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Editorial:

Irán cede

Irán se ha comprometido a interrumpir "voluntaria y temporalmente", a partir del próximo 22 de noviembre, sus actividades de reprocesamiento de uranio, tras un acuerdo con representantes de la Unión Europea. El Gobierno de los ayatolás ha comunicado su decisión al organismo de vigilancia atómica de la ONU (OIEA) para desactivar las pretensiones estadounidenses de que su caso sea llevado ante el Consejo de Seguridad. Teherán asegura que mantiene su compromiso con el Tratado de No Proliferación Nuclear y reafirma que no busca el arma final, algo que Bush considera impensable permitir en un escenario tan envenenado como el de Oriente Próximo.

Hace más de dos años que Irán mantiene un peligroso tira y afloja a propósito de sus ambiciones nucleares. Durante este tiempo ha mentido sistemáticamente sobre su programa atómico pretendidamente civil, que ha llevado al menos hasta la fase de enriquecimiento de uranio previa a la producción armamentista. Por ello, el acuerdo con los mediadores europeos, pendiente todavía de detalles técnicos, representa un triunfo para la paciente diplomacia nuclear protagonizada por el Reino Unido, Alemania y Francia. El argumento detrás de ese tortuoso proceso negociador es que resulta más eficaz la zanahoria que el palo. A diferencia de Washington, los intermediarios europeos rechazan de plano una acción militar para apear al régimen integrista de sus veleidades nucleares.

El pacto, sin embargo, debe ser contemplado con cautela, y no sólo por la trayectoria de Teherán o porque el enriquecimiento radiactivo vaya a cesar precisamente dos días antes de la reunión del OIEA en Viena. El compromiso estipula que su duración será limitada, mientras Irán y la UE negocian, a partir del mes próximo, un entendimiento a largo plazo, entendimiento del que serán parte fundamental la asistencia europea en tecnología atómica civil, los temas de seguridad y una sustancial mejora de las relaciones comerciales bilaterales, algo que el marasmo económico iraní necesita desesperadamente.

Queda la incógnita de EE UU, que, pese a alentar la diplomacia de mediación, se muestra profundamente escéptico sobre las intenciones iraníes. Washington ha reiterado que un compromiso aceptable será sólo el que resuelva de una vez el contencioso, y no otro que permita a Teherán escapar del Consejo de Seguridad. Ahora hace un año que, mientras Londres, Berlín y París creían haber conseguido el acuerdo definitivo, los inspectores de la ONU encontraban nuevas pruebas de los embustes de Teherán sobre su programa atómico. Y ayer mismo, un informe del OIEA exculpó parcialmente al régimen islamista de intentar fabricar la bomba, pero sin descartar actividades nucleares encubiertas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de noviembre de 2004