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Reportaje:30 AÑOS DEL FIN DE LA GUERRA DE VIETNAM

Los últimos días de Saigón

El periodista narra el miedo de la población y su desesperada lucha por escapar de la ciudad antes de la llegada del 'vietcong'

Saigón era, cuando volví en febrero de 1975, el mismo polvillo rojizo de siempre, los mismos restos del Playboy en las aceras del bulevar Le Loi, los mismos discos rayados de Sinatra, de Streisand, el Sentado en el muelle de la bahía, de Otis Redding, las camisas de satén en venta, los elefantes verdes de cerámica, las chapas de identificación, las maletas negras desplegables. También era los mismos sonidos de la artillería por la parte del río; las oleadas de motocicletas Honda; los soldados sudistas parapetados tras los sacos terreros y armados con sus fusiles M-16; las túnicas color azafrán de los budistas y el Puente sobre aguas turbulentas, de Paul Simon. Olía a mala gasolina, a queroseno de avión, a sopa wong-ton de los restaurantes chinos, a agua fétida de los kongs (canales). Olía a ajo en el aliento de las chicas vestidas con sus túnicas blancas, los airosos ao dais.

Dos generales fueron hospitalizados por 'alteraciones nerviosas'; así llamaban al miedo

"Os dimos todo lo necesario para luchar, salvo los cojones", se lamentaba la CIA

Saigón, los mismos olores, los mismos colores y los mismos dolores. Los niños gritaban todavía "hey, Salim" para pedir un cigarrillo mentolado. Se escuchaba el "Eh, you, number one!". Eras, como antes, el número uno. Pero algo había cambiado en el paisaje urbano: ya no se veían norteamericanos ni se escuchaban sus comunicaciones por radio con voces gangosas en las noches de toque de queda. La ciudad estaba más destartalada, empobrecida, con las ratas del mercado más lustrosas que nunca. La música de jazz había cesado en el ático del Rex, donde los oficiales jugaban en las máquinas tragaperras. Los bares del centro estaban semivacíos, y las putas, miles de putas a las que se les había amontonado el trabajo durante 12 años, maldecían los acuerdos de París porque el acuerdo entre Vietnam del Norte y EE UU (entre Le Duc To y Kissinger, premiados con el Nobel de la Paz) había puesto fin a la guerra más larga del siglo.

El sur, presidido por el general Nguyen Van Thieu, vacilante, católico ayudado por los astrólogos,que siempre prefirió los generales leales a los competentes, que sembró de corrupción todo lo que le rodeaba, se quedó solo. Sólo con un millón de hombres que no cobraban su soldada y que terminaron por negarse a combatir. Por fin, los severos hijos de Ho Chi Minh marchaban hacia el sur, hacia Sodoma a paso de carga.

Las carreteras que conducían a la capital estaban atestadas de refugiados. Apenas pudo mi taxi abrirse paso por la carretera hacia la frontera camboyana. Dos generales encargados de la defensa de Saigón fueron hospitalizados por alteraciones nerviosas; así llamaban ahora al miedo.

En el hotel Continental, el Conti, el escenario de El americano impasible, de Graham Greene, monsieur Loi no tenía una habitación para mí. Esta vez estaba completo. "Le invito a desayunar", me dijo con gesto de resignación. Los viejos camareros con el HC grabado en el bolsillo superior espantaban moscas en la terraza donde en 1966 elegimos al corresponsal más elegante, un reportero de la CBS. Las sillas de mimbre habían amarilleado y una legión de travestidos, espías y chulos, putas, pordioseros, limpiabotas, cambistas, tullidos y ex combatientes con sus botes de coca-cola que pedían unas piastras para comer, cantaban a coro el último acto de la tragedia de aquella ciudad por la que nadie daba un céntimo. Era el final que se merecía.

Alquilé un taxi para dirigirme hacia Tay Ninh, la zona fronteriza con Camboya. A pesar de todo, Saigón seguía alejada de los cohetes de los nordistas, Tu Duc se puso al volante de un Chrysler de los años cincuenta. Los carros de combate del general Thieu aparecían apostados en los arrozales a pocos kilómetros de la capital o entre los bosques de heveas. Los accesos a Saigón, me decía el chófer Tu Duc, estaban minados. "¿Cree que el vietcong [los comunistas vietnamitas] me castigará por haber servido a los my [norteamericanos]?", preguntó en un alto en el camino. El temor al baño de sangre era generalizado. El miedo a la degollina, una idea propagada por el embajador de Estados Unidos, Graham Martin, insomne y enfermo de enfisema, un duro, lo hallaba en todas partes.

No cesaba el flujo de bicicletas,coches y camiones, motos, carretas de bueyes. En mi último viaje, la ciudad contaba dos millones de habitantes. Ahora eran cuatro o cinco, quién sabe. Los refugiados vivían en las chabolas fabricadas con desechos de los amerloques,los americanos. Se levantaron bidonvilles, ciudades satélite con las cajas de raciones o latas de cerveza. Vestían con las guerreras abandonadas por los soldados de EE UU. Sólo había cambiado el color de los cadáveres.

Después de dejar atrás la base de Bien Hoa, recibí con alivio el verde tierno de los arrozales: los primeros soldados de infantería estaban allí, tumbados en sus hamacas, indolentes, con los M16 en el suelo; algunos soldados hacían autoestop para llegar antes del toque de retreta. Otros tiraban a las acequias los uniformes y desertaban. Los padres de los estudiantes que pagaban al jefe de la caja de reclutas se libraban de ir a filas. Los hijos de Thieu estudiaban en Europa.

¿Habría batalla por Saigón? El agregado militar de una Embajada europea lo veía así: "Va a ser un blitzkrieg, una guerra relámpago, un paseo militar, ya lo está siendo. No hay obstáculos de terreno, no hay defensas naturales, pero sobre todo no hay moral para resistir". Cerca de Tay Ninh, los campesinos plantaban arroz y miraban al cielo, para detectar las primeras señales del monzón de mayo. El coronel jefe de la región militar me recibió en su despacho entre taconazos de sus ayudantes: "El Arvin [Ejército de la República de Vietnam del Sur] está preparado. Habrá comprobado que nuestras líneas de defensa son inexpugnables, una línea Sigfrido, una línea Maginot". Tan inútiles como la Maginot. Quería demostrarme que había pasado por la Academia. El coronel negociaba en secreto su salida hacia Estados Unidos o hacia Hong Kong. En Tay Ninh, casi desierta, en un bar, un vietnamita elegante con traje oscuro y alfiler de oro en la corbata de Hermes y sombrero me contó sus cuitas: "Soy dueño de un restaurante en Bayona [Francia] y vengo a rescatar a mi hijo de esto.Me va a costar caro, pero le voy a sacar. Aquí todo se compra y se vende. Sólo mueren los pobres".

En el Edén de Saigón, mientras, esperaban a los bo dois del norte, la sala se llenaba para ver MCQ, de John Wayne. "Si busca el sentimiento o la aventura, decía el horóscopo, se verá usted decepcionado; no estará mal que explore sitios nuevos. Utilice nuevas relaciones. Los viejos amigos no le sirven". Los más asustadizos creían escuchar los gritos de los norvietnamitas a la puertas de la que fue perla del Extremo Oriente. "¡Thang loi! ¡Thang loi! (¡Victoria! ¡Victoria!). La capital está cercada por el humo. En febrero empezó el año del gato, el gato que se zamparía a Thieu, cuyo signo era Thy, el ratón. Anuncio en el Saigón Post subvencionado por la CIA: "Señorita decente de restaurante de la calle Tu Do quiere compartir negocio con extranjero honrado y casarse si es posible". Casarse era la única vía de escape segura de la ciudad.

La cotización de la piastra estaba por los suelos, 3.500 por dólar.En la terraza del Conti, un mutilado me mostraba su certificado: "Batalla de Quang Tri en 1972. Una mina estalla a mis pies, me quedo sin ellos. Afectuosamente,Tran Noah Minh". Hasta la hora del toque de queda, las nueve de la noche, la ciudad regurgitaba sus mendigos, sus busconas, sus proxenetas. Frente a la Asamblea Nacional, el palacio rococó de la ópera, el último borracho orinaba sobre el horrible monumento al soldado del sur. Mi hotel, el Palace, que le había ganado la partida al Caravelle y al Majestic, el de Luis Calvo y Oriana Fallaci en otros tiempos, rivalizaba ahora por el título de Balcón de la Guerra. Desde el último piso, un maître de cara de luna y ademanes lentos, que había sido discípulo en las clases de historia del general Giap, se debatía en sus problemas: "Como todas la noches langosta thermidor de Vung Tau. ¿Mahonesa o vinagreta? Para beber, ¿un Riesling del 68, afrutado, con un gran bouquet?". Unas 220 pesetas vale la cuenta. Las chicas del hotel bajaban de la piscina superior con sus biquinis ajustados y sus toallas del Pato Donald. Tras la ofensiva norvietnamita sobre Ban Me Tuot, por donde el emperador Bao Dai, enamorado de la escritora española Mercedes Salisachs, cazaba el tigre, el castillo de naipes del presidente Thieu se vino abajo. Fue el pánico, la estampida. Soldados y civiles echaron a correr como a la salida de una discoteca en llamas. Miles de manos ansiosas se agarraban a los helicópteros. Madres suplicantes entregaban al ametrallador de puerta a su hijo recién nacido. "Al menos sálvele a él". Un jesuita español, el padre De Diego, acaba de llegar de Dalat con 190 seminaristas cargados de libros. El camarero del Givral, el café Gijón de la capital, me pregunta si prefiero Vichy o Vitel de importación. Al pasar por el cercano restaurante vasco Aterbea, el maître, vestido de pelotari, me advierte: "Van a cortar de un momento a otro la carretera del litoral; todavía quedan fruits de mer [marisco], aproveche".

En la catedral católica, en la plaza que lleva el nombre de quien empezó la escalada de esta guerra, el presidente de EE UU John F. Kennedy, los altares están repletos de velas. Se han acabado los cirios en las tiendas y los tranquilizantes en las farmacias. Un viejo amigo francés, Ortoli, me dice mientras tomamos un pastís en su casa de Tu Do que los comunistas han dado seguridades a los franceses. "No se vayan, no vendan el ganado, aquí no pasa nada. Todo lo que hemos conseguido es retrasar esto 30 años", dijo resignado.

El general Minh, apodado El Gordo, el que derribó al dictador Diem, malquisto de los norteamericanos, esperaba esta oportunidad. "Os dimos todo lo necesario para luchar, salvo los cojones", se lamentaba un agente de la CIA. El presidente Thieu anunció su dimisión y se fue cargado de maletas de oro y dólares. "Habéis sido cobardes, crueles e inhumanos", acusó a los estadounidenses. Un médico español, el toledano Ortiz Villajos, que residía en Vietnam desde hacía años, profesor de Hematología en la universidad local, se negó a tomar plaza en el último helicóptero. "No se preocupen por mí. No puedo abandonar a mis enfermos".

Los buques de la VII Flota esperaban fondeados en la costa, el Okinawa, el Enterprise, el Coral Sea, el Midway, el Hancock. La evacuación estaba en marcha. "Toma nota", me dijo Ennio Careto, hoy en el Corriere, entonces enviado especial de La Stampa, tenemos la clave para la evacuación, atento a la señal. En la Radio de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos sonará la canción de Bing Crosby (Sueño con unas navidades blancas) precedida del boletín meteorológico: "105 grados Fahrenheit y la temperatura en alza. Nos dan tres horas para llegar a los helicópteros". Los periodistas japoneses del hotel nos esperaban ansiosos. Un pequeño problema filarmónico. No se sabían ni la letra ni la música de la canción de Bing Crosby. Se quedaron 127 periodistas, pero tampoco pudieron transmitir cortadas las comunicaciones. No hubo navidades blancas porque aquello fue el caos. Ya habían despegado, en medio de la confusión, los helicópteros Jolly Green Giants de la azotea de un bloque de apartamentos del centro de la ciudad, el símbolo de la derrota con el embajador Martín, que llevaba la bandera de las barras y estrellas plegada bajo el brazo. Los que no pudieron partir lloraban de rabia.

Las calles adyacentes se cubrieron de hollín. A toda prisa la CIA había procedido a quemar archivos enteros, pero olvidaron borrar información confidencial de la memoria de los ordenadores. Algunos funcionarios norteamericanos lloraron por los vietnamitas, sus amigos y aliados abandonados al pie de los helicópteros. Otros, junto al gigantesco tamarindo, al borde la piscina lo celebraban con champaña francés. Cantaban: "Volvemos a casa en los pájaros de la libertad. Dududuba. No volvemos a casa envueltos en sacos de plástico. Dududada, dududada".

Entraron sin resistencia los blindados del norte que rodaron sobre unas calles desiertas hacia el palacio presidencial de Saigón. Derribaron la cancela. Entró el coronel Bui Tin, del servicio de prensa norvietnamita. Le esperaba el general Minh, El Gordo:

-Le entrego el poder -dijo al comunista.

-Aquí no hay transferencia de poder. Su poder no existe. No puede entregarme algo que usted no posee -respondió.

El general Minh volvió a su jardín para cuidar de sus orquídeas y Saigón pasó a llamarse Ciudad Ho Chi Minh.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de mayo de 2005