Qué investidura, la de Zapatero
Todo son regresos vacacionales y vísperas del pleno del Congreso de los Diputados, convocado para el jueves 15, donde celebrará el debate de investidura del socialista José Luis Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno. El prólogo han sido las audiencias en las que los líderes de todas las fuerzas políticas que han obtenido representación parlamentaria en los comicios del 14 de marzo han sido recibidos de manera sucesiva por Su Majestad el Rey, quien, después de conocer sus puntos de vista y conforme a las previsiones constitucionales, ha designado candidato al vencedor de las elecciones legislativas y secretario general del PSOE.
Llega el momento de que Zapatero presente su programa a la Cámara y lo debata con todos los portavoces parlamentarios inaugurando de paso una nueva esgrima dialéctica claramente diferenciada de la de su predecesor. Se augura que resultará elegido por mayoría absoluta en la primera votación con el respaldo de los suyos y el que parece anticipado de los diputados de Esquerra Republicana de Cataluña e Izquierda Unida y algunos más. En todo caso, le bastaría en una segunda votación, a realizar 48 horas después, la mayoría relativa, que tiene asegurada. La incertidumbre, que es un factor multiplicador de la noticiabilidad queda, por tanto, muy acotada. Se circunscribe a conocer con qué talantes y en base a qué argumentaciones cada uno de los grupos parlamentarios explicará el jueves su voto favorable, su voto en contra o su abstención a propósito de la solicitud de confianza formulada por el candidato socialista.
Los del Grupo Parlamentario Popular, que durante el inolvidable acto de reparación y desagravio ofrecido al líder saliente en la Plaza de Vista Alegre el sábado 27 de marzo se apresuraron a embanderarse como "oposición patriótica", emplearán el microscopio electrónico para examinar si en las palabras iniciales o en los turnos de respuesta del debate de investidura el candidato José Luis Rodríguez Zapatero hace cualquier concesión "a las hordas marxistas o separatistas" de esa anti España que se han esforzado en rescatar y que han prometido combatir inasequibles al desaliento. Pero la hueste pepera, todavía bajo el síndrome de "nos han robado el partido" y convencida de que en pocos meses puede tumbar al nuevo Gobierno, se sentirá además muy jaleada por los incondicionales mediáticos para sobrepasar el análisis de los textos y aplicarse a la descodificación de los silencios, de los gestos, de los ademanes, las miradas o las sonrisas.
En ese próximo pleno todo se escrutará para descomponerlo en significados. Porque incluso en el caso de que quienes añadieran sus votos favorables lo hiciera de modo desinteresado, o en aras de la gobernabilidad y de la recuperación de los valores del entendimiento y de la concordia que presidieron los mejores momentos de la transición, ese desinterés pasaría a ennegrecerse de forma que suscitara sospechas aún más graves que si los apoyos en la votación se entregaran a cambio de contraprestaciones declaradas y tasadas. De la trayectoria de Zapatero, empeñado en la moderación casi impasible de "buen porte y buenos modales abren puertas principales", cabe deducir que el jueves hará un ejercicio de buena voluntad en busca de pacificar las aguas, que será magnánimo en la victoria, que se olvidará de devolver las mezquindades con las que le han venido obsequiando desde su llegada como líder de la oposición en 2000, que en absoluto se instalará en el cultivo de esos rencores permanentes, sin fecha de caducidad, tan característicos del anterior inquilino de La Moncloa.
Zapatero para nada cristaliza en agent provocateur pero ni de estos, que tanto alardean de "salir con la cabeza alta, las manos limpias y las cuentas claras", ni de nadie se sabe que haya salido ileso después de ocho años en el Gobierno. Así que si le buscan las vueltas, el candidato puede encontrarse en la obligación ineludible de responder a algunos de los desafíos que le lancen. Es la primera vez que asistiremos a un estreno doble de Zapatero y de Rajoy porque la primera investidura de González, en 1982, tuvo enfrente a Calvo Sotelo, y la primera de Aznar en 1996, a González. Veremos si Rajoy quiere y puede contribuir a otro clima y su grupo renuncia al ruido para favorecer el debate y en entendimiento racional. Atentos.
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