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Análisis:LA LUCHA CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO

Qué son el efecto invernadero y el cambio climático

A veces se tiende a ligar repetidamente dos conceptos, hasta el punto de que pueden acabar por considerarse similares, cuando en realidad no lo son. Es el caso de la relación que suele establecerse entre el efecto invernadero y el cambio climático. Tanto es así que, por ejemplo, sin el efecto invernadero no podríamos vivir en nuestro planeta, mientras que, por el contrario, el cambio climático podría provocar serios perjuicios a la humanidad.

El efecto invernadero es una función natural de la atmósfera terrestre que contribuye notablemente a calentar la superficie de la Tierra. Sin él el promedio global de la temperatura en la superficie sería de -18º, en vez de los 15º actuales. Esto se explica porque la superficie terrestre no sólo recibe calor en forma de radiación procedente del sol, sino también de la atmósfera. En esencia esto ocurre porque la atmósfera contiene pequeñas proporciones de ciertos gases que absorben casi todo el calor radiado por la superficie terrestre, pero relativamente poco del que llega del Sol. Éste es el fundamento del efecto invernadero, y por esa causa se les llama gases de efecto invernadero, o GEI. Los principales son el vapor de agua, el dióxido de carbono (CO2

) y el metano. Sus concentraciones promedio en el aire obedecen a balances entre procesos que los generan y los destruyen. Si uno de tales balances se altera y aumenta la presencia en el aire de alguno de los GEI, entonces se incrementa la cantidad de energía que absorbe la atmósfera, provocando una mayor emisión de calor hacia la superficie terrestre, lo que podría traducirse en un incremento de la temperatura del aire cercano al suelo. Es decir, un cambio climático a escala global. Ahora bien, el responsable de ese cambio climático no es el efecto invernadero, sino la mayor abundancia en el aire de alguno de los GEI que contribuyen a tal efecto.

Desde mediados del siglo XIX hasta ahora se tiene evidencia científica de que la concentración global de CO2 en el aire ha aumentado casi un 35%. Algo similar ha ocurrido con otros GEI. De forma incuestionable, estos incrementos sólo pueden atribuirse a actividades humanas. En el caso del CO2, fundamentalmente a la emisión masiva de GEI en procesos de combustión y, en menor medida, a la alteración en el uso del suelo, como la deforestación.

Por otra parte, se tiene una constancia irrebatible de que la temperatura media global en la superficie terrestre ha aumentado casi 1º a lo largo del siglo XX. En lenguaje científico eso es un cambio climático, pues dicha alteración es muy superior a la variabilidad natural del clima a lo largo de los anteriores 1.000 años. La cuestión es si ambos hechos están relacionados.

La única herramienta de que dispone la ciencia actual para discernir lo que ocurre en el sistema climático son complicados modelos matemáticos de simulación del clima. Gracias al extraordinario esfuerzo de miles de científicos, los modelos climáticos actuales han llegado a ser capaces de reproducir los rasgos fundamentales del clima terrestre a lo largo de los últimos 100 años, tanto a escala global como a escalas continentales e incluso regionales, lo que es un indicativo de su fiabilidad. Pues bien, todos estos modelos, sin excepción, atribuyen la mayor parte del cambio climático observado en el ultimo siglo al incremento antropogénico de los GEI en el aire.

Pero lo más preocupante es que esos mismos modelos nos dicen que el cambio climático observado podría incrementarse en los próximos decenios. Y que, si el ritmo de aumento en la emisión de GEI por actividades humanas no se reduce, el cambio podría ser aún mayor, hasta llegar a inducir impactos no deseables en muchas regiones del planeta, con efectos serios sobre las actividades socioeconómicas e incluso sobre la salud.

Pero los científicos no se limitan a lanzar esta seria advertencia, también proponen estrategias para mitigar la amenaza que sean compatibles con el desarrollo económico y tecnológico, e investigan para discernir las zonas del planeta más vulnerables y para diseñar acciones de adaptación a los posibles cambios climáticos a lo largo de este siglo. En resumen, se trata de uno de los mayores retos a los que se enfrenta la ciencia en la actualidad.

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Manuel de Castro es catedrático de Física de la Atmósfera en la Universidad de Castilla-La Mancha

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de octubre de 2004