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Reportaje:Atenas 2004 | Ciclismo, la primera gran opción de medalla española

Ozono en el aire

Los corredores sufrirán hoy en sus pulmones la contaminación ateniense

A Igor Astarloa le molestaba el calor. "No sé", decía el campeón del mundo al mediodía del ferragosto ateniense, calles desiertas, sol de plomo, ni una brizna de brisa; "estoy como mareado por el calor, pero no..., no he notado dificultades respirando". Desde luego, a Igor González de Galdeano respirar le cuesta más de lo habitual desde que llegó a la capital griega. Es la contaminación, le dicen. "¿Contaminación?", responde; "entonces tendré que llevar el Ventolín bien a mano por si me llega una crisis". González de Galdeano forma parte de ese 20% de los ciclistas profesionales que oficialmente son asmáticos, que cuentan con una justificación terapéutica para utilizar medicamentos, como el Ventolín, prohibidos para los demás deportistas. Sus pulmones podrán, por lo menos, luchar contra los perniciosos efectos de la contaminación ateniense.

El límite de los 120 microgramos por metro cúbico se superaba ayer en la zona de la prueba

Peor lo tendrán los demás.

Y, aunque ni Astarloa, Óscar Freire, Alejandro Valverde o Iván Gutiérrez -el resto del equipo olímpico español, que ayer conoció el circuito de la carrera de hoy- citaron problemas respiratorios, los demás serán muchos. Según la revista Nature, aparte de ese 20% de asmáticos, hasta un 30% más de los atletas de fondo que compitan en Atenas -con más probabilidad aún, los ciclistas, que lo harán en el centro urbano, por las calles, y que respiran más y más profundamente- presentarán síntomas asmáticos, agarrotamiento del pecho, falta de aliento... La culpa no es, en contra de lo que podría pensarse viendo el parque automovilístico ateniense, del monóxido de carbono emitido por cientos de miles de viejos vehículos que, captado por la hemoglobina, baja la saturación de la sangre, como explica el fisiólogo Ricardo Mora, de la Universidad de Castilla-La Mancha, sino del ozono y de algunas partículas, como el hollín, que se quedan en el aire y, cargadas de mínimas porciones de hierro o cobre, irritan los pulmones, disparan los temibles radicales libres, inflaman y asfixian a quienes en el aire buscan oxígeno, buscan la vida para sus músculos exigidos al máximo.

La solución está en el viento.

Los atenienses dicen que como media, en agosto, sopla unos 13 días el meltemia, el viento del norte que limpia la atmósfera, que se lleva la amarillenta capa de smog, el nefos, la contaminación, hacia el mar. Si no sopla, habrá problemas, admiten. Ayer no sopló. Para hoy la previsión habla de viento sur. En seis de las 15 estaciones medidoras del centro de Atenas, el ozono superaba ayer el límite de los 120 microgramos por metro cúbico de aire fijado por la Organización Mundial de la Salud. Y la zona de la Acrópolis, la colina que hoy bordearán los ciclistas, era la más contaminada de todas.

Los especialistas recuerdan que los pulmones de los ciclistas en pleno esfuerzo -y la carrera de hoy, por pronunciados repechos, por estrechas calles, lo requerirá durante bastante tiempo- procesan unos 150 litros de aire por minuto, unas diez veces más que un ciudadano normal. Y son 150 litros no inspirados y expirados tranquilamente, superficialmente, por la nariz, sino inhalados profundamente, desde la boca reseca a las regiones más profundas de los pulmones. Esto agrava el problema.

Un escenario catastrófico habla de desvanecimientos en mitad del esfuerzo, al estilo del Steve Ovett, a quien la contaminación de Los Ángeles condujo hasta el hospital en camilla después de la final olímpica de los 800 metros en 1984 y le convirtió de por vida en un enfermo de asma inducido por el esfuerzo. No parece probable que se repitan casos similares, pero sí que algunos deportistas vean lastrado su esfuerzo en un 3% o un 4%. Y la diferencia entre la medalla y la miseria suele estar en menos del 1%.

Sólo los asmáticos oficiales, como Igor González de Galdeano, podrán tomar betaagonistas, medicamentos que relajan las vías respiratorias y libran del agobio. Los demás deberán aguantarse o recurrir a medicamentos permitidos pero menos eficaces, como los antagonistas del leukotriene, que bloquean los receptores pulmonares que disparan la inflamación, o a agentes antioxidantes, como las vitaminas C y E, que barren a los radicales libres antes de que puedan hacer daño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de agosto de 2004