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COLUMNA

Mudanzas

Hay que reconocer que esto del nacionalismo, en su versión light, produce momentos muy chistosos (en su versión heavy, claro está, no tiene la más mínima gracia: es el tiro en la nuca y las vidas estranguladas por el miedo). Por ejemplo, el otro día leí, agrupadas en la misma página de un periódico, tres noticias curiosas. Por un lado, el asunto de los archivos de Salamanca: CiU, Esquerra y los de IU de Cataluña reclaman, ya se sabe, que el estupendo archivo sea descuartizado y que les devuelvan los papeles. Argumentan, y es cierto, que se los arrebataron los franquistas durante la guerra civil. Pero tener reunidos todos los documentos es algo positivo, y desbaratar ese logro es una pena; el archivo de Salamanca es hoy un tesoro, un bien común, y tal vez sea eso lo malo de los nacionalismos, que no se sienten comunes con casi nadie.

Por otra parte, los archivos y los museos son, por definición, lugares en donde se reúnen materiales de diversos orígenes. Sin esa idea de agrupación no existirían. Además, la historia entera de la Humanidad está construida así, a base de rapiñas. No hay en el mundo Patrimonio Nacional (incluido el catalán) que no posea objetos obtenidos de modo dudoso. De eso hablaba precisamente la segunda noticia: de que Aragón reclama a Cataluña que le devuelva un montón de piezas de arte sacro. Y como guinda, la tercera nota: Esquerra Republicana quiere que el Museo Reina Sofía devuelva a Figueres el cuadro de Dalí El gran masturbador.

De modo que así estamos, como novios después de la ruptura, pidiéndonos el rosario de nuestra madre. Si esta rácana fiebre de "lo mío es sólo mío" sigue prosperando, se nos puede paralizar la vida del país con tanta reclamación y tanto meneo, venga a trasladar documentos, cuadros, capiteles, tallas y retablos. Más que una nación vamos a parecer una empresa gigante de mudanzas (y los transportistas se van a hacer riquísimos). La cultura es un precipitado de los siglos, de los movimientos sociales y las mezclas; pero nosotros queremos reinventar purezas inexistentes y primigenias, atrincherarnos en pequeños mundos atomizados y levantar barreras. Qué felices, qué miopes y qué incultos seremos, todos encerraditos en nuestras nuevas aldeas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de junio de 2004