Columna
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El paisaje del cambio

El gobierno de izquierdas no llega a través de un imparable alud del cambio, sino por el laborioso camino de una alianza poselectoral. Pero aquí está, demostrando que la alternancia en Cataluña es posible y que la Generalitat no es patrimonio de nadie. CiU llegó tan agotada al final de la campaña electoral que lo que ganó la noche de las elecciones lo perdió al día siguiente. La costumbre de ganar elecciones se juntó con el alivio por no haber perdido la campaña más desesperada. No se dieron cuenta de que habían ganado la carrera, pero habían perdido la hegemonía. Y se fueron de vacaciones. En vez de convertir la victoria pírrica en iniciativa política, dieron por supuesto que nadie se atrevería a desbancarles. Pensaron en términos antiguos: que cualquier partido nacionalista -Esquerra en este caso- pondría el sentimiento nacionalista por delante de la razón de izquierdas y que en caso de que esto fallara siempre quedaría el PSOE para hacer cuadrar al PSC.

Cuando regresaron de vacaciones, Esquerra Republicana tenía bien agarrada la manija de las negociaciones y el PSC había salido del estado de respiración asistida en que quedó la noche electoral para descubrir que, una vez fuera de la UVI, había mucha vida por delante. Artur Mas no ha marcado el ritmo del partido ni un solo minuto. Al revés, ha optado por un papel secundario de meritorio, sólo preocupado en hacer gestos que complacieran a Esquerra. La visita al lehendakari fue, en realidad, una genuflexión ante Carod Rovira. Perdidas las riendas de la situación, CiU sólo ha sido capaz de poner de manifiesto que estaba dispuesta a cualquier cosa, incluso a perder la dignidad, antes que abandonar el poder. Esquerra se ha permitido el sarcasmo de decir que quien está de acuerdo con todo -incluso entrando en contradicción con su programa- no es de fiar.

El martes posterior a las elecciones escribí que en política lo que cuenta es el poder. Y que si dos partidos tienen un descalabro pero uno de ellos se queda con el poder, éste ha ganado y el otro ha perdido. Me precipité entonces al dar por supuesto que el que se quedaría en el poder sería CiU y me equivoqué. Probablemente me dejé impresionar por las imágenes de la noche electoral o no supe entender el premonitorio grito de Pujol -"Calleu!"- cuando los militantes de CiU gritaban "Mas, president!". Pero sobre todo no podía imaginarme la pésima gestión que CiU hizo del día después. CiU, que por lo visto se ha creído su propio discurso sobre el sucursalismo, ha intentado puentear al PSC con el PSOE. Creyendo que el PSOE le impondría una alianza con los nacionalistas, pensando en el mes de marzo. CiU no ha entendido que Maragall se ha beneficiado de que el PSOE es hoy mucho más débil que en tiempos de Felipe González. Con lo cual Maragall y Montilla han encontrado pocos obstáculos para defender su autonomía de decisión. Probablemente en los años de Felipe González esto hubiese acabado en una coalición CiU-PSC pero esto es tiempo pasado.

CiU paga su insultante final de campaña. Para salvar los muebles se lanzó, especialmente en las últimas semanas, a una inadmisible descalificación de los adversarios: al PSC le acusó de sometimiento al PSOE y de ser un cuerpo extraño a Cataluña y a sus intereses, a Esquerra de traidora a la patria por su posible alianza futura con los socialistas. A corto plazo ganaron: salvaron la noche electoral. Pero a medio plazo se han quedado sin el poder.

Maragall llega lastrado por un mal resultado. Pero los 200 folios del programa de gobierno fruto de una intensa negociación parecen ser una promesa de estabilidad y voluntad de cambiar de verdad las cosas. Lo peor que le podría ocurrir al PSC es pensar que alcanzando el poder resuelve su problema. Es lógico que ahora concentre sus esfuerzos en preparar una gestión de gobierno en la que se le exigirá muchísimo. Pero al lado de la tarea gubernamental, alguien debe ocuparse de renovar de arriba abajo un partido que llega al gobierno por la puerta que le ha abierto Esquerra. He dicho otras veces que Maragall es mejor gobernante que candidato. A él corresponde liderar la ubicación de Cataluña en la sociedad globalizada, como hizo en su día con Barcelona. Y a los tres partidos del próximo gobierno, crear el clima de confianza necesario para avanzar en los procelosos mares de la política catalana (con CiU entre el desconcierto y el resentimiento) y de la española (con el PP entregado a la estrategia de la tensión). Quizá sea una última oportunidad para muchas cosas.

Con todo, lo más importante es que Esquerra, separando el nacionalismo de las ideologías, ha puesto en marcha una especie de segunda revolución laica, que sitúa el entendimiento civil por encima de la fe patriótica. A la desesperada, algunos sectores nacionalistas han lanzado la consigna CiU más ERC igual a Cataluña. Algunos intelectuales han actuado de amplificadores de esta idea tan reductiva que empequeñece Cataluña amputándole la mitad de la ciudadanía. Se han escrito escalofriantes ejercicios de ingeniería política, de gentes que pretenden que una mayoría CiU-ERC debería servir de impulso para llegar a la marginalización de los demás partidos y en especial del PSC. ¿Un país es realmente alguna cosa distinta de la suma de voluntades de los ciudadanos que lo habitan? ¿Qué hay que hacer si un pueblo no se somete a la idea de país que algunos tienen? ¿Disolverlo? Sólo en la fantasía o por la fuerza se puede marginar a un partido que representa un millón de votantes. Afortunadamente, Carod Rovira ha intervenido con dureza contra este tipo de razonamientos. Nada sería peor que entrar en la lógica segregadora en que la mitad de un país trata de imponer una idea de la nación a la otra mitad.

El tripartito de izquierdas rompe con cualquier intento de división del país entre nacionalistas y no nacionalistas. Y hace efectivo algo que parecía imposible: la alternancia en una comunidad histórica. Los complejos caminos por los que la alternancia ha llegado aumentan si cabe la responsabilidad de los nuevos dirigentes. No ha habido alud del cambio sino terremoto electoral, a modo de segunda sacudida después de las municipales. Lo cual sólo quiere decir que los nuevos gobernantes tendrán poco margen para equivocarse. A menudo, la historia avanza por caminos oblicuos.

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