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DEBATE | Irak y los orígenes de la tortura

El pudor en prisión

La revelación de que soldados estadounidenses practicaron torturas de manera sistemática a los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib ha tenido repercusiones políticas para la Administración de George W. Bush que son todavía difíciles de calibrar. Pero, además de los efectos del escándalo provocado por las imágenes de esas prácticas aberrantes, sus causas profundas -generalmente no visibles- remiten a esa zona gris en la que se cultiva el odio y la deshumanización del enemigo. En esta página se publican dos aproximaciones a los orígenes y finalidades de la tortura.

Que si el chador sí o el chador no"; "que si el velo hasta aquí o hasta allá" -¡y yo que recuerdo aún de cuando mi madre no podía entrar al templo sin mantilla!-. Pero la discusión continúa aún acerca de qué expresiones de la interculturalidad son aceptables y cuáles son intolerables. Nadie habla, sin embargo, del pudor y de sus múltiples manifestaciones. Un pudor que varía en distintos tiempos, culturas y lugares, pero que tiene que ver con algo que nos atraviesa y concierne a todos. Ayer pudo ser el tobillo y hoy (en Estados Unidos señaladamente) puede ser el pezón, al tiempo que exhibir el ombligo se ha ido convirtiendo en una aceptada convención.

Todo es, pues, ocasional y variable; todo menos esa sensación pudorosa a la que vemos tomar las más variadas formas y colonizar los más diversos lugares. Y la razón es muy simple: puesto que no somos ni vacas ni ángeles, resulta que en nosotros se solapan y confunden eso que llamamos alma y eso que llamamos cuerpo, lo que somos como individuo y lo que somos como especie, nuestro yo más íntimo y ese chasis de carne que traemos puesto. De ahí, supongo, la clásica definición del pudor como confusionis sensum. Insisto: el qué, el cómo, el cuándo o el dónde se produce pueden variar; la propia "confusión de los sentidos" puede incluso mutarse en gratificante provocación. Pero todo ello no hace sino confirmar que el pudor no es algo banal ni coyuntural. Lo universal y variado de sus manifestaciones -desde el canuto fálico del Amazonas al corsé armado de la reina Victoria- es el mejor testimonio de ello. ¿Y no decía ya Freud que "la universalidad de la prohibición del incesto y del asesinato, presente en todos los códigos morales o legales conocidos, no hace sino probar que somos una especie incestuosa y asesina"?

En esa masa de carne amontonada se pretende profanar el alma de cada prisionero

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Ahora bien, esta "dialéctica" entre lo visto y lo oculto, entre lo exhibido y lo resguardado, yo creo que opera en todos los organismos. Pongamos por caso un árbol. Un árbol necesita del resguardo oscuro en la tierra donde penetran sus raíces, del tronco que se muestra ya al aire libre pero protegido aún por la corteza, y de las hojas desnudas, volátiles y clorofílicas que absorben y metabolizan la luz del sol. Como el árbol, también nosotros necesitamos de una justa proporción entre lo oculto y lo mostrado, entre lo protegido y lo exhibido. Pero al no ser vacas, ni ángeles, ni tampoco árboles, y al estar condenados, encima, a tomar una posición respecto de nosotros mismos, la cosa se nos complica mucho. En nuestro cuerpo se entrecruzan lo fisiológico con lo fisionómico, lo funcional con lo expresivo, dando lugar a esos locus sensibles donde un contacto o una mirada indiscreta puede vulnerarnos. Algo que en principio no ocurre en la inspección médica o en la caricia amorosa, tan centradas y monográficas ellas, pero algo que se hace evidente cuando tratamos de hacer compatibles, por ejemplo, el romanticismo y el bidet.

Todos ustedes habrán visto las fotos y vídeos de las torturas en la cárcel Abu Ghraib de Irak -cuerpos desnudos, echados sobre orines, esposados, sodomizados-. Esas fotos me han devuelto el recuerdo de una experiencia parecida, aunque infinitamente más light y de intensidad incomparable. Fue en la Dirección General de Seguridad, en Madrid, donde dos policías nacionales me sacaron el cinturón, me abrieron la bragueta y riéndose me bajaron los pantalones delante de cinco mujeres presas (eran las huelgas de Asturias de 1962, y con mi motocicleta yo había tratado de coordinar la manifestación de mujeres solidarias en la misma Puerta del Sol, hasta que me detuvieron junto a 32 de ellas). El juego de los policías consistía en investigar, delante de las detenidas, si yo era de verdad un hombre o sólo un travesti disfrazado para la ocasión. No fue más que eso, no me tocaron, pero sentí mucha, mucha vergüenza. La tortura física se ceba en el cuerpo para ablandar el alma. La aplicada en Bagdad o en Guantánamo pretende penetrar por esos entresijos donde ambos se confunden. Como en la Alemania nazi, pero con lenguaje más "científico", los generales responsables han atribuido esas torturas a "disfunciones sistémicas en la cadena de mando". Pero yo creo que es todo lo contrario: que es un deliberado intento de introducir el bisturí por aquellas comisuras del cuerpo por las que puede llegarse a violar al núcleo mismo del individuo: su integridad personal, sus mêmes culturales, sus creencias. En esos cuerpos desnudos, encadenados, obligados a comer cerdo dentro de letrinas, en esa masa de carne amontonada, se pretende profanar el alma particular de cada uno de los prisioneros antes de que la muerte (son ya más de 40 los fallecidos en el interrogatorio mismo), alcance a librarlos de la humillación.

Paradójicamente, al violar su sentido del pudor y de la decencia, los americanos reconocen que enfrentan y tratan de aniquilar lo que de más sublime y espiritual tiene su enemigo. La Inquisición y los juicios de Moscú suenan a lo lejos.

Xavier Rubert de Ventós es filósofo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2004