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RELACIONES PERSONALES

Nuevos en el campo

Son urbanitas que después de vivir siempre en la ciudad se lían la manta a la cabeza y deciden instalarse y trabajar en un pueblo. Empiezan desde cero una nueva vida. No todo es tan bucólico como parece.

Benjamín García Sanz, catedrático de Sociología Rural de la Universidad Complutense de Madrid, define al sujeto neorrural como alguien que decide establecerse en el medio rural sin tener relación directa con el mismo. "Se instala por diferentes motivos, la mayor parte de las veces de carácter laboral". Punto y aparte son los que él llama yuppies del campo, "gente hastiada de la ciudad que decide vivir en un pueblo". Otra categoría de neorrurales son, según García, los "utópicos". "Personas que rehabilitan pueblos, organizan su vida en plan ecológico, cultivan lo que comen, instalan aparatos de energía alternativa… Colectivos con una determinada conciencia ecológica que buscan vivir en lugares apartados y con posibilidades para desarrollar su opción de vida".

Probablemente estos últimos individuos constituyan el elemento más pintoresco dentro del neorruralismo, pero no son, ni de lejos, el sujeto mayoritario. "Lo normal es que el neorrural busque una cierta proximidad geográfica con la urbe, un lugar bien comunicado con la ciudad". No es casualidad que, por ejemplo, Soria y Zamora, provincias conocidas por su carencia de infraestructuras, sean las dos únicas provincias de Castilla y León que siguen perdiendo población. En estos casos de incomunicación viaria, no se logra ni que se asiente la población nativa ni que venga gente de fuera. "Y es que un primer caso para convertirse en neorrural suele ser adquirir una segunda residencia en un pueblo -casi el 40% de las viviendas rurales son segundas residencias-, y nadie elige para eso un lugar de difícil acceso desde su residencia habitual en la ciudad".

Los primeros neorrurales datan de los años ochenta. "La Comunidad Europea comenzó a conceder ayudas a la población rural para que se asentaran en sus lugares de origen. No lo logró, pero de aquellas ayudas nacieron los neorrurales. Sujetos provenientes de la ciudad se interesaron por aquellas subvenciones y se fueron a vivir a los pueblos", explica García. Según sus investigaciones, los motivos por los que un urbanita decide convertirse en neorrural son variados. "Esnobismo, nuevas alternativas vitales… Hay gente tan cansada de la vida que lleva en la ciudad que se plantea vivir en el campo como una escapatoria". Se trata de individuos con experiencia de vida urbana que piensan que en un pueblo pueden alcanzar una mejor calidad de vida. "Se trasladan a un pueblo, y allí organizan su vida buscando una salida a sus existencias". El profesor piensa que estos nuevos pueblerinos ayudan a cambiar la vida de los pueblos que eligen. "Serán un importante factor en la dinamización económica, demográfica y social de las comarcas. Además, la gente joven tiene capacidad de tener hijos, lo que puede facilitar el rejuvenecimiento de la población rural".

José Vicente Castaño y Ana Belén Alfonso

"Echo de menos el cafecito con los compañeros"

Edad: 35 y 30 años, casados y con una niña. Orígen: ambos vivían y trabajaban en Alcalá de Henares (200.000 habitantes). Destino: regentan una granja de gallinas en Carriches (Toledo).

Llegaron hace año y medio. "No estábamos a gusto con la vida que llevábamos en Alcalá: trabajo; atasco; el vecino de arriba, el de abajo… Estábamos agobiados". Vendieron su casa, hicieron las maletas y se instalaron en el pueblo de él, donde se ganan la vida cuidando gallinas. "Nosotros ponemos la nave y la compañía para la que trabajamos pone las gallinas, la alimentación y el asesoramiento", dice José Vicente, que se ocupa de la granja mientras Ana se encarga de la casa y de la niña. A ninguno les pilló de sorpresa el tipo de vida que iban a encontrar. "Venía mentalizada, no a la aventura. Yo estaba fija en una oficina, pero vine a buscar una vida totalmente diferente", dice Ana. Quizá la única pega de su nueva ocupación es la dedicación que exige. "El trabajo es de lunes a domingo. Las gallinas no dejan de comer ni de poner huevos cada día". En Alcalá ni se habían planteado tener hijos. "Habría tenido que trabajar sólo para pagar la guardería y tendríamos que estar todo el día separados". Ahora tienen una hija de seis meses. "Gracias a ella y a otros dos niños no van a cerrar el colegio del pueblo". Ana y José dicen ser felices, aunque a ella le pique la nostalgia. "Él tiene aquí a su familia, pero a mí me faltan los míos. También echo de menos mis paseos, el cafecito con los compañeros… En cuanto me escapo allí, es lo primero que hago".

Bonifacia Seguí

"La agricultura ha pasado de ser 'hobby' a oficio"

Edad: 39 años, casada y con tres hijos. Origen: Madrid. Destino: una finca rústica dedicada a la agricultura y la ganadería en las cercanías del aeropuerto de Madrid-Barajas.

"Quería ser independiente y vivir mi vida. Trabajar y poder ocuparme de mi casa y de mi familia. Aquí encontré la fórmula ideal", cuenta Bonifacia. "Al principio me tomé la agricultura cómo un hobby. Luego me di cuenta que también podía ser una salida laboral". Su primer contacto con la tierra lo tuvo en la finca de sus suegros, a la que iba los fines de semana. "Allí fue donde toda la familia comenzamos a involucrarnos en el cuidado de la cosecha". Encontrar un terreno que se adaptara a lo deseado no fue fácil, pero lo hallaron, lindando casi con las pistas del nuevo Barajas. La vida de Bonifacia y su familia está hoy integrada en la finca. "Cada uno se dedica a lo suyo: yo, al perejil; el mayor, a sus caballos; el pequeño, a sus gallinas, y mi hija, a su perra. Hemos acabado implicando a toda la familia, que es de lo que se trataba". Recolecta unos 35 kilos semanales de perifollo (perejil francés), que vende a las compañías aéreas que operan en Barajas. "No puedo coger vacaciones. Tengo que servir la mercancía con puntualidad y es un cultivo muy exigente". A pesar de la amenaza de 400 decibelios de sonido llegando desde las pistas del aeropuerto, Bonifacia no se plantea dejar su campo particular. "Me tendría que ir a cien kilómetros, porque aquí no encuentras nada y mi vida está aquí: el colegio de mis hijos, el trabajo de mi marido, el mío…".

Lydia Merchán

"Desde el principio tuve problemas con algunos"

Edad: 33 años. Origen: trabajaba como restauradora en una lujosa galería de arte de Madrid. Destino: vive en Torrelaguna, un pueblo madrileño, donde regenta una tienda de artesanía. Su sueño era poseer su propio taller de restauración. Y lo ha hecho realidad en el pueblo de sus padres. Para completar sus ingresos, regenta una tienda de artesanía. Al principio desarrolló su trabajo en una galería de arte del elitista barrio de Salamanca, en el centro de Madrid. "Tenía un buen sueldo. Trabajaba en un taller con muchos medios y llegué a operar sobre cuadros de mucha categoría". Pero las cosas se torcieron. "Comenzaron a pedirme que hiciera cosas que no me gustaban, como hacer que pinturas del siglo XVIII parecieran de mediados del XVII para venderlas mejor…". En ese momento decide que no le interesa seguir. "Me encanta mi trabajo, es vocacional. Pensé que no tenía por qué hacer lo que me pedían y me vine aquí". La elección del lugar no fue complicada -"esta casa es de mi madre. Aunque llevaba muchos años vacía, con la ayuda de amigos y familia la restauramos"-. Además, Torrelaguna tiene la ventaja de estar cerca de los potenciales clientes. "Me desplazo a Madrid, Guadalajara o a pueblos de la sierra. Todo me queda cerca". A pesar de sentirse a gusto, Lydia reconoce que las relaciones con parte del vecindario no son lo buenas que a ella le gustarían. "Desde el principio hubo problemas con algunas personas". A pesar de ello, ha tratado de integrarse en el pueblo. Por ejemplo, ha restaurado la sillería del Ayuntamiento -"aunque luego no la han vuelto a utilizar"-, e incluso le ha presentado al párroco un proyecto para restaurar las pinturas de la iglesia. "Hice fotos, le expliqué al sacerdote cómo lo iba a hacer, pedí permisos… Incluso les he recomendado medidas preventivas para que el deterioro no vaya a más. Le he dicho al cura: bueno, sé que no me vas a dejar restaurar; pero, por favor, pon este papel debajo para que la pintura no se rasgue más; pero no he conseguido nada". Además, de vez cuando, alguien del pueblo, anónimamente, le hace saber lo poco que le agrada su presencia allí. "Hace meses me robaron una maceta de la puerta de mi tienda, y, días después, apareció rota en el río". Lydia cree que estos hechos se deben a que es forastera. Pero tiene claro que su futuro está en Torrelaguna. "Tengo en proyecto montar una casa rural y combinar el alojamiento con cursos de restauración. Además, me he dado un plazo de 10 años para abrir aquí una tienda de antigüedades. Yo soy de aquí".

Marta Danés

"No me dejan ser yo misma y me agobia mucho"

Edad: 31 años, vive con su pareja y dos hijos. Orígen: Barcelona. Destino: regenta una casa rural y un taller de cerámica en Serraduy, una aldea de 50 habitantes en el Pirineo de Huesca.

La vida de Marta en Barcelona era la típica de una persona de su edad. Se casó joven, a los 21 años. "Vivía en Arenys de Mar. Tardaba una hora en ir y venir cada día a Barcelona en tren. Mis amigos, las clases de danza, la academia… Era muy feliz". No imaginaba que iba a acabar en un pueblecito de los Pirineos, pero… un día conoció a Baltasar, hermano de una amiga. "Empezamos a salir, si se puede llamar así a vernos una vez al mes y a escribirnos durante cuatro años. Hasta el quinto no me planteé venirme aquí. Luego lo tuve muy claro". Desde el primer momento, Marta quiso ganarse la vida con la cerámica. Pero no fue tan fácil. Los primeros meses en Serraduy fueron duros. "Ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de lo optimista que fui. Yo, en Barcelona vivía mi vida. Aquí tienes que vivir de acuerdo a unas normas, y, si no las compartes al cien por cien, piensan que no quieres ser como ellos, que les rechazas. No me dejan ser yo misma y eso me agobia muchísimo. Yo no he ido a los bailes que se organizan en el pueblo y se me ha criticado por ello, acusándome de no querer integrarme. A alguien nacido aquí se le tolera todo, pero, si eres de fuera, eres observado". Marta reconoce que pensaba que las cosas iban a ser muy distintas. "Eres joven, estás enamorada y piensas que todo va a ir bien. Además tienes la imagen idílica de las vacaciones: qué bonito sería vivir aquí, que lugar tan tranquilo. Ja, ja". Dice sentir mucho más estrés que cuando vivía en Barcelona. "El taller, la casa, los niños, el hotel… Tienes que organizarte y no querer hacerlo todo perfecto: si la casa queda por barrer, pues queda; si en el taller no puedo coger un encargo porque están los niños de vacaciones, pues no lo cojo. A las mujeres, desde niñas, lo primero que se nos enseña es a tener perfecta la casa. He aprendido que hay que decir basta". Ella sigue en Serraduy por Baltasar y sus hijos. "Él me entiende y me apoya, probablemente porque él también ha sido un transgresor. Si no fuera por él, quizá hubiera abandonado hace tiempo". Marta reconoce, no obstante, que vivir donde vive es un regalo. "Pocas cosas hay tan hermosas cómo ver levantarse una bruma en medio del bosque…".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004