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Crítica:

Uno entre todos

El autor martiniqueño Édouard Glissant plasma en este libro las variaciones de su formulación poética, al tiempo que describe la formación de la conciencia poética.

A lo largo de los años, el espléndido autor martiniqueño Édouard Glissant ha ido plasmando en libro las variaciones de su formulación poética. Existe la tendencia a catalogarlo todo y enseguida, pero esa cómoda inteligencia académica choca de frente ante estos volúmenes donde ars poetica se combina con su ejercicio, los impulsos son medios y son fines, se utiliza la prosa poética para distinguir prosa de poesía, un sutil hilo narrativo desdeña cualquier formulación teórica y, sin embargo, nada es confuso. Y eso se produce porque todo en Glissant es individualidad, y esa manifestación da constantes rodeos en torno a dos palabras clave: medida y orgánico. La medida es orden, es forma del contenido. Lo orgánico es contenido de la forma. Aunque Glissant figura como uno de los faros de la literatura poscolonial, en su tendencia más excluyente y banal, como a veces se le excluye también, y de modo no menos frívolo, desde los estamentos canónicos, nada hay más distinto que Glissant a la indolencia y a la falta de reflexión, a la arenga vacía, al lirismo de coco y cacatúa.

SOL DE LA CONCIENCIA

Édouard Glissant

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

El Cobre. Barcelona, 2004

89 páginas. 14 euros

Sol de la conciencia (1956) inicia la serie que seguirá con La intención poética (1969), Poética de la relación (1990) y Tratado de Todo-Mundo (1997). Aunque forma parte de un ciclo, la que aquí comentamos tiene un carácter independiente y un objetivo meridiano: la formación de la conciencia poética. Glissant nos muestra esa formación en cinco actos, los que llevan desde una mirada que va a necesitar de la poesía al poeta y al poema que son, es, uno entre todos. Esa historia que lleva de un punto a otro se ambienta en un París que es imposible transmutar en los paisajes de la Martinica. Esa imposibilidad crea tensión.

En ese ambiente y a través

de esos cinco actos, Glissant nos cuenta de la intuición del estilo, de las diferencias entre sentirse poema y lograr poemas, del peligro y la ventaja del desarraigo, de cómo el poeta, hecho poeta, se instala en el mundo, de cómo se enfrenta al racismo (en una definición casi perfecta: "No es lo que me oprime, sino lo que me lastra"), se interroga acerca de las miserias de la sociedad literaria, se compromete con la literatura y entiende que ése es suficiente compromiso político; de cómo define, ya en 1956, no lo olvidemos, lo que hay de auténtico en lo multicultural, lo que emana y se filtra a través de la metrópolis. Finalmente, en la inquietud, en la resolución mediante un poema, combina experiencia y conocimiento.

Para que se hagan una idea aquellos que no han tenido la ocasión de leer a Glissant, hay cierto aire de familia entre él y Alejo Carpentier. Glissant es menos orfebre, eso sí. Su barroco es luminoso, pero no monumental. Esa familiaridad me hace pensar que el criollo, como la prosa de Carpentier respecto al español, y no es broma, se asemeja al francés del XVII con sintaxis africana. A eso Glissant añade en largos periodos una síncopa que alterna inquietud y relajo. Hay que decir también que esa sintaxis ha sido respetada por la traductora y la lectura requiere un esfuerzo. Y que ese esfuerzo vale la pena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de octubre de 2004

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