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Reportaje:UN AÑO DESPUÉS DE LA MATANZA

Diez fanáticos con la muerte a cuestas

La última investigación policial sobre la ejecución del atentado más grave de la historia de España

EL PAÍS inicia hoy una serie de reportajes sobre los hechos que desencadenaron la matanza de los trenes, el 11 de marzo del año pasado. En el primer capítulo, la investigación policial reconstruye al detalle cómo y quién ejecutó el atentado que costó la vida a 191 personas e hirió a más de 1.500.

El 29 de febrero de 2004 Abdennabi Kounjaa debió de comprender que llegaba el momento de despedirse de los suyos. Había viajado a Avilés el día anterior en compañía de Jamal Ahmidan, a quien unos llamaban El Chino y otros apodaban Mowgly. Fue un viaje difícil, complicado por la nieve que cayó sobre el norte de España, pero necesario. El tiempo apremiaba: quedaban 13 días para el 11 de marzo y carecían del explosivo suficiente para cubrir de sangre los trenes de Alcalá de Henares. En Avilés tuvieron suerte. Obtuvieron lo que buscaban: casi 200 kilos de Goma-2. A partir de entonces estaban seguros de comenzar la yihad (guerra santa) en España. Porque sin dinamita no habría venganza posible.

La policía sospecha que, entre enero y febrero, los terroristas estuvieron haciendo prácticas con el explosivo

A Kounjaa, de 29 años, lo conocían por Abdallah. Tenía mujer y dos hijas en Marruecos. Estaba preparado para morir. Durante los días siguientes encontró tiempo para escribir una carta de despedida en una cuartilla de papel cuadriculado. Dedicó las primeras líneas a su mujer: "Tu marido", escribió, "ha vivido anhelando este trabajo. Gracias a Dios que me guió en este camino y te digo que ya no te hace falta pensar en venir a España". Luego, dedicó unas líneas a sus suegros: "Os digo que, si honráis a vuestra hija y a sus hijos, no la dejéis que emigre a los países infieles donde no se sabe la ubicación del bien". Kounjaa estampó su firma al final del folio: "Abdallah". Eso era todo. Sabía que a partir del 11 de marzo su vida entraba en la cuenta atrás.

Introdujo los folios en un sobre en blanco. No dejó escrita dirección alguna. Era su testamento. Y se lo dio a su compatriota Saed el Harrak.

Casi dos meses y medio después, el 12 de mayo de 2004, el sobre llegó a un destinatario imprevisto: la policía. Saed El Harrak acababa de ser detenido. El propietario de la empresa de encofrados donde trabajaba llevó a la comisaría de Leganés sus pertenencias personales. Entre esos efectos estaba la carta. Y en ella habían quedado impresas cinco huellas dactilares.

La policía pudo determinar la identidad de las mismas. Coincidían con unas obtenidas en la inspección de una furgoneta Renault Kangoo abandonada por los terroristas a 200 metros de la estación de Alcalá de Henares. También aparecieron en un chalé de la localidad de Chinchón y en un piso de la calle de Carmen Martín Gaite en Leganés. Pertenecían a Kounjaa, uno de los terroristas que se suicidaron en Leganés el 3 de abril.

Esas huellas y la declaración de algunos testigos que lo identificaron como uno de los hombres que viajó con El Chino a Avilés constituyen los únicos datos objetivos de que dispone la policía sobre sus actividades entre el 29 de febrero y el 3 de abril. Además, estaba la carta. Kounjaa tenía antecedentes por robo de coches.

La Unidad de Inteligencia Criminal realizó un informe sobre la preparación del atentado. Del estudio se desprenden todavía numerosas incógnitas, algunas de las cuales quizá no lleguen a ser esclarecidas nunca. Abdennabi Kounjaa no fue uno de los cabecillas de la célula terrorista. Fue uno de los hombres que colocó la carga explosiva en los trenes de cercanías. ¿Cuántos le acompañaron? ¿Cómo se repartieron el macabro trabajo de introducir las bolsas en los trenes? ¿Por qué eligieron la estación de Alcalá de Henares? La policía no ha podido establecer todavía el número exacto de personas que se dieron cita en aquella estación. Calcula que fueron entre 10 y 13 terroristas. Ha identificado a siete de ellos: dos están en paradero desconocido, dos encarcelados y tres murieron. Uno de los fallecidos fue Abdennabi Kounjaa.

Es evidente que los terroristas dispusieron de la cantidad necesaria de explosivo con muy poca antelación, lo cual da una idea de que hubo un alto grado de improvisación en el atentado. Habían elegido un primer objetivo y una fecha, cuatro trenes de cercanías que debían estallar el 11 de marzo, justo dos años y medio después de que cuatro aviones se estrellasen en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Por tanto, no eran un objetivo ni una fecha que pudieran ser modificados alegremente. A finales de febrero apenas disponían de 60 kilos de Goma-2, que fueron transportados desde Asturias en autobús en tres viajes, por mediación de intermediarios contratados por Emilio Suárez Trashorras, un ex minero español dedicado al tráfico de hachís. La policía sospecha que, entre enero y febrero, los terroristas estuvieron haciendo prácticas con el explosivo.

El informe policial especifica que varios testigos que conocieron a los terroristas observaron "cómo varios de ellos presentan heridas en las manos y cara que se habían ocasionado manipulando un detonador. Estas prácticas pudieron perfectamente llevarse a cabo con parte del material adelantado como muestra por José Emilio durante los meses de enero y febrero".

A finales de febrero, los terroristas necesitaban una cantidad muy superior de dinamita para cumplir sus objetivos. Había una forma de obtenerla: acudir un fin de semana a la mina Conchita, cuando el recinto estuviese cerrado y fuese factible sustraer el material. Y sólo quedaban dos oportunidades de hacerlo antes del 11 de marzo: los días 28 y 29 de febrero o el fin de semana del 6 y el 7 de marzo. En el segundo caso estarían demasiado cerca de la fecha elegida para el atentado, así que no tuvieron más remedio que arriesgarse a un viaje en medio de un paisaje nevado y unas carreteras peligrosas por efecto de un temporal.

Una vez obtenidos los explosivos, fue cuando la operación terrorista pareció recibir la definitiva luz verde a la vista de los hechos constatados en la investigación policial. Tres días después de aquel viaje, el 3 de marzo, dos ciudadanos acudieron a un establecimiento llamado Bazar Top, SL sito en la localidad de Pinto (Madrid). Uno de ellos llevaba un mono de color azul manchado de pintura blanca. Según las declaraciones del empleado de esa tienda, entre el 3 y el 8 de marzo compraron un total de 10 teléfonos Trium T-110. Por otro lado, la empresa Sindhu Enterprise SL, sita en la localidad de Alcorcón, vendió hasta un total de 200 tarjetas prepago de la compañía Amena al locutorio-tienda Jawal Mundo Telecom, situada en pleno barrio de Lavapiés, regentado por varios ciudadanos de origen marroquí, entre ellos Jamal Zougham, uno de los primeros detenidos.

En apenas tres días, los terroristas debieron proceder al montaje de 13 artefactos explosivos en la finca de Chinchón. Disponían ya en esas fechas de teléfonos móviles, tarjetas telefónicas, detonadores y cartuchos de Goma-2 en cantidades suficientes. El montaje de las bombas no debió ser muy complicado según el informe policial: "Queda perfectamente constado cómo cualquiera sin demasiados conocimientos ni preparación técnica, habiendo recibido unas sencillas instrucciones previas, podría haber procedido al montaje de los 13 artefactos explosivos colocados". Una de las labores a realizar era programar el teléfono como despertador, en este caso a las 7.40 de la mañana, "momento en el que la energía del terminal fluiría a través de los cables conectados al detonador, cerrando el circuito y provocando la explosión". Los terroristas prepararon 13 bolsas. No todas tenían el mismo tamaño, según los expertos.

Veinticuatro horas antes del atentado, los terroristas procedieron a realizar las tres últimas operaciones. Una, activar la tarjeta SIM instalada en cada teléfono. Dos, programar la función de despertador a las 7.40 de la mañana. Y tres, apagar el teléfono. Ésta última era una precaución importante: la función despertador sigue activa aun cuando el teléfono esté apagado, pero así se evita el gasto de batería y, sobre todo, que pueda entrar una llamada del exterior y provoque la explosión.

La antena base de telefonía situada en los alrededores de Chinchón registró el 10 de marzo la activación de siete tarjetas en siete de los teléfonos adquiridos en el establecimiento de Pinto apenas una semana antes. Las otras seis tarjetas debieron ser activadas por el mismo procedimiento, pero de ese hecho no hay constancia dado que la compañía telefónica sólo almacena esa información durante 72 horas. Una de las tarjetas activadas correspondió al número 652 28 29 63 y es la insertada en el teléfono conectado con la bomba que no estalló y pudo ser analizada.

Tres de las 13 bombas no explotaron. ¿Por qué fallaron? "Los expertos en desactivación de explosivos no encuentran explicación posible a dichos fallos, salvo la mera casualidad". Una vez desactivada la bomba encontrada en El Pozo, los artificieros probaron el funcionamiento de la función despertador en el teléfono. Lo hicieron varias veces y en todas ellas funcionó. ¿Por qué no lo hizo a las 7.40 del día 11? Nadie conoce la respuesta.

En la madrugada del 11 de marzo, un número de terroristas que la Unidad de Inteligencia Criminal sitúa entre 10 y 13, se reunió en la estación de Alcalá de Henares. Probablemente, todos ellos se desplazaron desde la finca en Chinchón hasta dicha localidad, a través de la A-3 y la comarcal que une Arganda con Alcalá. Es un trayecto de aproximadamente 53 kilómetros que se puede efectuar en apenas media hora a esas horas de la mañana. En el desplazamiento, los terroristas utilizaron varios vehículos: dos de ellos, la furgoneta Renault Kangoo matrícula 0576 BRX y un Skoda Fabia 3093 CFK, fueron abandonados en la calle del Infantado, anexa a uno de los accesos de la estación.

¿Por qué Alcalá de Henares? Ésa es otra pregunta sin respuesta. El tráfico de trenes entre Alcalá y Atocha no se diferencia en número ni en frecuencia de los que parten de otras localidades del extrarradio de Madrid. A esa hora de la mañana, prácticamente todas las líneas registran una frecuencia de un tren cada cinco minutos. En algunos casos, como es el de la línea que une Móstoles con Atocha, la frecuencia es incluso inferior a los cinco minutos. Tampoco la línea entre Alcalá y Atocha es la más concurrida, según los datos de Renfe. El único dato indiscutible es que Atocha es el centro neurálgico del sistema de cercanías. Los terroristas que fueron identificados se movían por otras zonas de Madrid como Lavapiés, Villaverde, Vallecas, Carabanchel, Leganés, Navalcarnero... La policía buscó sin éxito algún piso franco por Alcalá de Henares.

Treinta minutos antes de las siete de la mañana, hora prevista de salida para el tren número 21431 en dirección a Atocha, tres de los terroristas fueron vistos por Luis Garrudo, el portero de la finca de la calle del Infantado número 5. El hombre sospechó de tres desconocidos que llevaban el rostro cubierto por bufandas y gorros de lana. Este detalle llamó su atención: era demasiado abrigo para una mañana casi primaveral. Uno de aquellos hombres era probablemente Kounjaa. Desde donde aparcaron la furgoneta hasta el andén se tarda poco más de dos minutos.

Los terroristas tenían planeada la colocación de cuatro artefactos en cada uno de los tres primeros trenes, según el informe de la Unidad de Inteligencia Criminal. Cada bolsa pesaba entre 15 y 10 kilos. La tarea pudo llevarse a cabo en grupos de cuatro individuos o incluso menos si alguno portaba más de una bolsa. Los dos primeros trenes, el de las 7.00 horas y el de las 7.05, estacionados en las vías 6 y 4, compartían andén. Ambos debieron coincidir parados durante casi un par de minutos. Cada uno de ellos permaneció detenido y con las puertas abiertas durante casi siete minutos. Una de las ocho bombas colocadas en ambos trenes no estalló.

El tercer tren, con salida prevista para las 7.10 horas, ofrecía menos margen de maniobra. Llegaba de Guadalajara y apenas se detuvo en la estación un par de minutos. Salió a las 7.10 horas con cuatro bombas en su interior, de las que sólo estallaron dos. Quedaba un último tren, el cuarto, el de las 7.15. En este tren está claro que sólo debió actuar un terrorista, que introdujo una solitaria bomba, la que estalló en Santa Eugenia. ¿Por qué una sola bomba en el último tren?. "La única explicación posible", dice el informe policial, "podría ser que un último activista, tras terminar el reparto de las bolsas y cerrar la furgoneta, abandonara el lugar tomando el cuarto tren colocando un último artefacto".

Los terroristas no regresaron a Alcalá. Todos debieron descender de los trenes en alguna estación intermedia. De todas ellas, sólo dos, Vicálvaro y Vallecas, tienen acceso al metro. A las doce de la mañana del mismo día 11, se recibió una llamada en la Comandancia de la Guardia Civil en Madrid. Un testigo comunicaba que a las ocho menos cuarto de aquella mañana, en la Gran Vía del Este, una calle próxima a la estación de Vicálvaro, había observado acercarse a una persona al interior de una obra, quitarse un pantalón y una sudadera y abandonar estas prendas debajo de una caseta. La Guardia Civil, desplazada al lugar, encontró también unos guantes de color negro y una bufanda. Del análisis concluyeron la identidad de varios terroristas: se trataba, entre otros, de Anuar Asrih Rifaat y Abdennabi Kounjaa.

Casualmente, las huellas de ambos aparecen juntas en otras prendas. Compartieron unos guantes azules de lana encontrados en la furgoneta y un pantalón largo gris claro hallado en el chalé de Chinchón. Ambos murieron en Leganés. Asrih Rifaat era el más joven de todos, con 23 años. Kounjaa el único que dejó testamento. Ambos eran pequeños delincuentes a efectos policiales, convertidos nadie sabe cómo en terroristas dispuestos al sacrificio.

Con información de José María Irujo, Jorge A. Rodríguez, Miguel González, Francisco Mercado, Luis Gómez y Elsa Granda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2005

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