Columna
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Mar de progreso

Los resultados electorales en Cataluña me han traído hasta un recuerdo de la infancia. De niña, cuando veía a los pescadores apostados en los puentes del río Urumea siempre me entraba la misma preocupación. Me preguntaba qué bebían aquellos peces de la desembocadura, qué clase de agua, salada o dulce, habría que ponerles si tuvieran que vivir en una pecera. Después del 16-N, todas las sumas de escaños y cualquier combinación de siglas conducen a la misma, inapelable, conclusión. El próximo Gobierno catalán va ser como las desembocaduras, un lugar de aguas mezcladas bien de izquierda a derecha, bien entre intensidades del autonomismo.

Mirando del lado de los pescadores, es decir (sin segundas), de los responsables políticos, además del obvio protagonismo de Esquerra Republicana, lo primero que se ve es la dura papeleta que le ha tocado al Partit dels Socialistes de Catalunya, insuficiente ganador de título y de ahí derrotado de facto de las últimas elecciones. Duro papel porque entiendo que el PSC no debería permitirse no formar el futuro Gobierno de la Generalitat. Su ausencia contribuiría a desmadejar el proyecto socialista, en el peor momento posible, en vísperas de unas elecciones generales, de una radical transformación de Europa, y además cuando la complejidad y la trascendencia de los debates (inter)nacionales son las más altas de los últimos años. Los socialistas catalanes tienen a mi juicio que echar el resto de la creatividad política para conducir ese tren.

Miro ahora del lado -por seguir con la imagen del principio- de los peces-electores. Como en la infancia me pregunto qué agua esperaban beber los votantes subidos de Esquerra (y de Iniciativa). Qué mezcla, puesto que obviamente de mezclar se trataba, esperaban obtener. Personalmente, no creo que el mensaje de sus votos haya que traducirlo automáticamente como refuerzo del nacionalismo en ejercicio. El nacionalismo a la Esquerra tiene poco que ver con el ideario nacionalista convencional, con la noción de pueblo, con el monoteísmo lingüístico o con una identidad fundamentada en la pertenencia histórica. Se trata de una construcción política más mestiza, más móvil, más subjetiva y creo que por ello mucho más susceptible de adaptación a las circunstancias puntuales; más negociable, en fin.

Además, no tendría mucho sentido que la corriente de los votos nuevos -muchos jóvenes han votado a Esquerra- tirara para atrás, río arriba, hacia una fuente tradicional. Pienso que tiran hacia el mar. Hacia el oleaje del cambio imprescindible, de un progresismo de los que colman y no cavan brechas sociales, de los que le ponen raíces al trabajo, y tejado a la vida por cuenta propia. Hago el cálculo y veo que el mensaje más contante y sonante de estas elecciones es la llamada del electorado a la puerta de la izquierda.

Lo veo claro; voy sumando escaños desde esa perspectiva y me salen redondas las cuentas. Aunque es posible que mi análisis tenga un punto de voluntarioso, de deseo-visión. Porque efectivamente yo prefiero la alianza de los tres partidos de izquierda catalanes, entre otras cosas porque sólo juntos podrán remozar y reforzar un proyecto progresista, alternativo. Si los pactos son otros, pasará lo habitual. La izquierda, cuando se arrima a opciones más conservadoras, siempre sale a perder, a diluirse, a desaguarse. Abundan los ejemplos dentro y fuera de nuestras fronteras. Elijo el más actual y próximo. De todas las comunidades autónomas, Euskadi es la que tiene el consejero de Vivienda nominalmente más de izquierdas (comunista de IU). Y, sin embargo, somos una de las comunidades donde los jóvenes tardan más en emanciparse (sólo el 17% por ciento de los hogares vascos corresponden a menores de 35 años), entre otras razones porque Euskadi es uno de los lugares de España-Europa-mundo, donde los pisos son más caros. Verdaderos fortines, rascacielos inaccesibles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 22 de noviembre de 2003.

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