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ELECCIONES 2004

Rajoy es de Marte, Zapatero de Venus

Si se escuchan las acusaciones mutuas entre los candidatos y el núcleo duro de sus discursos, es difícil no encontrar alguna clave oculta que desvela una cierta polaridad de fondo. Más allá de la clásica entre izquierda / derecha, claro está. Quizá no sea demasiado exagerado superponer a esta oposición la más atemporal de masculino / femenino. Y que se me perdone abundar en los tópicos sobre diferencias de género.

El punto de partida de estas reflexiones se encuentra en la feminización (en un sentido vulgar y vituperador del término) que el PP ha hecho del candidato socialista. Éste se presenta, en efecto, como voluble, carente de autoridad, maleable, débil e irresoluto y siempre dominado por los barones (¿con uve?) territoriales. Atributos todos que se corresponden, no hace falta decirlo, con una visión despectiva de la mujer. A ellos se oponen los clásicos atributos positivos de la masculinidad, que se autoimputan Rajoy y su partido y han sido dictados por Aznar: la seriedad, el realismo, la estabilidad y la eficacia, la capacidad de liderazgo, la seguridad y la resolución.

En este enfrentamiento de cualidades femeninas negativas y propiedades positivas masculinas late un cierto machismo metodológico, que se corresponde con la distinción de Maquiavelo entre la virtú del gobernante -explícitamente caracterizada como "masculina"- y la fortuna o el azar. "Es mejor ser impetuoso que cauteloso -decía el autor italiano- porque la fortuna es mujer, y es necesario, por esto mismo, cuando queremos tenerla sumisa, zurrarla y zaherirla" (El Príncipe, cap. 25). Y a eso se está dedicando el liderazgo del PP desde hace ya tiempo: a transformar a Zapatero en esa "mujer" voluble y caprichosa y a obrar siguiendo los sorprendentes dictados maquiavélicos.

Es curioso, sin embargo, que esta atribución de papeles masculino y femenino se corresponde también con la propia percepción que la ciudadanía tiene de ambos candidatos. Sólo que ahora los elementos femeninos se presentan bajo su luz más resplandeciente. Si se observan las encuestas, Zapatero se considera más capaz que su rival a la hora de preservar las libertades y en todo lo relativo a la defensa de las prestaciones sociales y el sistema de solidaridad institucionalizado. Atributos todos que encajan como un guante en la flexible "ética del cuidado" que Carol Gilligan atribuía a la conciencia moral femenina. Aquí entrarían rasgos tales como la cautela ante la lesión de bienes fundamentales, el escuchar y ponerse en el lugar de quienes se van a ver afectados por una norma o decisión, y la circunspección y el respeto hacia el particularismo y la diferencia del otro. Por esto último, no es de extrañar que Zapatero puntúe también más en el apartado relativo a la mejora de los conflictos territoriales pendientes.

Rajoy, por el contrario, sobresale en los rasgos asociados a lo masculino: la autoridad (los problemas de seguridad y el terrorismo) y la eficacia económica y administrativa; es decir, aquellos en los que las consideraciones de los medios pasan a un segundo plano ante la consecución del fin deseado; donde la obtención del fin no se detiene a ver quién o qué se deja atrás o es sacrificado. Empatía, flexibilidad y negociación, por un lado, y firme gestión del poder y resolución, por otro. No es de extrañar que uno se incline por Europa y el otro por Estados Unidos.

Dado que la mejor versión de ambos estereotipos no parece darse en ninguno de los dos candidatos, la pregunta que cabría hacerse es ¿qué tipo de cualidades convienen más a España en este particular momento histórico? Helen Fisher (El primer sexo, Taurus, 2000) opina que el más versátil "pensamiento en red" propio de lo femenino es más apropiado para afrontar los retos de la compleja sociedad actual que el simple y unidimensional "pensamiento lineal" masculino. Seguramente tenga razón. Lo que resulta imperativo en este país -y da igual que sea "masculino" o "femenino"- es el desarrollo de una profunda capacidad para escuchar, para la negociación y el consenso. Sin arrinconar por ello la firmeza en las convicciones. Menos bronca y crispación y más debate racional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de marzo de 2004