Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Entrevista:LLUÍS PASQUAL | Director de escena

"La abstracción teatral con Wagner ya no vale"

Le enumeraba Lluís Pasqual (Reus, Tarragona, 1951) el año pasado a un amigo amante de la lírica sus proyectos operísticos mientras viajaban juntos en coche -Le comte Ory, en agosto de 2003, en Pesaro; Peter Grimes, en el Liceo de Barcelona, en enero de 2004; Fidelio, en marzo, en Génova (finalmente no realizado); y Don Giovanni, en otoño de 2005, en el Teatro Real de Madrid-cuando éste le espetó: "¿Y después?". "Sólo podría hacer Tristán e Isolda, pero tendría que ser antes de Don Giovanni", dijo Pasqual. Y mientras aparcaba el vehículo sonó el móvil. Era su agente de Estados Unidos que le decía: "Te proponen hacer Tristán e Isolda, ¿qué les digo?". Rotundo, Pasqual dijo "sí" sin pensárselo dos veces. No podía negarse a un deseo formulado en voz alta minutos antes. No podía negarse a un Wagner, ¡su primer Wagner!, que hoy empieza a ensayar en el teatro San Carlo de Nápoles, donde abrirá la temporada del coliseo napolitano el próximo 30 de noviembre bajo la dirección musical de Gary Bertini.

"La música no forma parte del oficio del director de teatro, pero en ópera es de donde sale todo y yo necesito que la música me atrape, me enloquezca"

"Las propuestas de Esperanza Aguirre a Albert Boadella me parecen un ejercicio de mercadotecnia y cinismo como sólo ella es capaz de hacer"

A Lluís Pasqual se le ve relajado, contento, satisfecho, casi podría decirse que feliz. Acude a la cita con el último libro de Gabriel García Márquez, Memorias de mis putas tristes, bajo el brazo. Se lo acaba de comprar. "Voy por la página 46", dice evidenciando el ansia por terminar pronto su lectura. ¿Miedo ante Tristán e Isolda? "Mucho", afirma simulando un convincente estremecimiento. ¿Arrepentido? "Por ahora no, pero me arrepentiré el lunes [hoy] cuando empiece los ensayos, porque con Tristán pasa lo mismo que con Don Giovanni, que por mucho que hagas no puedes abarcarlo todo, sólo puedes hacer una parte. Y aunque como oyente no soy novato en Wagner, sí lo soy como director de escena. La música de esta ópera es tan dura que precisa unos pulmones gigantes, porque el aire nunca es suficiente, no sólo para quien ha de cantarla, también para quien ha de dirigirla. Y cuando has terminado piensas que ya no puedes hacer nada más. Es como con Parsifal".

Tras medio siglo de puestas en escena abstractas de las óperas de Wagner, iniciadas desde el santuario wagneriano de Bayreuth por Wieland, uno de los nietos del compositor, Pasqual ha decidido en su debú con Wagner olvidar la abstracción para seguir el argumento. "Cuando era estudiante tuve a un profesor de Arte que empezó su primera clase diciendo: 'El primero que filmó una puesta de sol fue un genio, y el último un gilipollas'. Con las producciones de óperas wagnerianas pasa lo mismo, después de 50 años de abstracción teatral, ésta ya no vale, no significa nada para el público, porque ya lo ha visto todo y le da igual si es una u otra puesta en escena. Si el trabajo de un director de escena es el de hacer que el público vuelva a escuchar una ópera a partir de que la pueda volver a ver, me ha parecido que lo mejor era no volver al realismo, porque Wagner no es nunca realista, sino seguir el argumento, que acaba perdiéndose en las puestas en escena abstractas donde los actos son intercambiables entre sí".

Tristán e Isolda es a la vez una ópera épica, una ópera lírica y una ópera dramática. ¿Cómo hacer para que las tres estén presentes en una única puesta en escena? La idea de Lluís Pasqual ha sido situar cada uno de los tres actos en tres épocas diferentes de la historia. "Siempre se ha dicho que Tristán es una ópera que traspasa el tiempo y yo he querido recorrerlo desde el mismo origen medieval del poema en el que se basa la obra hasta la actualidad". Así, el director sitúa el primer acto en el siglo XIII, en un barco de mármol negro sobre un mar de plata; el segundo, con la pasión desenfrenada de los amantes adúlteros, en un parque burgués con cipreses de mármol coincidiendo en el tiempo con la época en que Wagner vivió y con su pasión amorosa, culpable, burguesa, por Mathilde, la esposa del industrial suizo Otto Wesendock, que lo alojó en su casa durante un año; y el tercer y último acto -"pura filosofía", afirma- lo sitúa en la actualidad en un hospital. "Lo uno todo estilísticamente a través del vestuario y el decorado", precisa.

Desborda pasión el director de escena catalán cuando habla de Tristán e Isolda, ópera con la que asegura haber vuelto a practicar el yoga. "Lo necesitaba. La música no forma parte del oficio del director de teatro, pero en ópera es de donde sale todo y yo necesito que la música me atrape, me enloquezca. He de interiorizarla para que luego puedan salir todos los sentimientos que hay en ella y para eso tiene que llegarme el aliento y no me llegaba. Pero desde hace dos meses ya no me siento asmático y la respiración me alcanza para toda la ópera. Estoy preparado para empezar los ensayos, para sumergirme en Tristán e Isolda las 24 horas del día, para acostarme con Wagner y levantarme con él. Sé que lo que digo parece angustioso, pero no es nada desagradable", certifica. Y en el teatro, ¿es igual? "Con el teatro no me pasa, no sueño con la obra que estoy ensayando. En el mundo del teatro las dificultades se las crea uno mismo".

Tras el estreno de Tristán en Nápoles, Lluís Pasqual presentará a la dirección del Teatro Real el próximo diciembre su proyecto de Don Giovanni para inaugurar la temporada 2005-2006 del coliseo madrileño. Una ópera que ya ha decidido cómo quiere hacer. "Hay más tradición con Don Giovanni, nos es más cercana que Tristán, pero no por ello es más fácil", advierte. "Quiero hacerla en un espacio pequeño, como cuando se estrenó en Praga, y situarla en una época no muy lejana históricamente para que el público pueda sentirse dentro. Quiero ambientarla justo después de la Guerra Civil ".

Y en enero, se reencontrará con el teatro. Empezará a ensayar en Madrid una nueva producción de Roberto Zucco, de Bernard-Marie Koltès, con escenografía del artista plástico Frederic Amat que estrenará en marzo en el María Guerrero. Y estrenado ya el Don Giovani, iniciará en otoño de 2005 su labor de asesoría teatral del Arriaga de Bilbao por tres años con los ensayos de Hamlet, inicialmente proyectado para el Fórum de las Culturas de Barcelona que el propio director retiró de cartel alegando recortes económicos y artísticos y que ahora estrenará en Bilbao entre finales de enero y principios de febrero de 2006.

Se le ve ilusionado al director con este trabajo de asesor del teatro bilbaíno. "Lo hago porque el Arriaga es un teatro con salud, algo no siempre fácil de encontrar", afirma. "Por salud, me refiero a que tiene muy buena relación con su público y la ciudad y ofrece una programación variada con ópera, danza, teatro, poesía, rock, cine... que abastece un amplio espectro social. Además, después de haber estado en muchos sitios, no creo que ni en Madrid ni en Barcelona se pueda crear de forma tranquila. Son lugares muy mediatizados, con mucha competencia, donde los teatros públicos hacen programaciones con el único fin de llenar el aforo de la sala, sin que se diferencie con lo que ofrecen los teatros privados. Esto me disgusta, no es bueno. No voy a dejar de trabajar en Madrid o en Barcelona, pero para empezar un proyecto como el que deseo hacer necesito tiempo y espacio y prefiero una ciudad como Bilbao, más tranquila, más pequeña".

¿Qué opinión le merece la propuesta de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, primero de ofrecer la dirección de un teatro a Albert Boadella y luego la de encargarle una obra sobre el Quijote? "Me parece un ejercicio de mercadotecnia y cinismo como sólo ella es capaz de hacer".

No considera Pasqual que la marcha reciente de directores de escena y dramaturgos residentes en Cataluña a otras comunidades, como los casos de José Sanchis Sinisterra y Mario Gas a Madrid, el suyo propio a Bilbao o las propuestas de Aguirre a Boadella sean producto de un plan de trasvase. "En esto sólo nos fijamos los catalanes porque son de aquí, o han trabajado mucho tiempo en Cataluña, pero desde fuera las cosas no se ven así. Yo me fui a Madrid en 1983 y los únicos que lo hicieron notar fueron los catalanes. En Madrid me dijeron hola, buenos días, y esto fue todo. En Madrid hay gente de todas partes y no les importa de donde vengas, pasa ahora y ha pasado antes. Te contratan por lo que eres, no porque procedas de un lugar determinado. Todo lo demás son fantasmas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de octubre de 2004