Reportaje:ROLAND VON HOESSLIN | AVENTUREROS

Un héroe ingenuo contra Hitler

Qué víctimas vuelven a caer aquí, y precisamente en los pequeños círculos de los últimos hombres caballerescos, de los espíritus libres, de los que sienten y piensan allende las pasiones sórdidas", escribe en su diario (Tusquets) Ernst Jünger, horrorizado por la represión a raíz del atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944. "Y sin embargo, estas víctimas son importantes porque evitan que la nación como conjunto caiga en las espantosas simas del destino".

Son palabras que podrían servir de epitafio para nuestro desventurado y muy romántico conspirador, el mayor Roland von Hoesslin -tan jungeriano-, que el 13 de octubre de 1944 será ahorcado, previa condena por alta traición y expulsión con deshonra del ejército. A sus padres (el general Hubert von Hoesslin y su esposa, Rose), el monstruoso régimen nazi les hará pagar, en un gesto añadido de sadismo, los gastos del proceso, incluidos los 125 reichmarks del salario del verdugo.

Para el ahorcamiento de los conspiradores no se usa soga, sino cuerdas de piano colgadas de un gancho de carnicero
Su vida cambió al ser herido cuando luchaba en el Afrikakorps. Convaleciente en Alemania, se implicó en la conjura de la mano del conde Stauffenberg

Roland von Hoesslin, chapucero golpista, es uno de esos pequeños personaje de la historia hacia los que es difícil no sentir simpatía. Nacido el 21 de febrero de 1915 en Múnich, su vida no hubiera sido diferente a la de otros arrojados oficiales de su época de no ser por una bala: la que le alcanzó en el antebrazo derecho el 12 de julio de 1942 cuando al frente de su batallón de fusileros motorizados del Afrikakorps asaltaba una posición de búnkeres ingleses en Deir el Shein, en el desierto libio. El proyectil penetró hasta el codo, destruyendo nervios y tendones y paralizando totalmente el brazo. El joven oficial mutilado, de 27 años, pasó el resto de la guerra (hasta su detención) en tareas de instrucción en Alemania, lo que le permitió observar de cerca el espanto del régimen hitleriano.

Una reciente biografía escrita por otro militar que sirvió en el mismo regimiento, August von Kageneck, presenta las cartas escritas por el oficial a su familia durante sus años de servicio y desde la cárcel (hay edición en francés: De la croix de fer à la potence -De la cruz de hierro a la horca-, Perrin, 2004). "Me preparo para mi última batalla", escribe el 12 de octubre de 1944 sabiendo que le espera la pena capital. "Me vuelvo a ver en el desierto, pero esta vez detrás del horizonte espera la inmensidad del universo (...). Mi corazón tiembla, pero no desfallece. Sólo el dolor del último instante permanece en suspenso". Y añade: "Los hechos hablan contra mí. Pero el juicio final pertenece a la historia, incorruptible, que tendrá la última palabra".

Un gran jinete

Descendiente de una vieja familia de la nobleza suaba, Von Hoesslin devoraba desde niño libros sobre Napoleón y Federico el Grande y aprendió pronto a montar formidablemente a caballo. En 1934, el joven ingresó voluntario en el muy tradicional y elitista 17º Regimiento de Caballería de Bamberg, donde era conocido por sus maneras como "el marqués". Durante la invasión de Polonia, en su primer combate, ganó la Cruz de Hierro. En 1941 es destinado al Afrikakorps -África, ese gran ingrediente de toda vida aventurera-. Sus cartas desde Libia revelan una emoción vital teñida de lirismo: "22 de marzo de 1941, en algún lugar de África. Todo está aquí en movimiento permanente. Detrás de nuestro cuartel general se extiende el Mediterráneo, único resto inviolado de una belleza milenaria y último refugio de nuestras certitudes vacilantes". El joven oficial, que viaja continuamente como enlace en un pequeño todoterreno o una motocicleta, describirá desde Tobruk el espectáculo fascinante de los stukas zambulléndose sobre sus objetivos, pero también el del ghibli, el viento de arena que llega inmisericorde desde las profundidades del desierto. Un día está a punto de morir como Isabelle Eberhardt cuando unas lluvias torrenciales arrasan su campamento en un wadi: lo pierde todo, incluso una caja de champaña que guarda para las grandes ocasiones y cuyo dorado contenido es bebido ansiosamente por las envidiosas dunas.

Varado en Alemania tras su herida, la vida de Von Hoesslin se va deslizando inexorablemente hacia la oposición al nazismo mientras se dedica a frecuentar a la alta sociedad a la que pertenece (conocerá a Missi Vassiltchikoff -implicada en, como ella la denomina, die konspiration-, una mujer de la que El Acantilado acaba de publicar sus maravillosos diarios de Berlín). Allí, entre recepciones y veladas de teatro, música y danza, las críticas al hitlerismo son moneda corriente. Son los blau-blütige schweinehunde und ve-rräter, los canallas y traidores de sangre azul, como los califican las SS.

"¿Crees que bajo semejante régimen tenemos aún el derecho de ganar la guerra?", le dirá a un amigo en 1943 Von Hoesslin. Devenido jefe de batallón en una escuela de oficiales de reconocimiento blindado en Prusia oriental, cerca del cuartel general de Hitler (la Wolfsschanze), objetivo del atentado de Stauffenberg -que ya le ha reclutado-, el joven oficial, por disponer de tropas se convierte en pieza valiosa para la conjura. Se le comunica que el atentado ha sido fijado para el 15 de julio, y ese día nuestro hombre, voluntarioso e imprudente golpista, con dos pistolas al cinto, pone en marcha sus tres compañías motorizadas y las lanza hacia Könisberg. A medio camino se detienen: el putsch ha sido aplazado. Regresan, pero Von Hoesslin, con el amago, ya se ha puesto la cuerda al cuello.

Parodia de juicio

Los días previos a su arresto por la Gestapo, el 28 de agosto, Von Hoesslin piensa en suicidarse, pero no en huir. El juicio, una parodia, es filmado para deleite de Hitler. La sentencia, la esperada: condena a muerte, "en nombre de la higiene". Von Hoesslin es llevado directamente al lugar de la ejecución. Para el ahorcamiento de los conspiradores no se usa soga, sino cuerdas de piano colgadas de un gancho de carnicero. El cuerpo del valiente oficial es incinerado y las cenizas dispersadas al viento. "Si un día, de aventura, estáis reunidos y pensáis en mí", había escrito a sus amigos en una de sus últimas cartas, "id a buscar una buena botella a la bodega y vaciadla a mi salud. Espero que reiréis bien de las manías de vuestro marqués y de la muerte extravagante que se eligió. Venga lo que venga, la vida fue hermosa". Es difícil que la memoria no nos lleve de nuevo al desierto y a esa imagen del champaña absorbido por la arena, metáfora de una vida noble derramada sobre la ardiente piel de un tiempo terrible.

La conjura de los mutilados

ROMMEL LE ENCARGARÁ a Von Hoesslin escribir el diario del Afrikakorps; sin embargo, logrará incorporarse a una unidad de combate en primera línea como jefe de compañía del 33º batallón de reconocimiento blindado. Con ella hará la guerra de la manera más aventurera -"dueño de mí mismo"-, visitará oasis, practicará incursiones al estilo del Escadron blanc de Peyré y llegará hasta el punto más al sur de las tropas alemanas en África, cerca de Gasr el Habid, donde podemos imaginarle, ¿por qué no?, escoltando con sus autoametralladoras el inicio de las audaces misiones del conde Almásy... Su defensa del oasis de Coefa con un puñado de hombres y cañones, donde hace prisioneros a 800 ingleses atacantes, consolida su fama de audaz. Pero el destino aguarda al héroe en El Alamein: es en los prolegómenos de esa batalla, luchando por el fuerte de Deir el Shein, cuando Von Hoesslin es herido. Volverá a casa con la Cruz de Caballero (obtenida sólo por 7.000 hombres de los 18 millones de soldados alemanes), pero con la mano derecha inútil y deformada, "semejante a la garra de un ave de presa".

En Berlín, nostálgico del desierto, vivirá el shock de la derrota de Stalingrado y contactará con un oficial, camarada de su mismo viejo regimiento, que parte a su vez para África y le requiere información: Claus Schenk, conde Von Stauffenberg. Éste regresará pronto, porque pocos días después de llegar a Túnez es herido muy grave en un ataque aéreo: pierde un ojo y la mano derecha. Un rasgo común, pues, esa mutilación de los conjurados, verdaderos Mucios Scevolas lanzados contra el maligno Porsena de la esvástica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 28 de agosto de 2004.