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LECTURA

Un rayo de luz en la vida española

'El lucernario. La pasión crítica de Manuel Azaña'. Ediciones Península. El escritor y novelista español pasa revista a la figura de don Manuel Azaña, varias veces jefe de Gobierno y, finalmente, presidente de la II República española, a partir de las obras escritas que publicó. No es un ensayo literario ni tampoco una biografía, sino un esfuerzo por recuperar una figura "arrojada al muladar de la historia por los vencedores de la guerra y calumniada por una buena parte de los vencidos" y que fue capaz de escribir en plena contienda civil un libro como 'La velada de Benicarló'

El choque traumático de la Guerra Civil y su violencia sanguinaria -anárquica en el campo republicano y planificada sin remilgos en el de los militares alzados- sacudió la conciencia de nuestros mejores intelectuales y les obligó a discurrir, más allá de las circunstancias y del ideario político, sobre las causas de semejante catástrofe. Mientras los bardos de los dos bandos ponían sus plumas al servicio de la causa popular o del Estado Nuevo que desembarazaría a la patria de la "canalla atea y marxista", Azaña se esforzó en mantener la cabeza fría y en no ceder a las emociones compulsivas del momento. Incurrir en el celo propagandístico era el recurso más fácil en aquellos años trágicos. Él no claudicó jamás y procuró deslindar sus reflexiones de las de la clase política que nominalmente encabezaba. Siguió desempeñando sus funciones hasta los días amargos de la derrota, pero en sus diarios discursos a la nación y La velada en Benicarló no cesa de volver sobre las raíces históricas del enfrentamiento y su perdurabilidad a lo largo de los siglos. Como se pregunta uno de los personajes de este extraordinario coloquio -género que, aunque escasamente cultivado en el pasado siglo, entronca con la rica tradición castellana del Renacimiento y la llamada por Castro Edad Conflictiva-, "¿qué se han hecho los españoles unos a otros para odiarse tanto?". La respuesta de sus colegas de diálogo ahonda en el cainismo tenaz al que alude ya Blanco White en sus Cartas de España:

Manuel Azaña tuvo el coraje y generosidad de escribir unas palabras que lucen con la intensidad de lo señero e insólito en aquellos días de dolor y miseria, razón y sinrazón

"Ustedes decían que el enemigo de un español es otro español. Cierto. Porque normalmente es otro español de quien recibimos la insoportable pesadumbre de tolerarlo, de transigir, de respetar sus pensamientos [...]. Es el fondo de nuestro ser. Unos fusilan a los maestros, otros fusilan a los curas. Unos queman iglesias, otros Casas del Pueblo. Los descendientes de los inquisidores queman ahora los templos. La virtud purificadora de las llamas sigue siendo un mito español".

Al servicio del mito

Con anterioridad a su fulgurante carrera política, Azaña había denunciado una y otra vez la identificación de la causa española con la causa católica; la instrumentalización de la historia al servicio del mito; la supuesta necesidad de cerrar filas, predicada por la ortodoxia españolista, contra las conjuras del enemigo; el culto a la verdad establecida e incólume. Los pilares del sentimiento nacional, advertía, se asentaban en bases muy frágiles: la ignorancia de los hechos y un afán exterminador apenas suavizado por la evolución de los conocimientos y las costumbres. La experiencia de mi adoctrinamiento por los jesuitas y Hermanos de la Doctrina Cristiana en nuestra inmediata posguerra no difería mucho, como dije, de la descrita en El jardín de los frailes. El enemigo -mundo, demonio y carne- nos odiaba por ser españoles, e hijos, por tanto, de la Iglesia católica, apostólica y romana: frente a él no cabían neutralidad ni tolerancia. Menéndez Pelayo, el exponente mejor y más culto de la enseñanza prodigada aquellos años, ¿no habría formulado ya una sentencia -aplicada después con esmero- cuando el lenguaje cedió paso al estruendo de las armas: "La llamada tolerancia es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escepticismo o de fe nula. El que nada cree, ni espera en nada, ni se afana y acongoja por la salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sino de una debilidad o eunuquismo de entendimiento".

Eunuquismo de entendimiento: Azaña fue acusado de ello, y de otras supuestas taras, por los defensores de la santa intolerancia, del fanfarrón y demagogo Girón de Velasco al falsario Joaquín Arrarás. Un recorrido por la prensa franquista nos procuraría verdaderas perlas de cultivo en boca de otros matones y de eclesiásticos de "inspiraciones santas". La intolerancia de la Inquisición y la monarquía absoluta, rebalsada en los periodos de convivencia entre las guerras carlistas, el canovismo y las primeras décadas del reinado de Alfonso XIII, se volcó de golpe por las compuertas de la presa, abiertas por el alzamiento militar. En un país de intolerantes, apenas zafado del peso de las excomuniones y condenas de León XIII y sus pares, la matanza de curas e incendio de iglesias por unos y el fusilamiento sistemático de masones, comunistas y ateos por otros, mostraban la superficialidad de los cambios introducidos por la República y el odio que concitaban entre los apóstoles y sayones de la Cruzada. La sociedad española no cambió, primero en términos económicos y luego cívicos, sino en la década de los sesenta. Dicho cambio, silencioso y eficaz, se produjo sin violencia: cuando el Caudillo murió, el país tenía muy poco que ver con el que gobernó con mano de hierro durante casi cuarenta años. El gran crimen de Azaña fue así el de proponer unas formas de convivencia a una sociedad todavía inmadura para ellas y en un contexto internacional claramente desfavorable. Su lucidez le costó cara, y la desolación de los partícipes en La velada... refleja la conciencia acongojada de quien, a contratiempo, sabe que tiene inútilmente razón:

"La intolerancia española, favorecida por la corriente exterior, sopla hoy arrasadora como el siroco. Su signo político es unificador: unificar las opiniones, las creencias, mediante el exterminio de los disidentes [...]".

"A muchos españoles no les basta con profesar y creer lo que quieran: se ofenden, se escandalizan, se sublevan si la misma libertad se otorga a quien piensa de otra manera. Para ellos, la nación consiste en los que profesan su misma ortodoxia. La nación así entendida se depura merced a tremendas amputaciones [...]. Nosotros, más o menos, venimos a continuar cuanto ha sido en España todo el pensamiento independiente y libertad de espíritu. No todo el pensamiento español ha sido encarrilado por la fuerza, pero se procuraba extirpar la disidencia como hierba mala. ¿Quién no ha percibido a lo largo de nuestra historia intelectual y moral la queja murmurante al margen de lo ortodoxo?".

El evangelio del dictador

La oficina de propaganda creada en Burgos por el bando vencedor en la contienda se mantuvo después en la Península por espacio de casi cuatro décadas. Aunque desbravada por la rutina y la paulatina adaptación a los cambios operados en el escenario internacional, se atuvo en lo esencial al evangelio religioso y patriótico del dictador: los hombres y mujeres de mi generación tardamos años en limpiarnos de la marea negra vertida a diario por la prensa, la radio y, más tarde, por la televisión.

En el exilio europeo y americano, a la merced de las vicisitudes, de la derrota del Eje hasta el encuentro de Eisenhower con Franco, la razón herida y el lastimado orgullo se expresaron con amargura y dignidad, pero sin profundizar en las raíces del conflicto con miras a acabar con él, más allá de los remedios caseros y pactos circunstanciales. La teoría de las dos Españas halló así una triste confirmación: a la abrumadoramente real se oponía la entelequia de la virtual. La prensa del exilio, comunista o no, nos ofreció unos análisis y conclusiones situados casi siempre en las afueras de lo empírico o comprobable por razón y sentidos.

En el debate intelectual, la reflexión más profunda y original sobre lo acaecido fue, en mi opinión, la de Américo Castro: en vez de buscar la raíz del mal en el siglo XIX y las Cortes de Cádiz, su análisis se remonta a la Baja Edad Media y pasa por la criba del españolismo puro de los cristianos viejos, la hidalguía basada en la limpieza de sangre, el unanimismo castizo y el consiguiente rechazo de las ideas heterodoxas y de las razas manchadas. Sus planteamientos fecundaron mi escritura desde mediados de los años sesenta del pasado siglo, tanto en el campo de la creación novelesca como en el del ensayo, y, por dicha razón, no voy a demorarme en ellos. Lo que me interesa ahora es señalar que, probablemente sin saberlo, retomaban el hilo de algunas meditaciones de Azaña dispersas en diferentes artículos, y, sobre todo, en La velada en Benicarló.

El proceso de segregar y desnacionalizar a judíos y musulmanes, observa uno de los personajes del coloquio, fue la fuerza motriz de un sistema destinado a fortalecer la nacionalidad mediante el destierro o exclusión del disidente y extraño. En otras palabras, lo sucedido en los siglos XV, XVI y XVII ilumina los orígenes de un afán purificador de la Cruzada franquista contra el fantasma del judío-masón y del comunista sin patria. Cuando escribí España y los españoles en 1967 conocía mal la obra de Azaña, casi siempre a través de lecturas distraídas o apresuradas, y no le concedí el espacio que merecía en el análisis de los traumas que configuraron la vivencia peculiar de nuestro nacionalismo castizo, diferenciándolo del de nuestros vecinos franceses o italianos. El tema es muy vasto, y el nivel actual de los conocimientos históricos al alcance del lector aconseja matizar algunas afirmaciones de los héroes de La velada... Con todo, éstas resultan esclarecedoras e incentivas si las contraponemos a las tesis extremas de Sánchez Albornoz o las amables fantasías de Menéndez Pidal sobre la España romana y goda:

"Durante los siglos de la guerra contra los moros, la asimilación política y social no se logró; más cabal, se impidió rigurosamente, pese a los frecuentes cruces entre fieles e infieles, y a pesar, sobre todo, de ser los moros tan españoles como los cristianos. Abundaban las mezclas de sangre, pero en conjunto, como nación, se logró aislarlos, convencerlos de la diferencia, segregarlos y finalmente expulsarlos. Y no tan sólo del territorio, sino de la conciencia histórica de los otros españoles, de cuya enseñanza ha sido excluido durante varios siglos el conocimiento y hasta la simple noticia de la civilización andaluza [nosotros diríamos andalusí. J. G.] de la Edad Media".

Los participantes en el coloquio no se evaden de la situación concreta que viven ni se van por los cerros del Maestrazgo. La baza que se ventila es su propia suerte, no ya como defensores de la causa legal, sino como seres humanos: su hermandad de destino con la larga lista de los segregados y desnacionalizados por decreto desde la paticoja y aún controvertida unidad de España. Si ser español es sinónimo de ser católico, quien no es lo segundo deja de ser lo primero (y así lo descubrí con gozo en cuanto me desprendí de la inútil carga doctrinal que otros frailes, idénticos a los de la novela de Azaña, pusieron sobre mis hombros). Pero la suerte reservada a los dialoguistas de La velada... era en verdad dramática, y los nombres de Machado, Max Aub y el propio Azaña están ahí para probarlo. Los nazis, dice Eliseo Morales, imitan nuestra política de expulsiones en el altar de la pureza aria, y "eso quieren hacer con nosotros los rebeldes. Somos los antipatria, es decir, otra nación, proscrita, vocada al suplicio o al destierro. Somos para ellos 'la morería'. También ahora los godos vienen a España en busca de poder y riqueza. Si perdiésemos la guerra se enseñaría a los niños durante muchas generaciones que en 1937 fueron aniquilados, o expulsados de España, los enemigos de 'su unidad'. Como en 1492 o en 1610".

A lo largo de la historia del pasado siglo, la busca de una identidad castiza o libre de mezclas y, a fin de cuentas, mítica ha servido de ariete para demoler la convivencia civil de los pueblos: ello fue así en la España de 1936, la Yugoslavia de 1991 y lo es todavía en el País Vasco. Con todo, la referencia a lo acontecido a los españoles judíos y musulmanes no era nueva ni circunstancial en Azaña: el protagonista de El jardín de los frailes opone ya al belicismo y odio de los fanáticos el célebre episodio del Quijote del encuentro del morisco Ricote, venido clandestinamente a su patria, con su vecino Sancho Panza: "Ricote, enemigo del rey que así lo estatuye, no lo es de Sancho, hijo de la misma tierra [...]. Sancho, piadoso, entiende este lenguaje: no se le ve, ardiendo en ira, despedazando al infiel; encubre el delito de Ricote, empieza a ser culpable de traición. Parten el pan, beben de la misma bota. ¿Dónde paran, en el sabroso almuerzo del morisco y el cristiano, las rencillas de secta?".

Un estorbo

Azaña sabía que, en aquellos momentos cruciales, quienes conservaban un poco el juicio constituían un estorbo para los dos bandos; igualmente, que una victoria por las armas no sería una solución duradera si no se producía un cambio económico y social en el conjunto de la sociedad hispana. Su diagnóstico era certero: el cambio se produjo en los años setenta en virtud de una dinámica creada por un conjunto de circunstancias -emigración masiva, pero temporal, a Europa; pacífica invasión de millones de turistas con divisas y con costumbres nuevas; llegada al poder de los tecnócratas del Opus Dei y su mensaje "por el dinero hacia Dios"-; a consecuencia de ello fue posible el pacto o convenio que permitió la transición y cuajó en la Constitución de 1978. Los límites y concesiones de ésta -revelados recientemente por José Vidal Beneyto- los medimos ahora con la inquietante involución aznarista, mas la espiral de violencia, nuestro triste Bolero de Ravel, concluyó al fin, exceptuando para los discípulos armados de Sabino Arana.

En condiciones adversas a la causa que defendía -abandono ignominioso de la República por Inglaterra y Francia; apoyo táctico, pero nocivo, del zar Stalin-, Manuel Azaña tuvo el coraje y generosidad de escribir unas palabras que lucen con la intensidad de lo señero e insólito en aquellos días de dolor y miseria, razón y sinrazón, heroísmo y barbarie: "Acabada la guerra, veremos si los combatientes que defienden la libertad comprenden que se han batido por la libertad de todos, incluso la de sus actuales enemigos".

¿Eunuquismo de la inteligencia? Sería interesante preguntar a los católicos de hoy si Marcelino Menéndez Pelayo tenía o no tenía razón.

Pasión crítica incluso en plena Guerra Civil

AUNQUE LA TAREA de separar al Azaña político del escritor sea difícil y tal vez imposible, me arriesgaré en estas páginas a centrar la mirada en el último: en sus artículos, ensayos, novelas, sin extenderme, no obstante, en sus frustradas incursiones teatrales. Si algunas de sus obras pertenecen al ámbito literario, otras presentan una mezcla inextricable de ambos elementos. ¿Cómo leer, por ejemplo, La velada en Benicarló, magníficamente escenificada por José Luis Gómez, sin tener en cuenta el contexto político que la vertebra y hace de ella una de las reflexiones más amargas y lúcidas escritas hasta la fecha sobre los orígenes y consecuencias de la Guerra Civil?

La pluma de Azaña oscila de continuo entre uno y otro campo al hilo de los acontecimientos: crisis de la monarquía alfonsí, dictadura de Primo de Rivera, proclamación de la República, Bienio Negro, triunfo del Frente Popular, presidencia, guerra de 1936-1939. La realidad y la obra se funden así en una especie de diagrama arbóreo, desde sus primeros pinitos literarios hasta sus clarividentes páginas de Causas de la guerra en España. En el desconsuelo de la derrota y de las perspectivas sombrías del triunfo del nazismo en Europa, Azaña no se desarma, y, en la lobreguez y oscuridad del mundo que le rodea, abre un lucernario por el que se cuela un tenue rayo de luz. Su fe nunca desmentida en la honradez y la verdad le sobrevive.

La figura controvertida del estadista -expeditivamente arrojada al muladar de la historia por los vencedores de la guerra y calumniada por una buena parte de los vencidos- ha sido objeto de un estudio más objetivo y ecuánime por historiadores tan estimables como Juan Marichal, Gabriel Jackson, Santos Juliá, Paul Preston o Ramos Oliveira. A ellos me remito y remito al lector, no sin reproducir antes unas pocas palabras del discurso pronunciado por Azaña en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938, tan próximas a los bellísimos versos de Cernuda en su Elegía española, cuando evoca la lección:

"de los hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de: Paz, Piedad y Perdón".

¿Qué otro político español hubiera sido capaz por aquellas fechas de tanta entereza y generosidad?

La pasión crítica acompañó a Azaña hasta el fin: no cedió al cainismo, no transigió con la mentira, no capituló ante la adversidad. La deuda moral contraída con él por quienes éramos niños durante la guerra o por los que nacieron después de ella, debe saldarse cuanto antes. El lucernario es una modesta contribución a ese esfuerzo reparador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de febrero de 2004

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