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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

La gran novela de la Guerra Civil

Se reedita en español, después de casi 30 años, Incierta gloria, la torrencial obra en la que Joan Sales retrató la brutalidad del frente y la crudeza de la retaguardia y de la posguerra española.

Dicen los entendidos que quizá se trate de la mayor novela española de la Guerra Civil y que posee la amplitud de visión de la narración clásica y el oblicuo refinamiento de la narrativa europea posterior a Conrad y James. Como otras novelas del siglo XX, Incierta gloria consiste en una gran pregunta. Interroga dos conflictos a la vez, la revolución de la retaguardia y el choque convencional del frente. Por un lado, la colisión entre comunismo y anarquismo. Por el otro, artes militares de distintas épocas y todas a la vez: cargas de caballería, líneas de trincheras, el terrible y novedoso experimento de los tanques de asalto nacionales y los bombardeos nazis y fascistas de poblaciones civiles. Sales capta esa complejidad y no la reduce a mero decorado; la convierte en inseparable experiencia individual y colectiva.

INCIERTA GLORIA

Joan Sales

Traducción de Carlos Pujol

Planeta. Barcelona, 2005

696 páginas. 26 euros

De ahí la atención obsesiva a la cotidianidad de la ficción en la Historia. De ahí que sea tan importante el desarrollo interior de los tiempos muertos de la guerra: por ejemplo, el juego erotizado entre uno de los protagonistas y una mujer poderosa y equívoca que sostiene las casi doscientas y deslumbrantes páginas de la primera parte, cuando el personaje llega a su destino en el Bajo Aragón. Y también la morosidad de la posguerra: la última sección, 'El viento de la noche', transcurre en una Barcelona cuya sordidez sólo es parangonable a la de la impresionante obertura de Si te dicen que caí de Juan Marsé.

Ha habido grandes novelas de guerra, como la trilogía de Evelyn Waugh, Hombres en armas, que se construyen sobre esos tiempos muertos. Sales combina esa estrategia con la aceleración de la acción para provocar las sensaciones más directas y brutales de lo militar: podría incluso aventurarse que unas pocas páginas fulgurantes -de la 476 a la 493- son el eje de la obra. Allí se cuenta "la desbandada": la retirada del ejército republicano por los mismos territorios que con todo detalle se han descrito antes adquieren ahora, en ese tramo escueto, un tono de pesadilla sistemática. El efecto es deliberado: Sales vuelve conscientemente confusos los lugares, los tiempos, la noche y el día: "Aunque la aviación nos perseguía, hacía ya muchos días que habíamos perdido todo contacto con el enemigo de tierra lo mismo que con los nuestros, de modo que, de no ser por aquel perpetuo zumbido de junkers y de cazas, hubiéramos podido creernos los únicos supervivientes de todo el universo".

Es la pesadilla de la Historia que lo atraviesa todo. Dos órdenes sociales contrapuestos, ambos a la vez fracturados en disputas sangrientas, en una zona común alternativamente conocida e irreconocible. No se trata de una provincia irredenta, o de una franja disputada por dos potencias, sino el mismo suelo para ambos contendientes. Pero fracasará quien lea esta novela buscando adherir a la fórmula tan fácil como falsa: "Los dos lados eran iguales". Incierta gloria no concede esa gracia amoral: aquí los dos lados no son iguales, independientemente de que muertes, bajezas y traiciones se registrasen en los dos.

Para que semejante asimetría no se pierda se necesita una composición peculiar: esta novela es una suerte de tiovivo que gira para ser contemplado desde el punto fijo del lector. Las imágenes y las voces se atrapan en el momento en que una sustituye a otra sin respiro. Cada uno de esos instantes posee el alcance suficiente para plasmar al personaje en su situación, como exigía la época: Sales es deudor del existencialismo (aquí, en su vertiente católica) que era la atmósfera de esos años. A tal construcción obedece la periódica sucesión de las tres voces (Luis, Trini y Cruells) que cuentan, en cartas, en relatos delegados, lo que sucede entre Barcelona y el frente de Aragón desde diciembre de 1936 hasta la primavera de 1938, cuando el ejército republicano empieza la retirada.

Pero el tiovivo no posee sólo las figuras que giran y el lector que contempla, sino que en el centro hay una columna que sostiene firmemente la estructura y permite el movimiento. Esa columna es el cuarto personaje, de quien todos hablan y cuyas palabras y hechos reproducen. Se accede sólo de manera indirecta a Julio Solerás, un maniaco inestable y fervoroso, uno de esos diablillos o santos menores de la estirpe de Dostoievski. Solerás es un lector apasionado -la vida del frente, entre piojos, pulgas y mugre, es también la vida de sus lecturas-, un atento observador de las corrientes filosóficas de la Europa de los años treinta y, por último, un ángel vengador que traiciona y después se arrepiente.

Esta composición facetada -en voces y cartas- explica el dinamismo torrencial del relato y la naturalidad aplastante con que la novela desnuda convicciones religiosas, abiertas repulsas respecto del comunismo y del anarquismo, y, por fin, el uso desenfadado de sus modelos: Dostoievski, George Bernanos, Graham Greene y otros escritores católicos de mediados del siglo XX. No obstante, hay algo más que explica el carácter sobresaliente de Incierta gloria. A pesar del énfasis religioso, ideológico y hasta programático de muchos pasajes, éstos nunca aplastan la experiencia concreta, sino que la vuelven aún más ardua de definir. Esa concreción es la ley del arte y, por eso mismo, la lección de los maestros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de mayo de 2005

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