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CARTAS AL DIRECTOR

Filosofía y democracia

Becario doctoral de Investigación de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona

Hace algunos años, un filósofo norteamericano llamado Richard Rorty afirmó que la filosofía debía estar sometida a la democracia. Palabras que causaron gran revuelo, pues vender el pensamiento, aunque sea a la causa más justa imaginable, es una acción miserable. Mi estupefacción actual es debida al anteproyecto de ley educativa propuesta por el Gobierno. Un Gobierno que no deja de llamar al pensamiento y a la crítica mientras, subterráneamente, aniquila la asignatura de filosofía. Relegándola al silencio académico, no sólo se impide la incorporación laboral de muchos profesionales que tenían el ámbito educativo como única alternativa a la indigencia vital, sino que ayuda a privilegiar la cultura como mero espectáculo de lo mismo. Uno creía que la cultura iba a contar con nuevos privilegios, que seríamos europeos -viejos y escépticos, pero europeos- más allá del imperio de lo económico y lo social. Esto no es propio del Gobierno ilustrado que creíamos tener, sino de una máquina de consenso que funciona, como decía Rorty, a costa del pensamiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de abril de 2005