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Crítica:

Un gran señor de antaño

Belga francófono, el Príncipe de Ligne escribió, en la segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del XIX, reflexiones morales, apuntes de viaje, retratos de personajes célebres y diálogos filosóficos. Charles Joseph de Ligne reivindicó la frivolidad y los placeres hasta el punto de afirmar: "Por más que yo pudiera ser profundo, no me tomaría nunca el trabajo de serlo".

Al leer hoy mismo la devastadora noticia del incendio en la biblioteca de Weimar, se me ha venido a la cabeza -¿caprichosamente?- la memoria del Príncipe de Ligne. ¿Cuántas páginas suyas habrán ardido en esa deflagración? En la antigua biblioteca de Weimar se guardaban principalmente obras de la segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del XIX, precisamente el periodo cubierto por la actividad literaria del Príncipe.

Goethe, uno de los antiguos rectores del centro cultural siniestrado, tuvo a De Ligne por el hombre más feliz de su época. Es esa felicidad, por cierto que dudosa como cualquiera otra, la que buscamos en sus escritos y no pensamientos profundos o alambicadas teorías sobre el universo. Charles Joseph de Ligne odiaba lo indigesto, según su propio testimonio: prefería las comidas delicadas, ligeras y la frivolidad, de cuya permanencia paradójica no dudaba: "Por más que yo pudiera ser profundo no me tomaría nunca el trabajo de serlo".

AMABILE, OBRAS ESCOGIDAS DEL PRÍNCIPE DE LIGNE

Selección, traducción, prólogo

y notas de Jorge Gimeno

Pre-Textos. Valencia, 2004

335 páginas. 25 euros

Nació en Bélgica, escribió en un prístino francés y vivió un poco aquí y otro allá, en toda Europa. Se encontraba igualmente a gusto en los campos de batalla y en los salones aristocráticos. Disfrutó a fondo la doucer de vivre en el Antiguo Régimen y tampoco lo pasó mal después de la revolución, pese a que tuviera que someter su casa a un régimen más modesto. Descubrió que por lo general las mujeres de su época se aburrían y decidió voluntariosamente entretenerlas, aunque de modo no del todo desinteresado: por lo visto le fue extraordinariamente bien. Pero su gran pasión fueron los jardines, a cuyo cuidado y embellecimiento dedicó muchas horas y numerosas páginas. Su château de Beloeil se convirtió en un lugar de peregrinación para los aficionados al arte de la jardinería.

Escribió reflexiones morales, apuntes de viaje, retratos de personajes célebres (Rousseau, Voltaire, Casanova, Catalina de Rusia, Napoleón, Chateaubriand...), diálogos un poquito filosóficos y notas autobiográficas en las que no falta lo que hoy llamaríamos cierta coña marinera. Nunca pretendió resultar subversivo ni se mostró clarividente o por lo menos simpatizante con lo por venir. Quienes gustan de leer autores del pasado con el pretexto de que "son más actuales que nunca" no deben acercarse a De Ligne, porque su interés estriba en que piensa y escribe desde un mundo definitivamente periclitado, al que ya sólo podemos acceder a través de anacrónicos testimonios como el suyo. Sus planteamientos sociales o históricos, su visión de los criados o las mujeres, no es que sean ahora "políticamente incorrectos", sino que se sitúan al margen de lo que podemos considerar recomendaciones prácticas para el presente. ¿Cómo reaccionar, por ejemplo, frente a alguien que moraliza así?: "La verdad está en el placer. Que el deber forme parte de él. Una vez cumplido, que no haya sino disipación, alegría, juego, caza, fiestas, teatro, buena mesa, buena sociedad, cosas extraordinarias, locura incluso, y locuras: pero siempre dentro del buen gusto". Un buen gusto, por supuesto, no exento de picante: en su semblanza de Voltaire, tan vivaz y circunstancial como todas las suyas, no omite mencionar un cuesco monumental que se le escapó al gran hombre en la intimidad cuando estaba en pleno esfuerzo creativo...

Jorge Gimeno ha preparado una edición admirable de las obras del Príncipe, magníficamente traducidas (empeño nada fácil) y anotadas, que Pre-Textos presenta con su primor habitual. Una joya nostálgica pero también misteriosamente tonificante para paladares un poco más selectos de lo habitual. Charles Joseph de Ligne murió en 1815, en pleno congreso de Viena, a la salida de un baile. Tenía setenta y nueve años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de septiembre de 2004