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COLUMNA

El sistema de hotel

Hay un libro (El Periodismo en Campaña), al parecer agotado, que debería ser de cabecera de todos los equipos electorales de los partidos apuntados a la convocatoria del 14 de marzo. En sus páginas se incluyen algunas piezas reseñables, aportadas por los expertos que lucieron sus habilidades en las urnas a partir de 1977 y por muy relevantes periodistas con graves responsabilidades informativas en esas ocasiones decisivas. Están además las pruebas de un saludable ejercicio de debate y, más aún, de insólita autocrítica, pero, sobre todo, figura un compendio de la doctrina formulada por Mariano Rajoy para una campaña. La promulgaba hace un año, cuando estaba cerrado el cuaderno azul y aún se ignoraba que sería designado candidato del PP.

El parecer de Rajoy sobre los mítines podría cifrarse en los mismos términos que lo hacía aquel feligrés interrogado sobre la plática del padre predicador a propósito del pecado. En resumen, que no era partidario. Bien oiréis lo que decía el ahora investido candidato. Para él, los mítines tuvieron su utilidad y su sentido en otros momentos pero ahora en gran parte lo han perdido con los medios de comunicación de masas, sobre todo con las televisiones. En la Segunda República, señalaba Rajoy, los grandes mítines impresionaban mucho, mientras que ahora, insiste, se hacen fundamentalmente para las televisiones.

Enseguida abordaba nuestro autor el núcleo de su aversión y decía que estaba en contra porque en los mítines el que habla ha de decir "un nivel razonable de cosas no razonables, porque se dirige a gentes que en el 99% están de acuerdo con lo que vaya a exponer, aunque lo ignore, y en ese ambiente termina por excederse y aparece después dando gritos y causando molestias a los espectadores que están tranquilamente tomando un whisky en casa y conectan la televisión a las nueve de la noche". Por eso, anotaba el candidato del PP, "en las últimas campañas hemos inventado el sistema de hotel, que consiste en citar al candidato que tiene algo que transmitir a través de la televisión para que hable a cuarenta señores, a ser posible de corbata, con lo cual se hace imposible que grite". Así, luego, "a las nueve de la noche los espectadores de TV verán a un señor normal que no dice nada pero, sobre todo, que no molesta a quienes están tranquilos en su domicilio".

Ese sistema de hotel se diría que fue el elegido por el ministro de Defensa y cabeza de lista por Alicante, Federico Trillo-Figueroa, el pasado fin de semana en Santa Pola. Claro que incurriendo en un grave error horario que trasladó el encuentro con los santapoleros de las doce de la mañana a las doce de la noche. Y por ahí vinieron los excesos poco razonables, por decirlo con palabras de Rajoy. Porque todo cambia cuando del frío de la mañana y de los asépticos estudios de televisión, donde todo puede llevarse medido de antemano, se pasa a la interacción en caliente con los entusiastas nocturnos, siempre dispuestos a pedir más caña para los adversarios.

Además de que in vino veritas y bajo esos efluvios del entusiasmo se acaban diciendo verdades tan reveladoras como inconvenientes a propósito de la defensa de la dignidad nacional, de la toma de Perejil o de la pesca en aguas de Marruecos, verdades que adquieren un sonido muy distinto cuando se escuchan fuera del lugar en que nacieron, ya sea en Madrid o en Rabat. Sabemos que complacer a un auditorio entregado es un riesgo deslizante. Baste recordar a los congregados la noche de marzo de 1996 en la calle de Génova cuando al tiempo que el escrutinio acababa reflejando una mayoría minoritaria enronquecían al grito de "¡Pujol, enano, habla castellano!", tan contraindicado para la senda a recorrer a partir de ese momento.

Entre tanto, urge volver a la lectura del Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu y atender al arte exhibido de desquiciar las instituciones democráticas sin abrogarlas expresamente y contando con el apoyo popular. Porque la democracia no consiste solamente en contar con el apoyo popular -que nunca faltó a los más indeseables- sino en que haya reglas que codifiquen el derecho absoluto del ciudadano a gobernarse por sí mismo. Atentos, porque enseguida el PSOE deberá equivocarse de manera proporcionada para compensar con deportividad los errores del adversario. Ánimo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de febrero de 2004