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El Centro Pompidou reconstruye el nacimiento del mundo poético de Miró

240 pinturas, dibujos, 'collages' y esculturas realizadas de 1917 a 1934 se exponen en París

Joan Miró 1917-1934: la naissance du monde (el nacimiento del mundo) es la gran exposición que presenta el parisiense Centro Georges Pompidou hasta el próximo 28 de junio. Se trata de la presentación de 240 obras -pinturas, dibujos, collages, objetos y esculturas- realizadas por el artista catalán durante el periodo elegido por la comisaria de la exposición, Agnés de la Beaumelle, que sitúa entre 1917 y 1934 el hallazgo y elaboración de un mundo y un lenguaje propios. Las obras proceden de museos y colecciones de España, Europa, EE UU, Japón y Australia.

Si 1917 -o 1916- parece un buen año para comenzar a interesarse por el trabajo mironiano, más difícil es buscarle una "edad adulta". Nacido en Barcelona, en 1893, lo que el artista hizo antes era aún demasiado escolar como para valorarlo más allá de los pasos necesarios a una formación, pero el corte en 1934 es más discutible, máxime cuando la muestra parisiense hace de la capacidad para demostrar la voluntad de Miró de trabajar por series, de sistematizar la investigación, su principal arma. La serie de las Constelaciones, que ocupó a Miró hasta inicios de los cuarenta, debiera haber clausurado ese "nacimiento del mundo" del artista si no fuese porque la dispersión y la abundancia de los cuadros hacían imposible mantener el espíritu exhaustivo que inspira la exposición.

Lo más impresionante de la presentación parisiense de ese Miró 1917-1934 es que nos descubre a un poeta que poco tiene que ver con el niño eterno y de colores alegres al que le han reducido algunos de sus hagiógrafos. En 1920, cuando llega a París, Miró se deja fascinar por la creatividad que reina en la capital francesa, entra en contacto con los artistas más innovadores -a algunos ya les conocía de cuando ellos habían visitado Barcelona- y, sobre todo, comprende dos cosas: "La ventaja de haber nacido después de Picasso" y también el peligro que acecha al propio Picasso o a Matisse, que "tratan la pintura como una amante caprichosa". Es decir, Miró sabe que sus predecesores han ganado para él y los de su generación un espacio de libertad, pero también percibe que hay que evitar las concesiones hechas a la facilidad y al dinero.

Las obras presentadas en París vienen de una docena larga de museos norteamericanos, de un sin número de coleccionistas privados -de Japón, Suecia, Suiza, Australia y Alemania, de Madrid y Barcelona, de Mallorca- y de museos franceses.

La figura de Pierre Matisse, su marchante en EE UU ya desde los años veinte -en Francia era Pierre Loeb- cobra una importancia decisiva. El 50% del trabajo de Miró se vende al otro lado del Atlántico, donde encuentra particulares que se sienten seducidos por este repeinado catalán siempre de traje y corbata, pañuelo en el bolsillo superior de la chaqueta, un tipo tranquilo y que cada año, tras encerrarse durante seis meses en su casa de Montroig, Tarragona, da un paso adelante, "acaba con algunos de los ismos de la pintura" o se embarca en un proceso de "asesinato de la pintura" -como a él le gusta decir- para luego pasearse de nuevo por París en búsqueda de amigos, reflexión y reposo.

Cada una de las salas del Pompidou está dedicada a un episodio de la evolución mironiana, ya sean los "retratos imaginarios", los tres "interiores holandeses" -reunidos por vez primera, así como los dibujos preparatorios-, los sueños o la prodigiosa estilización poética de las telas de 1926-27, un momento de magia irrepetible, en el que paisajes, figuras y colores son una auténtica explosión de libertad. Al final, tras un breve paso maravilloso y de una comicidad muy especial por la experiencia de Miró como escenógrafo y figurinista de un ballet, el visitante se topa con los gigantescos tres azules, de 1961 -propiedad del propio Pompidou y posteriores en casi tres décadas al periodo mostrado-, con los que, como un eco, una resonancia serial respecto a lo visto, concluye el viaje. Es una opción discutible.

La escenografía de la exposición es tan discreta como adecuada. La información, justo la necesaria. La obra es reina y la locura de Joan Miró, su empeño por hacer el amor con el cielo, el mar y la tierra, por fundirse con la naturaleza a través de sus extrañas criaturas sexuadas, está en el centro del recorrido. Violencia contenida, rabia encauzada, sueño programado, desorden organizado, en suma, todo Miró parece estar contenido en esas dicotomías absurdas pero tan productivas, que no son otras que las que le llevaban a admirar y a respetar a Picasso, pero también a querer alejarse de él para evitar "dar a luz creaciones muertas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2004