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LA CRÓNICA

Bronca lingüística y problemas reales

El PP valenciano ha tenido la fortuna -o eso cree- de que se haya revivido el conflicto lingüístico indígena con la visceralidad y el eco mediático habituales. Hablar o discutir acerca de esta nadería de si hablamos catalán, catalán-valenciano o lemosín parece que nos neutraliza para abordar otras cuestiones enjundiosas y, lo que es más relevante, secuestra a la opinión pública el cisco interno del partido, que está cayendo en barrena como el mismo Valencia CF. No creo yo que PP gobernante esté atizando el conflicto, como hiciera irresponsablemente otrora la jauría conservadora, pero tampoco hace nada para enmendarlo, consecuente con su conocida actitud esquizofrénica de proclamar en público y a este respecto lo contrario de lo que piensa.

No obstante, y debido a la imparable inercia social, esta semana han tenido lugar dos acontecimientos de carácter empresarial que nos han concitado con la realidad más apremiante, y ésa no es otra que la pérdida de fuelle económico del País Valenciano, que es un mero eufemismo de la crisis o "desaceleración" que está emergiendo o se atisba en según qué sectores productivos. De un lado se ha presentado el Instituto de Estudios Económicos del Mediterráneo (IEEM), promovido por la patronal autonómica Cierval, y, de otro, ha tenido lugar la jornada sobre Situación y perspectivas de la economía valenciana, en la que el director general de la Societat Pública Comunitat Valenciana d'Inversions, Antonio Lis, dijo la bobada del semestre cuando exhortó a estar prevenidos con respecto a la Eurorregión por surgir ésta polarizada en torno a Barcelona y, según él, frente a Madrid. Dado su cargo, debería consultar la balanza e intensidad de tráficos comerciales entre ambas regiones litorales y emparentadas para ver cómo la cabra y los intereses tiran hacia el este. ¡A qué necedades obliga la disciplina partidaria!

No cabe en este espacio, ni siquiera procede resumir o nos incumbe valorar, los muchos asuntos tratados en los citados encuentros empresariales. Pero, genéricamente, ha quedado claro que nuestro futuro económico -y estamos hablando de la calidad de vida o sobrevivencia de cada quien- no está despejado. Tampoco hay que dramatizar, pues no hay todavía motivo bastante, pero sería una temeridad creer que la profusión de grúas construyendo edificios es sinónimo de abundancia y racionalidad. El sector del ladrillo no desfallece -atentos, sin embargo, al sesgo hipotecario que se percibe-, pero no es ésa, ni mucho menos, la tónica que se respira ni la parcela que conviene auscultar ahora.

El corolario de estos encuentros que glosamos no habla de crisis inminente, sino de la que nos amenaza, después de tantos años de retórica autocomplaciente. En la industria, empezamos -ahora- a hablar de la necesidad de marcas imperiosas cuando ya hay movimientos -Noami Klein, No Logo. El poder de las marcas- que las combaten. El minifundismo empresarial -esa lacra- sigue en danza al tiempo que se reclama mejor preparación del personal cuando hay más producción de titulados académicos que capacidad de absorción. En turismo se ha abierto el melón del sol y playa como fórmula todavía válida o esquilmada y, para colmar esta semana tan repleta de sugestiones economicistas, nos proponen apostatar del naranjal y entregarnos al cultivo de las cespitosas, que es sinónimo del golf, rascacielos y residente de lujo.

Los ponentes de todos estos capítulos y cuantos han participado en la reflexión colectiva, economistas y empresarios, están al cabo de la calle de cuáles son los problemas que nos acechan. Tampoco se hurtan al observador mínimamente interesado, pues hay sobrada divulgación y bibliografía sobre los mismos. La cuestión, pues, no es el diagnóstico, sino el cómo se ata la mosca por el rabo. Esto es, cómo se afrontan las soluciones y diseñamos el país que queremos y posible. Una tarea prospectiva, especialmente, para políticos que no estén exclusivamente interesados en conservar los atributos del poder o nómina. Pero esa especie es muy escasa en la fauna al uso. Persiste la observación fusteriana: som un pais sense política, todavía. Prueba de ello es que no hemos podido dirimir cómo hay que denominar el idioma que la inmensa mayoría mamamos.

ALCALDESA ARROGANTE

En esta columna hemos abogado por el justo protagonismo de Valencia -y especialmente de su Ayuntamiento- en la organización de la Copa del América, no obstante la contribución económica decisiva del Gobierno central. Pero protagonizar no equivale a acaparar, repeliendo incluso el menor intento de colaboración en el evento por parte de la oposición y, sobre todo, del PSPV. No es de recibo el "ninguneo" al que la alcaldesa somete a este partido y a su portavoz en el consistorio. Hábil manera de incitar a que Madrid cierre el grifo de los euros y la regata se convierta en una carrera de sacos. Sobra arrogancia, falta democracia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004

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