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Crítica:
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Por la vida de los hombres

"Estamos jugando a estar muertos", dicen los Gault en un momento determinado de la historia que relata esta novela. Al principio del relato nos encontramos en Irlanda en los años veinte, en una casa del condado de Cork, un lugar llamado Lahardane; su propietario, su esposa y su hija Lucy sufren el acoso de los nacionalistas irlandeses; una noche son atacados y el capitán Gault, al disparar para ahuyentar a los agresores, hiere en el hombro a un muchacho, Horahan. Tras el asalto se descubre una pila de latas de gasolina preparadas para hacer arder la casa. Heloise, la esposa inglesa del capitán Gault, aterrada, exige abandonar el lugar y cuando ambos esposos toman la decisión de hacerlo, la pequeña Lucy escapa y desaparece. Una fortuita cadena de detalles da a entender que ha muerto ahogada en el mar, pero no es así. Los Gault abandonan Irlanda y viajan por Europa mientras la pequeña es descubierta malherida y agotada en el bosque y recogida por los criados. La fatalidad hace que los Gault no lleguen a saber que su hija vive.

LA HISTORIA DE LUCY GAULT

William Trevor

Traducción de Patricia

Antón de Vez

Salamandra. Barcelona, 2004

288 páginas. 13,90 euros

Como se verá, estamos ante un melodrama de la mejor especie, centrado en el clásico malentendido que ha de condicionar las vidas de los protagonistas de la historia. A lo largo de su lectura dos asuntos quedaban en primera línea: el primero, la imagen de la culpa en forma de mala suerte, es decir, de aquellos acontecimientos decisivos en la vida de unas personas que parecen suceder guiados por una estructura superior a la que se hallan, si no encadenados, al menos sujetos; la segunda, que el verdadero protagonista de esta historia es el paso del tiempo.

La historia de los Gault es bien triste: viajan por Europa atacados por la oscura relación entre la memoria y lo inevitable y, poco a poco, la culpa se disuelve en melancolía, mal que matará a Heloise Gault. El viudo, desasido y desconsolado, acabará encaminando sus pasos al origen de lo que fueron sus días primero felices y después desdichados en el momento preciso en que la soledad sea más fuerte que el sentimiento de culpa y será entonces cuando, para su estupor, descubra que su hija vive, ha crecido y es ya una mujer. Para entonces, Lucy Gault ha tenido tiempo de salir de sí misma y conocer el amor. Pero el sentido de la culpa es canceroso: ella no quiere comprometerse con su amado Ralph sino conservar el recuerdo de él una vez ido; es como una expiación por el que el acto imprudente de ella sometió al destierro a sus padres; sólo la vuelta de ellos la liberaría; pero quien regresa es el viudo. William Trevor asocia maravillosamente bien la ausencia provocada (de los padres) a la provocación de la ausencia (dejar ella que Ralph se vaya solo).

Al capitán Gault le rodea la

pérdida (familia, esposa, hermano...) y la muerte lo va dejando solo; el contraste con la existencia de la hija establece una situación dramática de distancia vital extraordinariamente bien concebida a la que se irá ahormando la propia renuncia de Lucy a romper con lo que ha sido el refugio de su sensibilidad. Finalmente, la novela se convierte en una historia bella y triste por la cual la fatalidad hace presa en la debilidad de carácter de las personas implicadas. Pero esta debilidad de carácter no es una concesión sino que se alza como un destino al que las personas implicadas responden con lo más hermoso que poseen como tales personas. Entonces el relato alcanza su grado de belleza y emoción más altas.

Hay escenas de extrema belleza, como aquella en la que Henry, el criado, cambia la suela de un zapato mientras deja moverse a sus pensamientos en torno al pasado, presente y futuro de Lucy; es una mezcla de elementos contrapuestos (la firmeza y tangibilidad de su trabajo frente a lo aleatorio de la situación de Lucy) que se resuelven en una sola secuencia de gran expresividad; o las conversaciones de Ralph y Lucy, que desarrollan la situación amorosa de ambos -tan sencilla y problemática a la vez- con una coherencia que deja atrás la excelente base melodramática del relato para convertirlo en una dramatización de verdadero calado vital.

Yo quisiera insistir una vez más en la creatividad de aquellos escritores que, en sus años de longevidad, convierten su imagen del mundo en una suerte de sabiduría donde la experiencia se decanta a favor de una visión tan depurada como esencial de los problemas humanos. Esta novela es tan sencilla como sustancial, nada sobra ni falta en ella; me hace recordar esos ejemplos supremos de expresión como Los muertos, de John Huston, o El discreto encanto de la burguesía, de Luis Buñuel. Son esas creaciones en las que el autor puede permitirse el lujo de ser absolutamente directo porque su larga experiencia le ha enseñando a elegir sólo lo esencial de los relatos, de las historias, de los problemas. No quiero decir que se vuelvan simples sino muy al contrario: tan extremadamente complejos que se vuelven transparentes. Los que componen este libro son algo tan intenso y complejo como el paso del tiempo por la vida de los hombres. Los viejos de la tribu aún tienen mucho que decirnos.

El autor irlandés William Trevor (1928).
El autor irlandés William Trevor (1928).AP

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