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Tribuna:EL FUTURO DEL PAÍS VASCO

La paz no puede esperar

Los autores consideran que si desde el Gobierno de Zapatero se han albergado expectativas de paz es porque existe voluntad política de alimentar este proceso que, dicen,Los autores consideran que si desde el Gobierno de Zapatero se han albergado expectativas de paz es porque existe voluntad política de alimentar este proceso que, dicen, "sabemos lleno de riesgos y trampas"

"Hay un tiempo para quebrar, y un tiempo para unir, un tiempo para reflexionar, y un tiempo para hablar. Hay un tiempo para amar, y un tiempo para odiar, un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz".

El que fuera primer ministro de Israel, el laborista Isaac Rabin, presentó con esta cita del Eclesiastés el acuerdo de paz con los palestinos. Lo hacía delante de Arafat y Clinton después de años de odios históricos, de mucha sangre derramada, de mucho sufrimiento acumulado durante varias generaciones que no han conocido la paz, de enormes incomprensiones. Aquel proceso -iniciado años antes en las conversaciones secretas de Oslo- se rompió fruto de los extremismos y de la intransigencia, tan enquistados en el polvorín de Oriente Medio.

Otegi está llamado a jugar un papel como interlocutor de la izquierda 'abertzale' en un escenario de diálogo

Resulta desalentador ver a la derecha empecinándose en la utilización partidista de las víctimas

A Rabin lo asesinó un fanático ultraortodoxo y hoy, paradójicamente, la derecha israelí se ve obligada, también, a buscar una difícil salida negociada a pesar de que durante tantos años torpedeó la apuesta de los laboristas. Ya sabemos que en Euskadi vivimos una situación bien diferente, pero a veces conviene fijarnos en otros procesos para adquirir cierta perspectiva y aprender de los errores.

Son ya demasiados años de terrorismo de ETA, y nos gustaría creer que podemos alumbrar una luz de esperanza, todavía tímida, para lograr poner punto final a tanto dolor, sufrimiento e incertidumbre. Ha habido gestos novedosos, sin duda insuficientes, sobre todo porque ETA con sus recientes atentados no da muestras de querer abrir una vía de renuncia definitiva al uso de la violencia. Los últimos atentados contra empresas guipuzcoanas y el coche bomba en Madrid, resultan frustrantes y exigen prudencia, aunque llevemos dos años sin asesinatos.

Consideramos, no obstante, que de cara a promover contactos y conversaciones directas con ETA, en línea con lo aprobado por la mayoría de los grupos parlamentarios, resultarán imprescindibles pasos sucesivos y concluyentes para crear las condiciones que lleven a la definitiva desaparición de ETA. Tratando, además, de evitar su fragmentación.

En este proceso, las asociaciones de víctimas del terrorismo tendrían que jugar un papel importante. Sin olvidar, en un nivel diferente, el papel que debiera desempeñar el colectivo de familiares de presos de ETA a favor de un proceso de pacificación. En todo caso, parece evidente que el complejo y, previsiblemente, contradictorio camino de la distensión exigirá compromisos ineludibles de "cierta fuerza política y sindical" a favor de la no violencia y del diálogo democrático sin exclusiones.

Queremos creer que si desde el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se han albergado expectativas de paz, es porque existe voluntad política de alimentar este proceso que sabemos lleno de riesgos y trampas. En tal caso, todo indica que si se avanzara en la vía del cese definitivo de la violencia y en un escenario de diálogo con la izquierda abertzale, Arnaldo Otegi está llamado a jugar un papel como interlocutor de ese mundo. Su reciente encarcelamiento, apenas una semana después de perder la condición de aforado, así como los sucesivos atentados de ETA pretendiendo exhibir una supuesta fortaleza, resultan desde muchos puntos de vista desconcertantes porque no invitan precisamente a generar un clima de mutua confianza.

Pese a todo, nos tenemos que volcar en el intento para dibujar una oportunidad en el horizonte que no se debería desaprovechar. Y lo decimos conscientes de los retos, pero convencidos de que ni la dignidad democrática, ni el pago de precio político alguno, deben estar en juego. Al fin y al cabo la búsqueda de soluciones al llamado problema vasco ha estado jalonado de ensayos que van desde la política de dispersión de presos hasta dinámicas de negociación, pasando por procesos de ilegalización y llamadas al aislamiento social del mundo de Batasuna. Parece que estas iniciativas no han dado como resultado la desaparición del mundo de la izquierda abertzale ni el final de ETA.

El presidente Rodríguez Zapatero ha planteado a la sociedad española, con serenidad, su disposición a explorar las vías para lograr la paz y fortalecer aún más el Estado de derecho para contribuir a que desaparezca el terrorismo. Nosotros valoramos su coherencia y determinación y apreciamos su compromiso con la ciudadanía vasca, porque sabemos que el presidente se arriesga con la iniciativa.

Resulta desalentador ver a la derecha empecinándose en el catastrofismo y en la utilización partidista de las víctimas, convirtiendo algo tan trascendental como la estrategia antiterrorista en un arma para intentar desgastar al PSOE y socavar el crédito social de Zapatero. Con su discurso aznarista ha retrocedido incluso a la situación anterior al Pacto de Ajuria Enea. El Partido Popular sufre como nosotros la presión de la intimidación pero no puede convertirse en un freno para alumbrar con las garantías necesarias un futuro de esperanza en clave de convivencia en paz y libertad.

Necesitamos un partido conservador de corte europeo y no un PP contagiado por el discurso de la Cope. La lucha contra el terrorismo no puede convertirse en su gran coartada para agredir a la izquierda y tratar de ese modo de recuperar el poder, olvidándose que la búsqueda de un final dialogado a la violencia de ETA, ha sido una constante histórica de la democracia española desde el inicio de la transición. Pero ahora, en esta nueva coyuntura internacional, plenamente conscientes de las dificultades existentes, de que ETA sigue activa, de la complejidad y posible extensión en el tiempo del proceso de paz, de algún desgarre interno en el PSOE, de la posible vuelta de fantasmas desde las alcantarillas, no deberíamos fallar en el intento. No podemos permitirnos el lujo de errar en la gestión e impulso del proceso de pacificación.

Nos hablan de "traición a los muertos" quienes parece que prefieren que los ciudadanos amenazados sigan siendo -sigamos siendo- escudos humanos eternamente. Como si la apuesta para que no haya más víctimas, más familias destrozadas, no fuera el mayor objetivo, el más noble. Como si no hubiéramos pagado ya un altísimo precio de vidas y de ausencia de libertad.

En cualquier caso, las posiciones de la derecha evidencian que estamos obligados a hacer mucha pedagogía democrática para explicar que la búsqueda de un nuevo consenso político más integrador, abierto, sin coacciones y sin exclusiones, no es pagar ningún peaje al terrorismo. Es simplemente gestionar el pluralismo y las diferencias consustanciales a una sociedad compleja, madura y democrática. Es reconocer la pluralidad, entendiendo que los marcos legales son instrumentos para la convivencia y no fines dogmáticos esencialistas, y que la política está para resolver las contradicciones y los conflictos de las sociedades democráticas, no para inmolarse en la hoguera de los fundamentalistas ni de los inquisidores. Esa pluralidad que han retratado las elecciones vascas, con un PSE-EE fortalecido como la opción de cambio y regeneración política y moral desde la izquierda vasquista, debería conducirnos a la búsqueda de esas nuevas reglas de juego frente al sectarismo y la arrogancia del nacionalismo vasco y del nacionalismo español.

Zapatero se ha comprometido a trabajar hasta el final por erradicar la violencia, y los socialistas vascos hemos de estar en posición de vanguardia. Y le pedimos que no se desanime, ni cambie de intenciones. Vivimos un tiempo en el que hay que buscar la paz, sin excusas, superando posiciones partidistas. Ello exige fortalecer el Estado de derecho, la defensa escrupulosa de los derechos humanos y compatibilizar nuestro mayor respeto y homenaje a la memoria de las víctimas del terrorismo que quedaron en el camino, con la rebelión democrática que debemos encabezar contra la cobarde tentación de resignarnos.

Tres generaciones de vascos merecen ver una Euskadi en paz y esto ha de formar parte de nuestra inquietud más perentoria. Seguir esperando eternamente algo así como un milagro, una pura y simple rendición sin tomar iniciativas, sería una traición a los muertos y a los vivos.

Por eso coincidimos plenamente con la escritora donostiarra Teresa Calo cuando dice con acierto plástico que "la vida nos coloca a menudo en la misma postura incómoda de una cita tardona. Estas ahí, mirando el tablero sobre el que se ha movido concienzudamente la ficha y nadie mueve al otro lado. El mundo se para. El teléfono no suena. El buzón engorda con propaganda. La sospecha de un plantón de vida comienza a estrujar tu estómago. Esperar no es una actividad. Es un coma, un agujero negro en la existencia".

Odón Elorza, Gemma Zabaleta y Denis Itxaso son militantes del PSE-EE

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 31 de mayo de 2005