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Crítica:

Las caras de las Cruzadas

Los consagrados medievalistas Jean Flori y Zoé Oldenbourg (fallecida en 2002) profundizan en las guerras santas. Flori, desde la contradicción ideológica de la Iglesia que, en teoría, defendía el pacifismo. Oldenbourg, cuyo texto es la recuperación de un clásico, lo hace desde las estrategias de la guerra aplicadas a las tres primeras Cruzadas.

No sé si el lector considerará oportuno o no el rememorar en estos días las Cruzadas medievales. Pero es, sin la menor duda, muy provechoso intelectualmente el afán de someter de nuevo a un examen crítico ciertos conceptos básicos de la historia universal y la política y el invitar a considerar de nuevo y contrastar, desde una perspectiva bien informada, el presente con un momento aún resonante del pasado. Estos dos libros enfocan, desde ángulos muy diversos, el primer gran choque bélico entre Occidente (Europa) y el Oriente árabe. Pueden verse de algún modo como estudios complementarios. Uno, el de Jean Flori, muy reciente, versa sobre cómo se construyó la idea de la cruzada como guerra santa a lo largo de los siglos. El otro, notablemente más antiguo, casi un clásico, relata, en excelente estilo, cómo esas expediciones a Tierra Santa la llevaron a cabo en las tres primeras Cruzadas. Teoría y praxis pues.

LA GUERRA SANTA. La formación de la idea de Cruzada en el Occidente cristiano

Jean Flori.

Traducción de Rafael G. Peinado Santaella

Trotta-Universidad de Granada. Madrid, 2003

402 páginas. 18 euros

LAS CRUZADAS

Zoé Oldenbourg.

Traducción de Margarita Aguyé

Edhasa. Barcelona, 2003

861 páginas. 35 euros

Jean Flori es un gran estudioso del medievo europeo, y en especial del tema de la caballería medieval y toda la época y atmósfera en que se fraguó la Primera Cruzada, a finales del siglo XI. Entre sus varios libros traducidos últimamente conviene citar Caballeros y caballería en la Edad Media (Barcelona, 2001), Ricardo Corazón de León: el rey cruzado (Edhasa, 2002) y Guerra santa, yihad, cruzada (Granada, 2003). En este estudio rastrea cómo se desarrolla en el Occidente cristiano la idea de la guerra santa. A diferencia de lo que sucede en la yihad islámica, en el cristianismo esa incitación bélica fue un tardío producto de una tremenda evolución ideológica.

"Contrariamente al islam,

que, desde el origen, y a imitación de su fundador, admitió el uso de la guerra y le concedió un lugar nada despreciable en su propia doctrina, la Iglesia cristiana se encontraba en situación difícil en este punto, incluso en vilo total. El cristianismo, tal como fue predicado en los primeros tiempos, es una religión de salvación pacifista, que repudia la violencia. Imitando a Jesús, que nunca se defendió, los antiguos mártires de la fe ganaban el cielo pereciendo por la espada de los 'paganos' sin oponer resistencia, y no los combatían con la espada en las manos. Una actitud y una ideología diametralmente opuestas a las de los primeros cruzados. Esta evocación, por simplista que parezca, permite medir el camino recorrido, la amplitud de la revolución doctrinal consumada tras más de un milenio".

Esa deriva doctrinal se analiza aquí con espléndida erudición. Primero fueron los santos que acudían como defensores milagrosos, luego pasaron por santos los defensores de los bienes eclesiásticos, luego los protectores del Papado, "soldados de San Pedro", y, al final, surgieron con santa aureola los guerreros de la fe, milites Christi. De la guerra justa y la paz de Cristo se avanzó hacia la reconquista de las tierras invadidas por sarracenos, en España y en Oriente, oportunamente demonizados y satanizados a conveniencia. El Papado -con figuras tan ambiciosas como Gregorio VII y Urbano II- sacralizó de modo sistemático la guerra contra los infieles, y prometió las mejores recompensas espirituales en el otro mundo a quienes combatían y caían en la lucha feroz contra los paganos que profanaban los Santos Lugares. La expedición bélica para el rescate del sepulcro de Cristo mediante la conquista de Jerusalén venía a culminar ese proceso de varios siglos. La idea de peregrinación y las profecías apocalípticas estimulaban el anhelo de los cruzados, pero el detonante fueron las prédicas amparadas por los Papas. Aunque va en paralelo al fervor árabe de la yihad, la cruzada no es una guerra santa de conquista, sino de reconquista, furor santo en contra de la doctrina cristiana original y de los textos evangélicos. Flori subraya muy bien estos aspectos, con una enorme riqueza de citas puntuales. Expone un magistral análisis de esa elaboración doctrinal y sus etapas históricas en el contexto de la Europa feudal.

El libro de Zoé Oldenbourg

narra, con una amplia perspectiva y un claro estilo, las peripecias de las tres primeras Cruzadas. Sólo la primera, como es bien sabido, logró su objetivo: la conquista de la Ciudad Santa, y fundó allí un precario, turbulento y trágico reino. Todas las demás concluyeron en sangrientas catástrofes. Y, en su conjunto, fueron un arrebatado fracaso de dimensiones épicas. Las tres primeras confirman una noble embestida, pero la cuarta, con la toma y saqueo de Constantinopla, en 1204, manifestó ya la cruel y siniestra desviación de sus ideales. De esta gran medievalista francesa de origen ruso (1916-2002) se acaban de reeditar su libro sobre los cátaros La hoguera de Montségur (Edhasa, 2002) y sus vibrantes novelas históricas (La piedra angular, Los quemados, Barro y cenizas, Las ciudades carnales). Fue una gran dama de la historiografía francesa, de vida difícil y fuerte personalidad (como se ve en sus memorias Visages d'un autoportrait, Gallimard, 1977). Las cruzadas traza un vivaz fresco muy atractivo para todo tipo de lectores, algunos años después del tratado panorámico de Steven Runciman, Historia de las Cruzadas (1951; 3 tomos, Alianza, 1973).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de febrero de 2004

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