ese amor con un gran festival".

Tras cerrar el pasado 25 de mayo en Tokio una gira por cinco ciudades niponas, el guitarrista Vicente Amigo decía: "Me dan mucho miedo los aviones, pero sigo viniendo a Japón porque este pueblo te hace sentirte mejor que en tu casa".

Tomatito, Paco de Lucía, Carmen Linares y la Compañía Andaluza de Danza, entre otros, van a prolongar hasta septiembre este romance que empezó mucho después, como es obvio, de la llegada de san Francisco Xavier a Japón en 1549, y de que el primer descendiente de la familia Carvajal Japón, que hoy habita todavía en Coria del Río, llegara a Sanlúcar de Barrameda en 1614.

El primer taconazo se oyó en Japón en los años veinte del siglo pasado. Según las crónicas, en enero de 1929 La Argentina estrena en Tokio El Amor Brujo y Andalucía. Luego, "en los años treinta, se empiezan a vender los primeros discos de pizarra", escribe Kioko Shikaze. Pero es después de la derrota en la II Guerra Mundial cuando Japón aprende a decir "ole". En 1955 llega la Compañía Flamenca (bailaores: Manolo Vargas y Roberto Ximénez; cantaor: Rafael Romero). Y en 1960, tras 44 días de navegación, arriba la compañía de Pilar López con Antonio Gades.

Es un momento histórico: algunos japoneses deciden hacerse flamencos. Por ejemplo, la bailaora Yoko Komatsubara. Era bailarina clásica y actriz, y lo dejó todo para irse a Jerez en 1962: "A los japoneses, si una cosa nos gusta, nos gusta mucho. Somos fríos y tímidos, reímos poco… Si vemos drama y alegría, pasión y ganas, nos entregamos. Tenemos normas muy estrictas y muchas cosas guardadas. Y podemos canalizarlas en el flamenco".

En España, Yoko estudió con Victoria Eugenia, Enrique el Cojo, Matilde Coral, Paco Fernández. En 1967 ingresó en la compañía de Rafael de Córdova. Dos años después dirigía su propio ballet flamenco. La historia de otro gran pionero, el bailaor Shoji Kojima (Tokusima, 1939), se parece mucho: "Estudié ópera y empecé como barítono. Pero en 1960 vino la compañía de danza española de Alfredo Gil y Pilar de Oro, y luego, López y Gades, y Luisillo, y se estrenó Los Tarantos y me dio la locura. Dejé la ópera y me fui a España en 1966".

Con esa cara que recuerda a David Carradine y un espíritu de superación digno del kung-fu, Kojima aprendió baile español y a tocar los palillos. El Ballet Nacional le llevó de gira a la Unión Soviética, trabajó "una temporaíta" con María Rosa, fue bailarín principal con Rafael Farina ("me presentaba como El Gitano Japonés"), actuó en tablaos míticos como Villa Rosa o Los Gallos, se hizo profesor y coreógrafo… "Estuve diez años sin pisar mi tierra. Volví porque quería bailar solo. Como Carmen Amaya, Pilar López y Antonio Ruiz Soler, los tres monstruos que me metieron dentro el veneno del flamenco".

Kojima y Komatsubara se perdieron la inauguración del tablao tokiense El Flamenco, que abrió sus puertas en 1967 y que hoy ocupa un sexto piso en un moderno edificio del marchoso barrio de Shinjuku. Un papel en la pared resume estas cuatro décadas de arte español: allí, entre biru (cerveza), sopas castellanas y filetes con patatas, han actuado, en estancias de seis meses, Sara Baras, La Yerbabuena, Meme Mengíbar, Raúl, El Toleo, Cristina Hoyos, Manolete, Manolo Soler, El Grilo, Javier Barón, Belén Maya, Pepe Habichuela, Enrique de Melchor, José Mercé…

En 1977, Kojima empezó a montar espectáculos flamencos, y, como Yoko Komatsubara, abrió su estudio y se convirtió en promotor de artistas españoles. "Los dos traíamos gente de España para fomentar la afición y ganar un dinerillo. Mi gira con Merche Esmeralda, Chaquetón, Carmen Linares, Paco Antequera y Luis Habichuela fue un gran triunfo. Yo hacía una soleá que duraba 40 minutos. La soleá es la madre del cordero, ¿que no?".

Hoy, Kojima y Komatsubara siguen enamorados del flamenco. Y su pasión se ha contagiado entre sus paisanos como un virus. Pero ¿por qué fascina tanto a estos refinados payos orientales la jondura y el desgarro? Cuestión antropológica compleja, la clave quizá esté en una mezcla de factores musicales, poéticos, psicológicos y económicos. "Las voces rozadas del flamenco se parecen a las de las canciones tradicionales japonesas", dice Kojima. Vicente Amigo tumba el mito del japonés imperturbable: "Son muy calientes por dentro, lo contrario de lo que se piensa. Ellos esperan hasta el final de la actuación, te escuchan, y se les queda dentro, en el corazón, que es donde tiene que estar".

"Hay una palabra japonesa, yugen, que se puede traducir por duende", añade Komatsubara. "Aunque el yugen es más suave e implica quietud y transparencia", matiza Kojima, "a veces, cuando veo kabuki o teatro No, tengo que decir 'ole'. Me dan escalofríos igual que cuando veía bailar a Farruco o a Manuela Carrasco. Sólo podías decir 'ole".

Eso mismo les debe de pasar a los miles de japoneses que en este momento viven enganchados al tomaquetoma. Cada vez más, Japón se nutre de artistas locales (sobre todo mujeres de entre 20 y 40 años) para satisfacer la creciente demanda flamenca.

Una marea de estudiantes aplicadísimos practica cada día en las academias locales, pero también en los estudios de Madrid (la escuela Amor de Dios se conocía como Amor de Buda en los prósperos años de la burbuja hinchada japonesa), Sevilla o Jerez.

¿Y de dónde sale tanta bailaora de Tokio? El director de cine sevillano Francisco Millán, autor de los documentales Around Flamenco NY y Around Flamenco Tokio, cree que el mayor impacto se produce "entre las oficinistas de 25 a 30 años, que encuentran en el baile una forma de evadirse".

Komatsubara apunta que "muchas chicas trabajan en bancos o con ordenadores, y el flamenco les relaja". Pero para Tetsuya Tanigochi, redactor de Paseo Flamenco, no bailan por evasión o terapia, "¡sino porque les gusta!".

Lo cierto es que las últimas cifras publicadas en su revista por la Asociación Japonesa de Flamenco (Nihon Flamenco Kyokai) dicen que en Japón hay unos 80.000 alumnos flamencos, repartidos en unas 400 academias. "Como hay muchas escuelas privadas sin registrar, el número real debe acercarse a las 650", sostiene Tanigochi.

Sólo en Tokio, Yoko Komatsubara dirige 12 academias en las que sudan el duende 300 alumnas. Y otra reconocida maestra, Michiko, dirige los pasos de 200 aprendices.

Una de ellas es Megu Ogawa. Baila desde los 18 años, ahora tiene 27 y acaba de volver a Tokio después de vivir casi un lustro en Sevilla, donde ha estudiado con Milagros Mengíbar gracias a una beca del Rotary Club. Licenciada en lenguas y culturas extranjeras, Ogawa afirma que el flamenco es "peor que una droga". "Yo iba a ponerme a trabajar y a ganar dinero en una empresa, pero lo dejé todo para irme a España a bailar. El flamenco te cambia la vida totalmente. Algunas amigas mías ya se han casado con artistas españoles. Muchas empiezan para ocupar el tiempo libre, pero luego se emocionan, se enamoran y ya no se pueden quitar".

Kioko, otra maestra de prestigio, alumna de El Güito entre 1979 y 1985, lo sabe bien: enseña en la escuela Triana del barrio de Shinjuku. "¿Que si hay posibilidades de que surja una Carmen Amaya en Tokio? ¡Uf! Las chicas aprenden rapidísimo la técnica, algunas tienen fuerza y elegancia, pero lo importante es escuchar el cante y comunicarse con la guitarra… Y eso…".

Komatsubara, que prepara el estreno de una Lisístrata flamenca con dirección de Miguel Narros ("¡le llevé al No, y no se durmió!"), cree que desde 1986, cuando la Carmen de Gades produjo el segundo boom flamenco en Japón, el nivel ha subido: "¡Pero la carrera de flamenco es muy larga!".

Claro que una cosa es el arte, y otra, la industria. Y la potencia económica del flamenco nipón queda clara en un detalle: los acomodadores del modernísimo teatro Tokio International Forum entregan al público del festival flamenco una carpeta llena de cartelería jonda nunca vista en España: anuncios de academias, actuaciones, discos, DVD, tiendas de trajes y zapatos…

El flamenco autóctono japonés empieza a ser una realidad imparable, según demuestran los continuos estrenos de compañías locales y el éxito que logró en 2004 en el Festival de Jerez el espectáculo Sonezaki, versión flamenca de una obra clásica japonesa que se suele interpretar en el Kabuki o el Bunraku (teatro de marionetas) y que cuenta la historia de un doble suicidio por amor. Al día siguiente del estreno, el Diario de Jerez tituló: "Los japoneses traspasan la frontera del flamenco".

La crítica glosaba el alto nivel del baile de Mayumi Kagita e Hiroki Sato, y el insólito hecho de que el cante fuera en japonés (a cargo de dos chicos, Masanobu Takimoto y Takamitsu Ishizuka, y una cantaora, Keiko Kawashima).

En cuanto a los cantaores, juicios divergentes. Kioko cree que "habrá que esperar a que crezcan los hijos de parejas mixtas para oír buen cante japonés". Pero el guitarrista Gerardo Núñez cuenta que en su escuela de Sanlúcar de Barrameda, en 14 años dando clases de guitarra, cante, baile y percusión, han pasado ya unos 200 alumnos japoneses: "Casi todos de baile, pero los hay también de guitarra y de cante, y es muy interesante porque aprenden muy deprisa y luego estudian muchísimo. Algunos guitarristas ya componen, y hay cantaores capaces de templarse por soleá y por bulerías muy a tiempo, aunque les cueste decir Barrameda. ¡Todos dicen 'Sanlúcar de Valderrama!".

Yenes, saunas y "bulerías, por 'babor"

"¡Qué bonito Japón, y qué bonitos los yenes!". Así resumió la genial y difunta Paquera de Jerez su primer y único viaje al país del sol naciente en 2002, una visita muy pertinente (La Paquera fue pescadera antes que cantaora, y ya se sabe lo que es en Japón el pescado), que fue refrendada por la emoción del primer ministro nipón en el camerino del teatro: "Vino llorando a darme las gracias, el hombre".

Casi un siglo de relaciones bilaterales entre japoneses y flamencos da para mucho. Tokio es ya uno de los escenarios favoritos del anecdotario de los cientos de flamencos que han trabajado y disfrutado de la exquisita y muy sentida recepción de la afición local. La distancia física, idiomática, gastronómica y cultural, que se resume bien en las diferencias que separan a los sanitarios locales (marca Toto) de los hispanos Roca, con amplia ventaja (la verdad sea dicha) a favor de Toto en cuanto a ecología y tecnología (el trono japonés lleva un bidé electrónico incorporado, lo que no sólo ofrece relax y frescor, sino que además ahorra papel), ha sido una fuente inagotable de anécdotas y aventuras más o menos surrealistas que los flamencos, con su humor atento y astuto, han rentabilizado mucho en las tertulias.

Hará ahora cuatro años, le sucedió esto al gran Chano Lobato en el tablao tokiense El Flamenco: "Terminé de cantar y se me vino una niña muy graciosa, una bailaora. Me dijo que le había gustado mucho, 'sobre todo lo de los calamares, 'qué bonito'. 'Mira hija', le dije yo, 'no es calamares, sino caracoles: caracoooles, caracoooles; el cante de Chacón'. Y ella: 'Nooo, maestro, digo ese remate por alegrías: te voy a querer, te voy a querer, más calamare que te parió'. ¡Qué arte!".

El propio Chano suele recordar que cuando vino la primera vez a Tokio con la compañía de Antonio el Bailarín, caminaba siempre con El Gallina por la misma calle arriba y abajo para no perderse, y que luego comían "algo que parecía lechuga". Eran algas.

El guitarrista Paco Jarana recuerda su primer ensayo en Tokio con una bailaora local. "Salía y me decía: 'Toque por tarantas, por babor'. Luego se cambiaba de ropa y decía: 'Bulerías, por babor'. Y después: 'Siguiriyas, por babor'. Cuando le había tocado toda la antología, me dice: 'Algo se muere en el alma, por babor'. ¡Yo lloraba!".

Los yenes han sido siempre bote salvavidas para flamencos caninos, pero La Susi fue a cantar contratada por Yoko Komatsubara y el día que cobró se olvidó el dinero en un taxi. Para que se le pasara el susto, Yoko la llevó a una sauna. Allí la encontró bañada en lágrimas Eva Yerbabuena ("salíamos de trabajar de El Flamenco muy tarde los miércoles y siempre nos íbamos a la sauna hasta que amanecía"). Poco después, Yoko trajo la noticia (insólita quizá en el resto del mundo, pero no en Japón) y el dinero: el taxista lo había devuelto íntegro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de junio de 2005

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