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Crítica:

Raíces de Rulfo

Dos biografías del escritor mexicano celebraron en 2003 el 50º aniversario de la primera edición de El llano en llamas. Miradas sobre su origen literario, su silencio y su vida privada.

Nuria Amat hace en Juan Rulfo, el arte del silencio la biografía de Rulfo desde su óptica de escritora. Como señala Virginia Woolf a propósito de las nuevas maneras de la biografía inglesa de comienzos del siglo XX, cuenta "verdad por un lado y por otro personalidad", entregándonos "una amalgama de sueño y realidad, una mezcla de biografía y autobiografía, de hechos y ficción". Una intención que la autora hace explícita desde la primera página, autocitándose, con esta frase: ¿El biógrafo es la biografía?, y que convierte a su Rulfo en un libro apasionante.

Amat fundamenta en la muerte del padre del escritor su teoría literaria: la orfandad instala una ausencia y el escritor nace de esta ausencia. Rulfo tiene seis años cuando "un joven muy borracho y pendenciero" mata a su padre, Don Cheno, patrón de hacienda, en el Estado de Jalisco. Sirviéndose de las anotaciones de los Cuadernos de Juan Rulfo, publicados póstumamente en 1994, de testimonios y de fragmentos de la obra rulfiana, Amat, con gran habilidad narrativa, pone en evidencia de dónde ha podido partir Rulfo para crear la atmósfera y el lenguaje de esa cumbre de la literatura que es Pedro Páramo. La orfandad, la lectura como refugio frente a la violencia del mundo, la memoria, la creación de un lenguaje para nombrar la ausencia y el silencio que, en Rulfo, "más que una amenaza parece un destino", son los temas principales analizados en esta biografía.

Autor de dos únicos libros publicados antes de los cuarenta años, Rulfo vivió cuarenta años más transformado en un mito viviente. Había escrito dos libros fundacionales para la literatura hispanoamericana moderna, y luego ya no volvió a publicar. Amat analiza este hecho magistralmente. Es, a mi juicio, lo más importante e inquietante de su libro. El silencio de Rulfo, al que la escritora se refiere a veces como un suicidio literario, es algo que evidentemente la perturba ("¿Por qué escribir sobre el silencio del no si yo tampoco soy una fábrica de palabras? [...] El eco de Blanchot nos sigue por la casa: el silencio (dejar de escribir) no es solamente dejar de escribir; es el no dejar de dejar de escribir").

La autora aventura también

la hipótesis de una prolongada depresión melancólica que habría padecido Rulfo a raíz de su infancia traumática y cuya manifestación visible habría sido el alcoholismo. Su extremada exigencia literaria unida al alcoholismo habrían desembocado en el silencio total y repentino. Y concluye: "El silencio será el segundo asesino de esta historia o biografía, después del crimen famoso contra el padre: Don Cheno. Si la literatura (Deleuze) es padre-madre, resulta casi de libro que el padre de Pedro Páramo, una vez engendrada la novela y salvada (crecida) en el extranjero, repita la orfandad que le hicieron cuando hijo [...] Rulfo desprecia la novela. La entrega como ofrenda a Comala, su región de origen. Y termina con ella...". Para Amat, Rulfo es "un predecesor del arte silencioso de la literatura del siglo XX", que mediante su obra y su compromiso con la literatura "establece un diálogo con la tradición literaria más inefable", cuyos nombres son: Rimbaud, Kafka, Celan, Robert Walser, W. G. Sebald. Sebald, autor que obviamente Rulfo jamás leyó, le permite elucidar un aspecto muy interesante de la actividad artística del mexicano: la fotografía. Establece entre ellos un vínculo: ambos "hacen fotografías para señalar los caminos y precipicios de su escritura".

En el capítulo reservado a las lecturas que influyeron en la obra del escritor mexicano, con justeza afirma que Rulfo es un eco prodigioso de una serie de escritores. Mediante una comparación de textos, intenta demostrar la deuda de Rulfo con ciertos escritores, en particular con María Luisa Bombal, autora de La Amortajada, novela de 1938, y a quien García Márquez llamó "la adelantada de lo que se ha dado en llamar el realismo mágico". Sin embargo, la afinidad que Amat ve entre la prosa de Rulfo y la de Bombal es discutible. Se limita a que en ambas novelas hablan muertos, pero la chilena cultiva una prosa todavía modernista, adjetivada, y en la de Rulfo, en cambio, el sustantivo es, como él mismo dijo, la sustancia. Juan Rulfo, el arte del silencio es, más que una biografía, una indagación sobre la creación literaria.

Distinto es el criterio adoptado por Reina Roffé. Su Juan Rulfo, las mañas del zorro es un trabajo exhaustivo, ciertamente útil para quienes, a la hora de emprender un estudio, necesiten disponer de datos (que la autora se ha esmerado en recabar y contrastar) y de testimonios sobre la vida del escritor, si bien muchos de estos testimonios no son imprescindibles para la comprensión de la obra literaria. Me refiero a las apreciaciones subjetivas de algunos episodios de la vida privada de Rulfo: el scoop de una amante al final de su vida o las elucubraciones de algunos de sus amigos sobre su vida matrimonial. Roffé aborda tangencialmente el tema del "silencio" de Rulfo y afirma, no sin razón, "que un escritor de éxito dejara de publicar no resultaba entonces

tan extraño como ahora". Insiste en que Rulfo persistió hasta el final porque escribir era su máxima aspiración. Era para él una actividad dolorosa, y en este sentido compara su escritura con la de Clarice Lispector para quien escribir era "horrible".

El libro incluye, y es de agradecer, una bibliografía muy completa, con todas las ediciones de la obra rulfiana hasta la fecha, los estudios críticos y la filmografía.

Juan Rulfo, el arte del silencio. Nuria Amat. Omega. Barcelona, 2003. 520 páginas. 52,88 euros. Juan Rulfo, las mañas del zorro. Reina Roffé. Espasa. Madrid, 2003. 304 páginas. 13,50 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de enero de 2004