Reportaje:GRANDES REPORTAJES

"Yo llegué en patera"

Dos periodistas vivieron en primera persona durante un mes el drama de los cientos de africanos que cada día intentan alcanzar España en patera a través del Estrecho o el Atlántico. Con ellos navegaron hasta Canarias y sufrieron el maltrato, el miedo, el dolor de la muerte, la desesperación.

A bordo de barcas medio podridas, decenas de miles de inmigrantes clandestinos prueban suerte cada año para pasar a Europa. Durante mucho tiempo, el estrecho de Gibraltar ha sido el paso privilegiado hacia los países ricos. Hoy los rigurosos controles lo vuelven demasiado incierto y caro. Las costas marroquíes están sometidas a una intensa vigilancia, y a menos que se paguen importantes sobornos y se disponga de barcos muy potentes es casi imposible eludir la vigilancia de la policía. Las nuevas oleadas de inmigrantes prefieren llegar a las islas Canarias desde las playas del Sáhara Occidental, a 700 kilómetros al sur de Agadir. Un viaje mucho más peligroso. Se acabó el Mediterráneo y las cinco horas de travesía; ahora hay que enfrentarse al océano Atlántico y a unas veinte horas de mar.

Pese a ser insultados, maltratados y robados por los traficantes de seres humanos, nada o casi nada podrá hacerles renunciar a su viaje. Vienen de casi todos los países de África, son anglófonos o francófonos. Olivier, el fotógrafo, y yo vamos a seguirles desde que salen de Marruecos. Un mes de periplo a través del desierto y luego por el océano hasta las islas Canarias, tierra española en medio del Atlántico. No todos llegarán.

Así pues, todo empieza a comienzos del mes de septiembre en Casablanca, al norte de Marruecos. Aquí es donde se reúne la mayoría de los candidatos al exilio. Encontrarlos no resulta muy difícil, pero entrevistarse con los organizadores de este tráfico hacia Europa lo es mucho más. Tengo cita en el corazón de la medina con un intermediario africano. Hasán es ghanés.

Hace algunos años quería ir a Europa, pero fue expulsado varias veces, y desde entonces se gana la vida agrupando a gente que quiere abandonar su país que luego entrega a los verdaderos traficantes marroquíes. Hasán se muestra desconfiado, su trabajo es arriesgado: "Cuidado, no filmes mi rostro, es peligroso. Es un gran riesgo, y también es peligroso para ti: acabas de entrar en una mafia". Mafia es el nombre que se dan entre pequeños delincuentes, nada que ver con una mafia organizada. Al igual que los demás, Hasán no es más que un traficante de poca monta que vive a costa de sus hermanos africanos, quienes, una vez en Marruecos, son incapaces de apañárselas solos para llegar hasta los intermediarios que les llevarán a Europa. Hasán ha reunido a 18 personas en una casa muy próxima apodada el gueto, y por fin están listos para partir.

Algunos aguardan desde hace años. Entre ellos figura Ibrahim. Está en Marruecos desde hace tres años; ha sido expulsado muchas veces, pero sigue soñando con Europa y Francia: "Es difícil ir a vuestro país sin visado; a mí me abandonaron una vez en el desierto, y tuve que andar 45 kilómetros sin agua antes de que me detuviera la policía marroquí. Me enviaron a Argelia. Regresé al año siguiente, y la patera que tomé hacia Canarias se hundió. Éramos 32 a bordo y sólo hubo ocho supervivientes. Regresé a Rabat. Ahora he olvidado y quiero volver a empezar". Todos están aquí por motivos económicos. No tienen trabajo en su país y están convencidos de que en Europa les espera el éxito y el dinero. Hasán se dispone a realizar el viaje hacia Agadir; allí es donde debe entregarlos a los traficantes. Olivier y yo nos marchamos con él, mientras que los inmigrantes se reunirán con nosotros en tren o en autobús, en grupos de dos o tres para no ser descubiertos.

Nos ha organizado una cita con Hamed, el traficante marroquí; en realidad, un saharaui de El Aaiún, la principal ciudad del antiguo Sáhara español: una región perdida cuya independencia respecto al poder central reivindica el Frente Polisario. A partir de ahora es Hamed quien lo organiza todo: "Me encargo de todo; es decir, del transporte hasta el gran sur y de la construcción del barco, la compra del motor y el viaje. Trabajamos en familia. ¿Sabes?, aquí los marroquíes no nos dan nada, así que vivimos del tráfico; muchas familias viven sólo de esto". Unas pequeñas empresas familiares que funcionan bien. Nuestro pasaje va a costarnos 1.000 euros por persona, igual que a los demás clandestinos. Para los africanos es una verdadera fortuna que la mayoría de las veces han tenido que pedir prestada a alguien de su familia.

Voy con Hamed a las afueras de Agadir. Tenemos cita con los conductores que nos transportarán hacia el sur a casi mil kilómetros de aquí. La mayor parte, a través del desierto, evitando toda carretera asfaltada; pero de vez en cuando, como me explica Hamed, podremos seguir alguna: "¿Sabes?, con los marroquíes, los policías, los gendarmes, si les das dinero, haces lo que quieres". Pero comprar cuesta caro, así que iremos por el desierto.

Un viaje infernal de cuatro días con 20 personas en la parte trasera de un Land Rover cerrado para evitar las miradas. En medio de todos los hombres, una única mujer disfrazada de hombre. Sus compañeros la llaman Sister Vincent, un nombre de chico: la cabeza afeitada y ropa masculina para protegerla de la tentación de violarla por parte de los traficantes marroquíes.

Al igual que los demás, sufro. Estamos apiñados, los unos encima de los otros; algunos van a permanecer de pie doblados en dos durante todo el viaje. Al principio surgen los calambres, los dolores de espalda, pero muy pronto el sufrimiento puramente físico desaparece.

El cuerpo se entumece, y dedico toda mi energía a buscar la mínima partícula de oxígeno para poder respirar. A los conductores les da igual. Al volver, gracias a las imágenes rodadas en el coche, he podido traducir sus conversaciones, y están llenas de insultos: "¡Cierra la boca, hijo de puta! ¡Vete a follar a tu madre!", dice uno, mientras que el otro afirma: "¿Sabes?, con esta gente sólo se puede hacer una cosa: coges a uno y lo matas, y los demás se tranquilizan". Un hombre, un comorano, está a punto de morir aplastado por los demás. A cambio de 50 euros, los traficantes le sientan a su lado. Un timo, ya que sólo permanecerá un cuarto de hora delante. Tras ocho horas de carretera tendremos derecho a nuestra primera botella de agua. ¡Un litro y medio para 20 personas! En la primera parada, bajo la amenaza de sus grandes cuchillos, los traficantes los despojan de los escasos bienes que les quedan: teléfonos móviles, zapatillas deportivas de marca, comida, etcétera. Nadie se queja. Ibrahim y los demás lo saben: no tienen elección, sus vidas están en las manos de los traficantes: "No podemos decir nada, es su trabajo, saben lo que hacen. Nosotros ya hablaremos una vez en Europa, donde hay libertad".

Sólo conducimos de noche para evitar los controles de la policía y del ejército marroquí. Durante el día, los traficantes nos abandonan en el desierto, que arde bajo el sol, con un poco de pan y agua. Nos cobijamos bajo algunos arbustos espinosos. Estas gentes han apodado estos lugares los tranquilo porque son los únicos momentos en los que disfrutan de una relativa calma.

El trayecto va a durar cuatro días, pero de repente, en plena noche, los conductores se detienen y nos anuncian que hemos llegado, puesto que ellos se van. En realidad, estamos en un último tranquilo, a 45 kilómetros al sur de El Aaiún, es decir, a cinco horas de pista del mar, donde embarcaremos para la isla canaria de Fuerteventura. En principio debemos permanecer tan sólo algunos días en este lugar esperando nuestro barco, pero, al parecer, Hamed todavía no ha empezado a construir la patera. Estas barcas de seis metros de largo por dos o tres de ancho sólo se utilizan una vez, y se fabrican con planchas de mala calidad y en el último momento para evitar las miradas indiscretas.

En realidad, espera a un segundo grupo, ya que, para que el viaje sea rentable al máximo, hay que llenar la barca hasta los topes (el récord de las llegadas a Fuerteventura es de 43 pasajeros en una patera de seis metros).

Permanecemos resguardados bajo algunos arbustos. Los traficantes nos han dejado algunas latas de sardinas (una lata para dos personas al día), un poco de pan y unos bidones de agua. Vienen cada dos días procedentes de El Aaiún: llegan de noche, dejan la comida y se marchan de inmediato. En total son unos 15.

No parecen pertenecer a una mafia de traficantes de ganado humano, sino más bien a una gran familia de bribonzuelos que, junto con el tráfico de gasolina con Argelia, se han labrado un nuevo mercado con el de personas. Para la pregunta que se repite sin cesar -"¿cuándo salimos?"-, la respuesta es siempre la misma: "Mañana, mañana". Mientras tanto, cada uno sueña con las islas Canarias, la puerta de Europa. Mohamed, un comorano, ya no quiere oír hablar de África: "Prefiero estar encerrado en una habitación, en una cárcel en Europa, donde una vez al día me traerán comida, que seguir viviendo en África, y sobre todo en Marruecos. Esto es el infierno y Europa será el paraíso".

Para matar el tiempo, los más experimentados enseñan a los demás a desbaratar los interrogatorios de la policía una vez llegados a España: "No tienes que decirles tu nacionalidad, o les dices la nacionalidad de un país que no tiene acuerdo de extradición con España. Pero lo mejor es no comprender nada. Tienes que hacer como si no hablases francés o inglés. Te limitas a hablar tu dialecto, y les dices: 'No comprendo'. Al cabo de un rato, los policías se hartan y te dejan tranquilo".

La tranquilidad es obtener los papeles. Al cabo de 40 días en un centro de detención español, y si la policía no ha determinado su nacionalidad, le será entregada una orden de expulsión imposible de cumplir, pero que le impidirá trabajar legalmente. El Gobierno se encarga de trasladarlos inmediatamente a ciudades como Madrid, Málaga o Barcelona en vuelo chárter, ya que estos africanos en la miseria no encajan con el turismo procedente del norte de Europa, principal recurso del archipiélago canario. Con este papel, y una vez en la tierra de "la gran España", los inmigrantes aprovecharán el espacio europeo para desaparecer sin dejar rastro.

Hace ya varios días que los trafican-tes no han venido, y la comida empieza a faltar: sólo queda pan seco que mojamos en agua. Hace 12 días que estamos en el desierto. ¿Nos han abandonado los traficantes? Al día siguiente, en plena noche, nos aguarda una sorpresa: llegan 18 nuevos viajeros y en la parte trasera de otro vehículo hay una barca. La alegría dura poco, ya que la patera está a medio terminar, la madera es de mala calidad y las planchas están mal clavadas.

Pero los candidatos al exilio se ponen a trabajar: tapan los agujeros y los espacios entre las planchas. Los traficantes han traído un poco de masilla, pintura y alquitrán. Habrá que apañárselas con esto para lograr que la barca quede estanca. Dos días de trabajo. Un extraño espectáculo el de esta barca en medio del desierto, a más de cinco horas de carretera del mar, rodeada y mimada por decenas de manos. Esta patera a medio hacer es el mejor regalo que podían recibir. No es perfecta, pero Ibrahim piensa que podrá flotar: "No hemos tenido suficiente material para calafatearla y nos faltan juntas para volverla estanca; pero a los traficantes les han entrado las prisas, así que tenemos que apañarnos con esto. Pero debería funcionar bien, ¡si Dios quiere!".

Todo se acelera. Al día siguiente lle-gan en un Land Rover el motor y los bidones de gasolina. No es ni mucho menos nuevo, y apenas tiene 17 caballos. Deja mucho que desear para transportar a 36 personas. Ellos están preocupados: consideran que han pagado lo suficiente, y piden un motor potente y, a ser posible, nuevo. La respuesta es categórica: "O esto, o nada". Ponen a prueba el motor en un bidón de 200 litros. Parece que funciona bien, y eso nos tranquiliza un poco. Esta noche es demasiado tarde para salir, pero mañana -los traficantes lo han jurado- es el gran día. Volverán a la caída de la noche para llevarnos hasta la orilla del océano.

Ya al alba, todo el mundo se prepara. Ibrahim habla con todos sus compañeros para recoger los amuletos, las Biblias y los Coranes: "Los árabes han sido tajantes. Dicen que no tenemos que llevar nuestros amuletos ni nuestras medicinas africanas, porque en el mar puede ser peligroso. Así que lo recojo todo y vamos a enterrarlo en el desierto". Luego, cada cual se encarga de sus objetos personales. Con trozos de bolsas de plástico, unos protegen sus escasas pertenencias; otros, algunos euros que todavía les quedan. Un comorano lee por última vez algunos versículos del Corán. En todos los rostros se dibuja una sonrisa. ¡Mañana, España, donde habrá que decir "buenas tardes"!

Según lo acordado, hacia las ocho de la tarde los traficantes regresan con tres Land Rover: dos para los pasajeros y uno para transportar la barca, la gasolina y el motor. Antes de partir, Hamed, el jefe de los traficantes, nos reúne y nos hace guardar silencio: nos explica que tendremos que mantenernos callados durante este último trayecto, ya que, conforme nos aproximemos a la playa, habrá numerosas patrullas de militares marroquíes. Tendremos que subirnos a la barca de dos en dos y en orden para evitar todo riesgo de zozobrar. A continuación, Hamed saca un compás (una brújula) de su bolsa: "Primero hay que ir mar adentro durante una hora y media; luego sacas la brújula y te diriges hacia el oeste durante seis o siete horas, y al final fijas el rumbo en 340 grados hasta que veas las montañas de Fuerteventura. Allí buscas un lugar para desembarcar".

Si Hamed da este tipo de explicación es porque ningún traficante estará a bordo del barco. Es demasiado peligroso: en España se arriesgan a 12 años de cárcel, y con los sistemas de radar utilizados en las islas Canarias es casi imposible escapar a la vigilancia de la Guardia Civil. Así pues, todos nosotros tendremos que apañárnoslas solos.

Por fin nos vamos hacia el mar. Tardaremos seis horas en llegar. Son las dos de la madrugada, al sur de El Aaiún, y la barca está en el agua. Subimos a bordo 36 personas. Nadie sabe realmente navegar, pero, como estaba pactado, los traficantes se quedan en tierra, instalan el motor y nos empujan mar adentro. Trescientos metros más allá, el mar está demasiado revuelto y una ola vuelca nuestra embarcación. El que había tomado el timón ha tenido miedo: ha frenado y el barco se ha puesto de lado.

Imposible volver a enderezar esta pa-tera sobrecargada y equipada con un miserable motor de 17 caballos que sólo vale para una zodiac de cuatro plazas. El drama es casi inevitable. La luna nos ilumina un poco, el mar se llena de gritos, algunos hombres se ahogan, la gran mayoría veía el mar por primera vez. No saben nadar, pero el deseo de sobrevivir es más fuerte; cada cual intenta llegar a la orilla a nado ayudándose con un bidón que flota o sencillamente dejándose llevar por las olas. Llego a la playa con un hombre sobre la espalda, un espectáculo desolador.

Tiemblan, se llaman, se buscan entre amigos. Los hay que expulsan agua con la ayuda de los demás. Van a salir de ésta, pero, a fuerza de contar y volver a contar, hay que rendirse a la evidencia de que dos hombres han muerto ahogados: un senegalés y un comorano. El hermano de uno de ellos llora. Las olas han traído la barca hasta la playa. La cargan sobre un coche y nos marchamos sin llevarnos los cuerpos.

Por la mañana temprano, vuelta a la casilla de salida o casi, en otro tranquilo igual de sórdido e igual de alejado del mar. Los traficantes nos arrojan aquí con nuestra patera medio destruida y su motor lleno de agua de mar. Los hombres se quejan: "Ha habido dos muertos, es suficiente. El barco no estaba en condiciones y los traficantes lo sabían muy bien. No somos unas sardinas que puedan lanzarse así como así al mar. ¡Han querido matarnos!".

Ese día, 10 africanos renuncian a su sueño europeo. Se entregan a la policía marroquí y serán expulsados del país. Los demás se vuelven a instalar en el desierto. Ibrahim va a probar suerte por última vez: "Tiene que funcionar, mi familia me ha dado dinero para que vaya a Europa. No debo decepcionarles, pero es la última vez. Después vuelvo a mi país, aunque sea una deshonra".

La única mujer del grupo, Sister Vincent, hace una petición a Olivier Jobard, el fotógrafo que me acompaña desde el principio: "¿Me sacas una foto para enseñarle a mi familia en qué condiciones vivo? Nadie más debe soportar esto, vivimos como salvajes, nos hemos vuelto unos salvajes".

Ya nadie quiere partir con esta barca y este motor. Hamed ha prometido, a cambio de un pequeño suplemento de dinero, nuevo material. Presta su teléfono móvil a un maliense que llama a un intermediario africano que les ha guardado dinero. Va a realizar un envío, a través de Western Union, a El Aaiún. Hamed está contento, el grupo se queda más tranquilo, pero los días pasan y no llega ninguna barca nueva. Finalmente, Hamed dice que hay que arreglar ésta, que no hay suficiente dinero, y que también hay que reparar el motor, o de otro modo la aventura habrá terminado.

El maliense no está contento: "El traficante había prometido nuevo material, pero no ha cumplido su palabra. A pesar del dinero de más, vamos a volver a partir con la misma embarcación y el mismo motor. Lo único que quiere es quedarse con nuestro dinero, lo demás le da igual. ¡Pero nosotros queremos vivir!".

Una vez más, Ibrahim y los demás arreglan la barca: ya no tienen ninguna confianza en el trabajo de los traficantes. Al cabo de una semana, el barco está listo. Sister Vincent baila para sus compañeros. Los cristianos se reúnen y rezan por el éxito del viaje.

Volvemos a partir: la patera está cargada al revés sobre un todoterreno. Unos diez viajan sobre la barca. Seis horas de transporte durante las cuales la madera se va a mover y la pintura se resquebrajará.

Es la una de la madrugada. Sólo quedamos 25 para intentar de nuevo la aventura. Entre nosotros hay cinco magrebíes. Ellos no tienen ninguna posibilidad si la barca es capturada por los españoles: serán expulsados a su país.

Esta noche no hay luna. Una espesa niebla cubre el mar, el océano está en calma y nuestra patera surca con facilidad las primeras olas.

El agua penetra en la barca por todas partes, y eso que el viaje no ha hecho más que empezar. Las costas de las Canarias se encuentran a más de cien kilómetros de distancia. Todos los que no están mareados achican agua. Varios se turnan al motor, con el compás entre las piernas marcando el rumbo de 340 grados.

Al alba, el agua sigue subiendo, la barca está medio llena. Primera avería del motor. Sólo nos queda la mitad del camino por recorrer. El mar se agita un poco. La patera cruje por todas sus esquinas, los pasajeros se empiezan a poner nerviosos y se mueven cada vez más, lo que aumenta el riesgo. Uno de ellos reestablece algo de orden sacando su cuchillo. Afortunadamente, un hombre consigue volver a poner en marcha el motor. Un barco a lo lejos: debemos de estar en aguas territoriales españolas. Algunos tienen miedo de las patrullas de la Guardia Civil. Los africanos quieren ir derecho hacia la costa; por su parte, los magrebíes prefieren llegar más discretamente. Finalmente, permanecemos inmóviles y ya nadie achica. Falsa alarma: no es más que un barco de pesca. Volvemos a ponernos en marcha.

Tras 17 horas en el mar, las costas aparecen ya a lo lejos. Todo el mundo se relaja, algunos hacen la V de la victoria con sus dedos. Ya está, Europa está ahí mismo, al alcance de la mano. Nueva avería: hay que arreglarla lo más rápido posible para evitar ser detectados por los radares españoles. En el fondo del barco, Ibrahim reza. La avería ha sido demasiado larga, la Guardia Civil española nos ha localizado a menos de diez kilómetros de la costa. Su lancha rápida nos aborda, los guardias civiles nos ordenan detener el motor y nos embarcan a todos sin más miramientos. Es el final del viaje.

Hemos permanecido 18 horas en el mar antes de desembarcar en la isla, la más oriental de las Canarias, Fuerteventura. Los inmigrantes pasan por las manos de los enfermeros de Cruz Roja. Olivier Jobard, el fotógrafo, y yo somos conducidos directamente a la comisaría de policía y nuestro material es requisado.

Ibrahim titubea, como todos los demás. Va a sufrir un examen médico y luego será encarcelado durante 40 días. Si no determinan cuál es su nacionalidad será liberado con una orden de expulsión que no se cumplirá.

En las islas Canarias no pasa un solo día sin que llegue al menos un barco repleto de africanos. Las autoridades no quieren en absoluto que estos barcos miserables ensucien las playas turísticas. Rápidamente desaparecen lejos de las miradas en los vertederos públicos.

Y luego están todos esos hombres y mujeres que nunca verán Europa. No transcurre mucho tiempo sin que llegue algún cuerpo flotando hasta la costa española. Terminan siendo personas anónimas en los cementerios de Fuerteventura, enterrados con un simple número como única identidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 28 de noviembre de 2004.