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Crítica:

Anatomía del fascismo

Emilio Gentile intenta explicar los rasgos básicos del fenómeno fascista en Italia: el partido, su relación con el Estado y la evolución del liderazgo de Mussolini.

En los últimos treinta años, la obra de Emilio Gentile ha contribuido a una renovación decisiva en el conocimiento del fascismo italiano. Discípulo de Renzo de Felice, Gentile definió una vía propia de análisis a partir del supuesto de que la ideología era una dimensión del fenómeno fascista que no podía ser ignorada.

A una primera investigación de conjunto sobre el tema, Los orígenes de la ideología fascista, 1918-1925, de 1975, han seguido hasta la fecha sucesivos desarrollos, en los cuales, por una parte se ahonda en el conocimiento de los antecedentes o del contexto del fascismo italiano, y por otra se aplica un microscopio, sometido también a permanente renovación metodológica, a los aspectos fundamentales del proceso de construcción del régimen.

FASCISMO. HISTORIA E INTERPRETACIÓN

Emilio Gentile

Traducción de Carmen Domínguez Gutiérrez

Alianza. Madrid, 2004

325 páginas. 22 euros

Sirvan de ejemplo El mito del Estado nuevo (1982), libro en el que revisa la compleja gestación de un nacionalismo antiliberal cuyas corrientes acaban fundiéndose en el ideario fascista, y El culto del lictor. La sacralización de la política en la Italia fascista (1993), excelente trabajo acerca de la constitución del fascismo como religión política, a partir del estudio de sus rituales y de su simbología.

Llega a partir de este momento también la hora de integrar las visiones precedentes, insistiendo en la pertinencia de aplicar al fascismo italiano el concepto de "totalitarismo", no como tipo perfectamente acabado, sino como proceso de transformación radical de las instituciones democráticas, como "experimento totalitario", que tiende a un sistema político basado en la fusión de Estado y partido, en régimen de monopolio de poder, que movilizando en su integridad los resortes del mismo busca un nuevo tipo de vinculación, a modo de una religión política, y en el límite persigue la creación de un nuevo tipo de ser humano.

En esta línea se sitúan La vía italiana al totalitarismo (1995, recién publicado en francés por Rocher, con un epílogo polémico) y Fascismo. Historia e interpretación (2002), cuya versión española, algo rugosa -¿por qué dejar sin traducir Gran Consiglio o gerarchi?-, ofrece ahora Alianza. Acaba de aparecer también en las librerías, publicado por Biblioteca Nueva, el libro colectivo Fascismo y franquismo. Cara a cara, del cual Gentile es coeditor y en el que incluye dos breves ensayos.

En Fascismo, Emilio Gentile

trata de individualizar y de explicar los componentes fundamentales del fenómeno fascista: el partido, su relación con el Estado, la forja y evolución del liderazgo carismático personalizado en Mussolini, su carácter de religión política. El capítulo sobre el Duce nos presenta la trayectoria siguiendo la cual la dirección política de un movimiento escasamente estructurado cobra la forma con la que ha pasado a la historia, y también el desgaste que la misma sufre desde mediados de los años treinta, cuando la construcción política del mito, elaborada conscientemente por el propio Mussolini, acabó apoderándose de él.

El fascismo es, a juicio de

Emilio Gentile, diferente del nacionalsocialismo, y por supuesto del comunismo, pero esa especificidad no niega su condición de experimento totalitario. Y de movimiento revolucionario, por cuanto pretende una mutación radical del poder, e incluso un cambio antropológico. Frente a Togliatti, el fascismo es para Gentile un fenómeno revolucionario de masas; reaccionario de nuevo tipo, añadiríamos, en la medida que recupera formas de irracionalidad premodernas y las desarrolla sirviéndose de una tecnología actual.

La formalización del análisis supone únicamente renuncia a introducir valoraciones y elementos ideológicos. No significa asepsia. Gentile subraya en su capítulo final que no es lo mismo estudiar hoy el feudalismo que el fascismo, ya que implica la exigencia de explicar fenómenos que siguen hoy gravitando sobre la vida de las democracias. Por eso se trata de producir "un conocimiento racional del pasado humano, incluso en sus manifestaciones más irracionales".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de octubre de 2004

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