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Reportaje:

Hagan sitio para los idiomas

Aprender de niño una segunda lengua incrementa la materia gris en un área cerebral

El saber no sólo ocupa lugar en el cerebro, sino que adquiere nuevos terrenos cuando no cabe en los antiguos. Andrea Michelli y sus colegas del University College, en Londres, acaban de demostrar que las personas bilingües tienen más densidad de materia gris en un área del cerebro implicada en el lenguaje. Esto es cierto incluso en los bilingües tardíos, que han aprendido el segundo idioma entre los 10 y los 15 años de edad, pero es mucho más acusado en los bilingües tempranos, que lo han aprendido antes de cumplir 5 años.

Los resultados, que se presentan hoy en Nature, se basan en el examen (por técnicas de imagen no invasivas) de los cerebros de 58 personas bilingües en inglés e italiano (25 tempranos y 33 tardíos) y 25 monolingües. Todos los sujetos eran británicos de similar edad y nivel educativo.

La técnica permite a los investigadores examinar la densidad de materia gris (neuronas) en todo el cerebro. La única región que experimenta un incremento de materia gris al aprender una segunda lengua es un sector del córtex parietal inferior izquierdo (más o menos encima de la oreja izquierda). Ya se sabía, por otro tipo de experimentos, que esa zona está implicada en la fluidez lingüística. También se aprecia un aumento de materia gris en la posición simétrica (encima de la oreja derecha), pero su magnitud es menor. El resto del cerebro no parece responder al bilingüismo.

Mechelli y sus colegas también midieron el grado de dominio de la segunda lengua en sus voluntarios, mediante pruebas psicológicas convencionales para la comprensión y la producción del habla, la lectura y la escritura. De manera esperable, el dominio de la segunda lengua es mayor cuanto menor es la edad a la que el sujeto la aprendió. Pero, curiosamente, también es mayor cuanta más densidad de materia gris aparece en el sector cerebral mencionado antes. La correlación es espectacular: un poco más de materia gris se asocia a un poco más de competencia en el segundo idioma, mucha más materia gris se asocia a mucha más competencia, y con todos los grados intermedios.

Los datos permitirían a los científicos saber qué tal habla inglés un español sin haberle oído hablar jamás. Bastaría medir su materia gris con un escáner para suspenderle en el Proficiency.

El trabajo se añade a una lista creciente de evidencias de que el cerebro es capaz de reajustar su estructura en respuesta a las demandas del entorno, sobre todo en los primeros años de vida. Hagan sitio para los idiomas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de octubre de 2004