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COLUMNA

El amigo definitivo

John Welles era un tipo que parecía sacado de la literatura norteamericana de la década de 1930. Había servido como marine y fuera de este oficio involuntario había sobrevivido durante 66 años sin ninguna profesión concreta. Tenía una pequeña huerta y cuando la necesidad apremiaba hacía esporádicos trabajos a cambio de comida. Era simpático, algo extravagante, y se aferraba a su libertad según un persistente prototipo americano ahora completamente en declive. Todo eso lo hacía muy popular entre sus conciudadanos de Cornwall, Connecticut, según las noticias aparecidas sobre el caso Welles.

John Welles no habría dado lugar al caso Welles si no hubiera sucedido lo que viene a continuación. A John, que no acudía casi nunca al médico, le diagnosticaron un día un cáncer terminal, frente al cual decidió vivir, sin terapias, las pocas semanas que le quedaban. Quería continuar con su libertad. Cuando empeoró, sus amigos -muchos, al parecer- empezaron a cuidarlo por turnos. Uno de esos turnos le correspondió a uno de sus íntimos, Huntington Williams, quien le dio consejos respecto a un tema delicado: el suicidio.

Nadie entiende que Williams haya sido acusado de homicidio por ayudar a Welles en su suicidio. Pero la ley ya se ha puesto en marcha

De acuerdo con las informaciones, John Welles hablaba en el pueblo desde siempre con una gran naturalidad acerca del suicidio. En su nueva situación, la perspectiva de causarse la muerte dejaba de ser abstracta y ocupaba el centro del horizonte. Se animó a afrontarla. Su amigo Huntington Williams, técnico sanitario, tenía conocimientos médicos y Welles le pidió consejo. Ya no albergaba esperanza alguna; sobre todo le horrorizaba la idea de la inminente decadencia corporal. Williams le ilustró sobre la trayectoria más efectiva de la bala. Si hemos de creer las versiones de los vecinos consultados, John Welles, que le hizo caso respecto al itinerario de la bala, era su mejor amigo. La opinión es unánime: eran inseparables, se querían mucho.

¿Por qué, pues, el caso Welles? ¿Por qué una hermosa historia de amistad se ha convertido en una sucia historia de crimen? En Cornwall, el pueblo de ambos, nadie lo entiende. Nadie entiende que Huntington Williams haya sido acusado de homicidio por ayudar a John Welles en su suicidio. Pero la maquinaria de la ley ya se ha puesto en marcha y ahora ninguna voz se atreve a pronunciarse sobre cuándo se detendrá. La inocencia de Williams es tan obvia para todos los que lo conocen que los habitantes de Cornwall, poco más de un millar, han conseguido que el caso Welles llegue a los grandes periódicos. Algún senador ya ha estudiado el modo en que Williams, de 74 años, pueda librarse de la cárcel si es hallado culpable. Sin embargo, la ley es la ley y una maraña de leguleyos se ha lanzado vorazmente sobre la presa. Paralelamente, como es de adivinar, la prensa sensacionalista quiere disputarse los despojos. Puede que, tras procesos, apelaciones y nuevos procesos, Huntington Williams sea absuelto, si todavía vive para entonces. La hermosa historia, no obstante, ya no dejará de ser una sucia historia sometida a la sospecha.

¿Pero hay algo, hoy día, que no esté sometido a la sospecha? Cornwall, el pueblo de Welles y Williams, está muy alejado pero también muy cerca. Vivimos en una sociedad cada vez más sometida que protegida por la ley. O por lo que llamamos la ley: la intromisión de lo público en la esfera privada, la creación de una telaraña jurídica que atrapa al ciudadano, reducido a mosca lista para ser engullida. Hay una horda de profesionales dedicados a la tarea.

Con todo, lo peor es la atmósfera moral que respira una sociedad hipnotizada por la sospecha. En ella se alternan, necesitándose mutuamente, la maledicencia y la delación, la acusación y la revancha. Y así crece el nuevo puritanismo de nuestra época, para el que, a excepción del dinero, todo es materia prima de sospecha. La vida es sospechosa y la muerte también.

En el caso Welles, la invasión puritana de la privacidad, bajo la excusa de que la "ley es la ley", destruye simultáneamente una gracia y un derecho. La gracia es la lealtad del amigo; el derecho, el suicidio. Con relación a este último, creo que debiera incluirse como el primer derecho en cualquier declaración universal de los derechos del hombre. Sin ese amor propio supremo que es la capacidad de elegir la hora, si ello es posible, no veo cómo es concebible el amor a los demás, y no digamos el amor a la vida que tanto gusta proclamar a los puritanos.

Me temo, sin embargo, que lo más incomprensible para los portavoces de la acusación -de cualquier acusación- es que un hombre lleve la lealtad hasta el límite de acompañar a su amigo en el ejercicio de su derecho fundamental. A los acusadores y maldicientes la muerte de Welles les importa muy poco, lo que decididamente no soportan es la fidelidad de Williams.

Afortunadamente, hay otras visiones. Recuerdo los emocionantes "pactos de honor" entre amigos de las crónicas romanas. Ahora serían delitos por suicidio asistido. También sería un suicidio asistido el protagonizado por Sócrates y sus discípulos. Pero quienes nos conmovemos con la lectura de la Apología de Platón podemos intuir cuándo las sucias historias son, en realidad, hermosas historias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de abril de 2005