Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

¿La ONU irrecuperable? / 2

La aceleración incontrolada de la circulación financiera internacional, en especial en todos los procesos ligados a la globalización, ha sido la responsable de las crisis económicas de las dos últimas décadas, que sin embargo no han logrado desestabilizar de manera profunda y permanente el orden económico mundial. Al contrario, el capitalismo financiero global disfruta, a pesar de sus sobresaltos, de un nivel de permanencia que elimina cualquier hipótesis alternativa total. El dinamismo del comercio exterior, la cada vez mayor interacción de los mercados, la poderosa estructura que forman las organizaciones económicas internacionales -Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, OMC, etcétera- eficazmente coordinada entre sí y sobre todo el dinamismo de esos grandes actores económicos globales que son las multinacionales y de las distancias que sirven de plataforma de encuentro y concertación a las economías de los grandes países -G-7 / G-8, G-20, etcétera- dotan a la economía del planeta de pautas muy aceptables de funcionamiento, en una fase de la historia del mundo sometida a un cambio intenso y múltiple. Todo ello, obviamente desde la opción hoy dominante de un capitalismo financiero oligopólico, que encuentra en el beneficio y la acumulación la única razón común de estar juntos. En consecuencia, el sistema económico mundial, a pesar de sus fallos y disfunciones, permite al capitalismo sucederse a sí mismo.

No ocurre lo mismo en el ámbito político, donde la comunidad internacional, sometida a innumerables tensiones y conflictos, no consigue asentarse en unos supuestos claros, ni proveerse de una estructura realmente operativa, así como tampoco adoptar un plan de acción global y significativo. Comenzando por la falta de consenso sobre la clase de sujeto histórico de que se trata. Pues, ¿qué es lo que, no en los manuales sino en la realidad, es la comunidad internacional? Hasta ahora no hemos logrado ponernos de acuerdo sobre el contenido ni siquiera de la designación de Naciones Unidas, ni menos aún sobre la materia del sustantivo que las determina -Naciones- ni tampoco sobre el carácter vinculante del apelativo que las conjunta -Unidas-. En cualquier caso, y siguiendo el decurso del término nación, hoy el Estado ha fagocitado la mayoría de sus significados y se ha apropiado de la totalidad de sus usos. Este imperialismo sémico y funcional de lo nacional es lo que ha producido la reacción geopolítica responsable de la creación de la organización de naciones sin estado. Particularmente cuando la impugnación de la categoría de Estado tanto por arriba -agrupaciones supraestatales- como por abajo -subentidades nacionales- ha fragilizado de manera notable la legitimidad y la funcionalidad del Estado. El Estado al que se acusa de ineficaz por no ser capaz de asumir las funciones de Estado de bienestar que ejercitó durante buena parte del siglo XX, y de opresivo, por no haber sido capaz de aligerar la carga burocrática que fue acumulando durante ese mismo periodo, no ha sido sustituido ni teórica ni institucionalmente por una organización capaz de cumplir sus cometidos con menos servidumbre y mejores logros. Eso es lo que explica que hayamos entrado más que nunca en la carrera de los grandes Estados, y que se reivindique desde ellos la vieja ideología del Estado-nación como la quintaesencia de la razón de ser del poder político. El nuevo nacionalismo americano, último libro del codirector de la Carnegie Endowment for International Peace, de Anatol Lieven, y su presentación del credo político USA como el punto de llegada de la evolución norteamericana en el siglo XX es por demás esclarecedora. Nacionalismo y estatalismo a ultranza han provocado esa fragilidad del Estado y la imposibilidad de sustituirlo, generando una exasperación de las identidades comunitarias y situando en el primer plano de las preocupaciones políticas el tema del poder. Mientras no superemos la problemática cratológica y pongamos en su lugar un debate leal y solidario sobre los intereses y los objetivos de las diversas agrupaciones de Estados definida por áreas continentales, no conseguiremos que la ONU exista de verdad y cumpla unos cometidos hoy más imperativos que nunca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de abril de 2005